Querida alma viajera:
Te has ido de mi vida como se van todos los demás. Pasaste como pasa el viento: solo dejando sentir tu presencia un instante para después marcharte sin hacer ruido.
Hoy entiendo que cruzaste por mi camino para sanar mis zonas oscuras, para transformarme y hacerme ver todo lo que era capaz de cambiar. Querías ayudarme a florecer, a convertirme en una versión más fuerte y luminosa de mí misma. Y una vez que lo lograste, que viste el trabajo hecho, te fuiste retirando despacio, con esa lentitud calculada para que no doliera de golpe, buscando que casi ni notara tu partida.
Pero tu ausencia se siente. Pesa y quema. Hay momentos en los que falta el aire, como si el viento que eras se hubiese llevado también mi capacidad de respirar.
No me di cuenta a tiempo. No vi cómo tu presencia se iba haciendo cada vez más tenue, pero incluso en medio de este vacío, la gratitud que siento es inmensa. Lloro a veces cuando me acuerdo de ti, no lo voy a negar, y sé que lo seguiré haciendo durante un tiempo, porque fuiste tú, porque lo que construimos fue real.
Sé lo que viene ahora. El insomnio volverá a velar mis noches, la soledad se reirá en silencio por haber intentado desplazarla, y la tristeza regresará con la familiaridad de quien reclama su antiguo lugar. Pero no me importa pagar ese precio. Podrán volver las sombras, pero tu recuerdo se queda en mí, intacto, inmune al tiempo.
Estoy tan segura de lo que dejaste en mí que sé que, si un día la memoria me fallara y todo lo demás se borrara de mi mente, el único recuerdo que permanecería encendido, latiendo en el fondo de mi alma, sería el tuyo.