Solo la llave 💀
Acto II
Pensamiento
Solo la llave 💀
Contenido de la publicación
Damian no podÃa pensar con claridad. No sabÃa si querÃa, no lo habÃa pensado del todo; en ese momento la posibilidad de quedarse ni siquiera se le habÃa planteado, ni llegaba a formularla como pregunta. SuponÃa, sin decidirlo del todo, que la elección real era entre esto o terminar la cita ahà mismo.
Enganchó la cadena.
Lou sonrió y caminó junto a él. Salieron sin más. Ella solo tenÃa encima la llave de su departamento —no habÃa lugar en ese disfraz para nada más, ni billetera, ni teléfono— y se la dio a él para que la guardara.
Afuera, algunos ya los miraban. Damian deseó tener un saco a mano para cubrirla. Las mujeres la miraban con una mezcla de envidia y desaprobación; los hombres, con deseo, y después miraban a Damian con algo parecido a la admiración. Alguien, incluso, aplaudió.
Ella caminó hasta quedar frente a la puerta del auto. Él la abrió, y ella se quedó inmóvil, esperando. Damian se impacientó —querÃa que los curiosos dejaran de mirarla, aunque al mismo tiempo algo en él disfrutaba cada vez que esas miradas terminaban posándose en él en lugar de en ella.
—Sube —le dijo, para cortar la escena.
Ella obedeció. Él cerró la puerta y subió del otro lado, apurado. Adentro del auto, se rio.
—¿Viste cómo nos miraban?
Ella lo miró con una sonrisa.
—Te miraban a ti. Y sé que eso te gustó.
Le desabrochó la camisa blanca un poco, dejando ver apenas el pecho, y le subió las mangas, con la correa todavÃa sobre las piernas de ella.
—Mientras yo tenga la correa, puedo hacer cosas —dijo—. Mientras la tengas tú, solo voy a hacer lo que me pidas.
Damian no encontró ninguna trampa en eso. Todo le parecÃa ganancia.
Le miró las piernas descubiertas, la correa todavÃa enroscada sobre una de ellas, y sintió que la piel se le erizaba sin razón aparente. Le llegó su perfume, un aroma frutado a cereza con un fondo de pimienta que lo desconcentraba cada vez que se acercaba demasiado. La miró de reojo, tratando de que no se notara. Ella lo notó igual —siempre lo notaba— y giró la cabeza para mirarlo de frente, sin apuro. Se pasó la lengua por el labio superior, apenas, y le regaló una media sonrisa de esas que no significaban lo que parecÃan significar, sino otra cosa. Damian se excitó al instante, y un segundo después se estremeció, porque ya sabÃa lo que venÃa: ella siempre escalaba.
Llegaron a la fiesta, en el piso completo del edificio donde vivÃa Helena. Alguien abrió la puerta, reconoció a Damian, lo saludó —y después miró a Loures y volvió a estrecharle la mano con más fuerza.
—Wow, hermano. Qué lujo.
Adentro, las luces estaban bajas, la música sonaba, habÃa alcohol y algunos ya bailaban. Cuando los que estaban cerca de la puerta la vieron, se callaron un segundo y empezaron a murmurar. A ella no le importó; caminó a su lado mientras él saludaba a los demás. Algunos se acercaban solo para verla más de cerca.
—¿Quién es? Preséntanos —le dijo alguien.
Damian se rio, sin contestar. Se sentÃa más seguro que nunca, como si tuviera un juguete que todos los demás chicos envidiaban. Era suyo. No pensaba compartirlo.
Vio un sillón un poco apartado y la llevó hasta ahÃ. Se sentaron.
—TenÃas razón —dijo él—. Me miran más a mÃ. Y me gusta.
Ella no contestó.
—Es cierto. Hablá.
—¿A ti te gusta cómo me veo?
—SÃ, me gusta. Y más porque estás aquà para mÃ.
Helena lo vio y se acercó a saludarlo. Damian se levantó apurado y dejó la correa sobre el sillón.
—Hola, Damian. ¿Y esa?
—Me dijiste que trajera amigos.
—DeberÃa haber sido más especÃfica.
Helena estaba disfrazada de coneja: una malla rosa que dejaba ver de más, orejitas a tono. Damian miró alrededor: caperucitas sexis, gatas sexis, policÃas sexis, todas las chicas con trajes reveladores compitiendo por la misma atención. Entendió, ahÃ, lo que Lou habÃa querido decirle sobre los disfraces: todas trataban de demostrar que también podÃan ser desinhibidas si querÃan, y sin embargo solo lograban parecer vulgares. Lou, en cambio, era desinhibida y segura de sà misma todo el tiempo, sin necesidad de un disfraz para demostrarlo. Lejos de preocuparle lo que pensaran los demás, se mostraba exactamente como él ya la conocÃa.
—¿Prefieres que me vaya? —preguntó Damian.
—No, quédate. Puedes quedarte conmigo, si quieres —insistió ella, tratando de que se le notara el interés.
—Me quedo, entonces —dijo Damian.
Se dio vuelta para buscar a Loures y encontró a alguien más sentado a su lado, tratando de hablarle. Ella seguÃa muda, mirando solo a Damian.
—Háblame, preciosa. Eres hermosa, ¿cómo te llamas? —le acarició el hombro.
Loures no se movió.
Helena todavÃa trataba de decir algo más, pero Damian ya la habÃa dejado atrás; volvió al sillón.
—Ella está conmigo —dijo.
—Perdón, pensé que estaba sola. Preciosa, soy Gian, hijo de los dueños de media ciudad. Si algún dÃa quieres te puedo llevar a conocerla.
Damian lo reconoció: era el heredero, uno de esos apellidos que todos conocÃan en la ciudad. Y querÃa a Lou. Apretó el extremo de la correa y le susurró:
—Contestale.
—No me interesa —dijo Lou.
—¿No? Te puedo dar todo, y más. Eres linda. ¿Cuánto por pasear asà conmigo?
—Debes estar acostumbrado a pagar por compañÃa femenina —dijo ella—. Supongo que las únicas mujeres con las que sales son putas. DeberÃas pagarle una consultorÃa a Damian. Él te podrÃa enseñar cómo se hace de verdad.
Gian se puso colorado. Los curiosos que habÃan escuchado empezaron a reÃrse de él, y se fue sin armar más escándalo.
—Lo hiciste correr —dijo Damian.
Lou solo sonrió. Damian entendió que ella no iba a hablar a menos que él se lo pidiera —querÃa sostener el control, pero también querÃa saber cuánto de eso era real. Le dio una última orden antes de desengancharle la correa.
—Besame.
Lou lo besó ahà mismo, sin pudor, sin reservas. Damian quedó extasiado. SabÃa que no podÃa hacer nada más en ese lugar, pero qué delicioso era besarla en público, sin ninguna censura.
Cortó el beso él mismo, porque unos segundos más y el disfraz entero de hombre civilizado se le iba a caer del todo.
—¿Querés tomar algo?
—SÃ.
—¿Querés que te lo traiga?
—SÃ.
—Sabes que ya puedes hablar, ¿no?
—SÃ.
—¿Por qué no hablas, entonces?
—No hay mucho que decir, Damian. Todos te miran, y eso me divierte. Este es tu momento.
Mi momento. Se quedó saboreando eso un rato.
—Voy por los tragos.
Cuando volvÃa con las bebidas, Helena lo intentó de nuevo.
—Damian, baila conmigo —lo tomó de las manos.
—Ahora no. Voy de vuelta al sillón.
—Si querÃas darme celos, funcionó. Ya déjala y baila conmigo.
Damian la miró, sin saber cómo explicarle lo que pensaba.
No todo lo que uno hace se trata del otro. A veces uno se permite, sin más, ser —sin culpa, sin ataduras, egoÃsta por un rato, sin considerar a nadie más que a sà mismo y al placer de ese momento. Eso era lo que sentÃa con Loures esa noche: algo parecido a la felicidad, o si no lo era, se le acercaba bastante.
Era cierto que, en parte, habÃa sido ella —su invitación, ese "trae amigos"— lo que le habÃa dado el empujón para animarse a pedirle esto a Loures. Pero una cosa era que sus acciones hubieran nacido de algo que Helena dijo, y otra muy distinta que estuvieran dirigidas a ella.
Se permitió dudar, de paso, si tal vez esa pareja que ella habÃa formalizado tiempo atrás habÃa sido, de alguna forma, consecuencia de sus propios actos —por lo que nunca se animó a decirle—, y sin embargo eso tampoco habÃa sido nunca sobre ella; simplemente habÃa pasado. Estar con Loures esa noche tampoco era, ni por asomo, para provocarle nada a Helena. Helena habÃa tenido su oportunidad.
—No estaba buscando darte celos —dijo—. Estamos pasando un rato juntos, y va a seguir asÃ.
Se apartó y volvió con Loures. Bebieron un rato largo, sin apuro.
—¿Querés bailar?
—Quiero molestar a Gian.
—¿Qué?
—¿No te molesta cómo nos mira?
Damian, sinceramente, no habÃa reparado en nadie más que en ella.
—¿Qué propones?
—Bailemos.
Se levantó y ella lo siguió, caminando como si estuviera descalza, como si esos tacos altÃsimos no le molestaran en absoluto. Todos los seguÃan con la mirada; los chicos, en el fondo, querÃan ser Damian. Empezaron a bailar cerca, con una canción sin letra, de esas que solo sirven para excitar, ritmos suaves y eróticos hechos para bailar pegados. Ella sabÃa exactamente qué hacer.
Damian la seguÃa. Sus cuerpos se deseaban, el magnetismo era evidente, la tensión sexual se palpaba en el aire. Todos en la fiesta los miraban. Gian los envidiaba desde algún rincón. Damian la besó, le besó el cuello; ella siguió bailando, mostrándole a Gian con la mirada y con una mueca en la cara cuánto estaba disfrutando de verdad de Damian. Gian no aguantó más y se fue de la fiesta.
Ellos dos pararon de bailar y se rieron. Ya varios habÃan apartado la vista, como si aquel baile necesitara más privacidad de la que estaba teniendo.
Damian la tomó de la mano y caminó directo hacia el baño, sin mirar a nadie, sin que le importara quién los viera cruzar asÃ, de la mano, con una sola idea encima. Ella lo siguió sin resistirse, por voluntad propia —lo deseaba tanto como él a ella. Entraron y él cerró la puerta, puso el pestillo.
La giró contra el espejo. Se desabrochó el pantalón con manos torpes por la urgencia y la pegó contra el vidrio frÃo. Ella se arqueó, entregándose sin resistencia, la respiración ya entrecortada.
Él no pudo —el ángulo no se lo permitÃa; ella de espaldas, contra el espejo, la ropa a medio quitar, no le dejaban dónde acomodarse—. En vez de forzar nada, se acercó más, encimándose sobre ella. Ella se incorporó despacio hasta quedar mejilla contra mejilla, la cara de él pegada a su oreja. Se besaron asÃ, de costado, sin girarse del todo.
—Aquà no —le dijo él, casi al oÃdo.
No lo decÃa para cortar el momento. Lo decÃa para llevarla a otro lado.
Le enganchó la correa de nuevo y salieron del baño. Damian metió la mano en el bolsillo y sintió la llave del departamento de Loures entre los dedos. SabÃa exactamente adónde querÃa continuar.
Se fueron sin despedirse de nadie. Nadie más importaba.
Thoughts
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PermalinkLo mejor del capÃtulo para mà es la regla del auto: con la correa en la mano de ella pasan cosas, con la correa en la de él pasa solo lo que él pida. Damian lo lee como pura ganancia y yo lo leo como un contrato donde tiene que decir en voz alta todo lo que quiere. A mucha gente eso le cuesta más que obedecer.
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PermalinkMi escena es el rato largo de tragos en el sillón, sin apuro. Lo del baño lo veÃa venir desde el auto; beber callados un rato, no.
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PermalinkSolo la llave 💀
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PermalinkAlguien aplaudió en la vereda. Ese es el único en todo el capÃtulo que entendió algo.
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PermalinkHelena viendo llegar a Lou me hizo reÃr en voz alta. Y ojo que después lo invita a bailar dos veces: esa muchacha dejó pasar su oportunidad y ahora la quiere de vuelta con celos prestados.
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PermalinkChe, que corte el beso él mismo antes de que se le caiga el disfraz de civilizado me pareció lo más honesto de Damian en dos actos. Ahà nadie lo estaba frenando y se frenó solo.
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PermalinkLou caminando como si fuera descalza con esos tacos es lo que más me gustó de toda la fiesta. Esa seguridad vale más que cualquier malla rosa.
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PermalinkCriado para taparse, ese Damian: quiere un saco a mano para cubrirla y dos párrafos después le sienta bien que la miren. Recién esta noche se permite la segunda parte.
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PermalinkTodo el capÃtulo se cuenta por quién mira a quién: las mujeres, los hombres, Gian desde el rincón, y Damian llevando la cuenta de cuántas miradas terminan en él. Lou en cambio pasa la fiesta muda, y la única vez que dice qué le divierte es para hablar de él. ¿Gian estaba en el plan desde que empezaste la serie?
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PermalinkDamian metiéndose la mano al bolsillo y encontrando la llave de ella, después de una noche entera con la correa, me dejó con ganas del tercer acto ya mismo! Ella se la dio a guardar al salir sin decir nada y ahà ya estaba todo dicho. Apuesto a que en el departamento ya no hace falta correa :)
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Damian no podÃa pensar con claridad. No sabÃa si querÃa, no lo habÃa pensado del todo; en ese momento la posibilidad de quedarse ni siquiera se le habÃa planteado, ni llegaba a formularla como…