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Adana, Capítulo 3 Sensible

DaveOaks
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EL HALCÓN HERIDO

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Sabina

Caballo blanco, capa roja y la promesa de que se acaba el hambre. Por aquí también aplaudieron así a más de uno y la cuenta llegó después

Caballo blanco, capa roja y la promesa de que se acaba el hambre. Por aquí también aplaudieron así a más de uno y la cuenta llegó después

Contenido de la publicación

EL HALCÓN HERIDO

Han pasado veinte años. El bosque de Middletown era una cicatriz de carbón y árboles muertos, pero la leyenda de la niña de las llamas persistía entre los lugareños. Adna había crecido en la clandestinidad, moviéndose como una sombra por los pueblos fronterizos, siempre acompañada por el frasco que guardaba con celo religioso. Ya no era una niña asustada; era una mujer de belleza gélida, con una mirada que parecía haber visto el final de los tiempos.

Mientras tanto, las alianzas se desangraban. Arthur Castleberry, el hijo de Johan, había surgido como el "Halcón del norte". Era un hombre de una apostura casi divina, con cabellos claros y una armadura plateada que brillaba bajo el sol. Había unificado a las familias fundadoras y había prometido construir una ciudad que fuera un refugio contra el caos circundante. Pero tras esa fachada de salvador, Arthur ocultaba una ambición que lo carcomía.

Sin embargo, el destino había golpeado al Halcón. Una enfermedad extraña, una podredumbre que comenzaba en los huesos, había empezado a apagar su vida justo cuando su poder era mayor. Los médicos no tenían respuesta. Desesperado, Arthur recordaba las palabras de su padre sobre la bruja del bosque.

La guerra de separación había dejado al norte sediento de un salvador, y Arthur castleberry había aceptado el papel con una puesta en escena impecable. Montado sobre su semental blanco, con una capa de terciopelo carmesí ondeando al viento, Arthur era la imagen de la esperanza. Pronto sus soldados lo comenzaron a llamar "el Halcón de Plata", jurando que bajo su mando, el hambre y el caos terminarían. Pero tras la visera de su casco, el rostro de Arthur era una máscara de agonía.

La enfermedad degenerativa que lo consumía no era un secreto para sus médicos, aunque sí para su pueblo en apariencia, aunque se escuchaban rumores. Sus huesos crujían como madera seca y llagas purulentas florecían en su torso, recordándole a cada segundo que su tiempo en la cima era un préstamo que estaba a punto de vencer.

Una noche, en su tienda de campaña cerca de las ruinas de Middletown, un joven escudero llamado Jham entró para avivar el fuego. El muchacho rebosaba salud; sus mejillas estaban sonrojadas por el frío y sus movimientos eran ágiles, llenos de la vida que a Arthur se le escapaba entre los dedos.

Arthur lo observó desde las sombras con un odio líquido. No sentía lástima por sí mismo; sentía desprecio por la existencia de los demás. Sin previo aviso, Arthur tomó un pesado candelabro de bronce y golpeó al muchacho en el cráneo. Jham cayó al suelo, aturdido y sangrando.

—¿Por qué tú respiras con tanta facilidad mientras yo me ahogo? —susurró Arthur, pateando las costillas del joven con una crueldad metódica —. Si yo caigo, no quedará nadie para recordarte, gusano.

Dejó al muchacho moribundo en el suelo y salió de la tienda. Ocultando su debilidad bajo la pesada capa, cabalgó solo hacia el corazón del bosque negro, el lugar donde la niebla nunca se disipa. Arthur recordaba la leyenda que su padre, Johan, le había contado antes de morir: la niña del incendio, aquella de quien ahora se decía que era una bruja poderosa.

Adana lo esperaba sentada sobre el tronco carbonizado de un roble que ella misma había quemado tiempo atrás. Una mujer de una belleza espectral, con ojos que parecían haber sido forjados en el centro de una pira. En sus manos, protegía el frasco de cristal donde una sombra antropomorfa se agitaba con impaciencia.

—Has tardado mucho, Halcón —dijo Adana. Su voz no tenía rastro de calidez —. Tu cuerpo apesta a muerte antes de tiempo.

—Buscas la eternidad, Arthur —le dijo ella, con una voz que sonaba a seda y veneno —. Pero la eternidad no es gratuita.

Arthur se desmontó con dificultad, cayendo de rodillas ante ella. La humillación le quemaba más que la enfermedad. —Cúrame. No me importa el precio. Este mundo me pertenece y no permitiré que la tumba me lo quite.

Adana intercambió una mirada con el ser dle frasco. Enoch filtró una sonrisa a través del vidrio. —Él es perfecto, Adana —resonó la voz del demonio en la mente de la bruja —. Su ambición es tan vasta que no dejará espacio para la culpa. Él no quiere vivir; quiere perdurar.

Arthur creyó que podía manipular a la bruja: le daría su nombre, la convertiría en reina y, cuando estuviera curado, encontraría la forma de deshacerse de ella. Adana pensaba lo mismo desde el otro lado del pacto: Le devolvería la salud, lo ataría mediante sangre y deseo, y gobernaría el naciente pueblo de Castleberry desde sus sombras.

Adana se acercó a Arthur y tomó su mano. En ella vio la cicatriz que Johan Castleberry, su padre, le había mostrado tantas veces como prueba de la niña que lo mordió en el incendio. Nada es casualidad —pensó Adana y continuó con el ritual. Con una uña afilada, abrió la vieja marca y vertió dentro una gota del líquido negro que goteaba del frasco de Enoch.

El efecto fue devastador. Arthur gritó mientras sus venas se tornaban negras y su columna vertebral se estiraba con un sonido de ramas rotas. La podredumbre desapareció, su piel se volvió tan dura y fría como el mármol, y una fuerza eléctrica recorrió sus músculos. Se puso en pie, sintiéndose más poderoso que cualquier hombre mortal, pero con un frío glacial instalándose en su pecho donde antes latía un corazón.

—Te he dado la eternidad, Arthur —dijo Adana, rodeando su cuello con sus brazos —. Pero ahora, mi destino y el tuyo son un solo nudo. Construiremos un pueblo maravilloso. Tú pondrás la piedra y yo pondré la magia.

Arthur la miró con una mezcla de deseo y desconfianza. En ese momento, comprendió que Adana no sería sólo su esposa, sino su cómplice en un crimen que duraría siglos. —Que así sea —respondió Arthur —. Si el precio de mi trono es la oscuridad, que se apaguen todas las luces del mundo. Besándo fervorosamente a la bruja, y haciendo el amor en el claro del bosque.

A la mañana siguiente, Arthur regresó al campamento. Sus hombres se maravillaron al verlo caminar con una energía renovada, su rostro más radiante que nunca. Proclamó que un milagro lo había salvado y presentó a Adana como su futura esposa y reina, la "Dama de la Redención".

El pueblo celebró con vítores. No sabían que el halcón ya no tenía alma, y que la mujer a su lado traía consigo un frasco que , muy pronto, exigiría ser llenado con el aliento de cada uno de ellos.

Thoughts

  • Ovid

    Qué ganas de ver dónde acaba Adana! Me quedo pensando en ese pacto donde cada uno cree que está usando al otro, porque así empiezan muchos pueblos en las leyendas: uno pone la piedra y otro pone lo que nadie cuenta. Con lo del crimen que duraría siglos, me imagino que tarde o temprano veremos Castleberry mucho después :)

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  • Amortes22

    Aprovecho la oportunidad con el hijo castlyberry... Con Enock bajo la manga... que pasará posterior????

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  • Sabina

    Caballo blanco, capa roja y la promesa de que se acaba el hambre. Por aquí también aplaudieron así a más de uno y la cuenta llegó después

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