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A orillas de mi

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La arena se convirtió en mi lecho, y el agua, sin oleaje, acariciaba sutilmente mis pies, como si el mar conociera mi tristeza y no quisiera perturbar el silencio que habitaba en mí.

Mi cuerpo yacía suspendido sobre la tierra, sin voluntad de incorporarse, sin fuerzas para desafiar la quietud. Apenas mis manos cubrían mi rostro, como quien esconde sus ojos de la luz y busca en la oscuridad un refugio para sus pensamientos.

De pronto, una brisa impetuosa levantó la arena y azotó mi cuerpo con furia, como si la naturaleza se negara a soportar el peso de mi existencia.

Pero hasta el viento se cansa de su violencia. Poco a poco fue apaciguándose, abandonó sus ímpetus, y terminó por hacerse cómplice de aquella quietud premeditada que yo había elegido como compañía.

Y en medio de aquel silencio, cuando el mar parecía contener su aliento y la tierra sostenía mi cuerpo sin preguntas, una verdad estremeció mi pensamiento:

Comprendí que el tiempo no camina hacia el futuro; viene desde allá, desde lo desconocido, avanzando hacia nosotros, golpeando nuestras puertas, arrastrando cuanto encuentra a su paso y dejando en nuestras manos los fragmentos de aquello que fuimos.

Quizá por eso envejecemos sin comprender del todo la partida, mientras los recuerdos se aferran a la memoria como raíces que se niegan a morir.

El tiempo… ese todo inconmensurable, casi infinito en su recorrido, que contradice la frágil condición humana, siempre empeñada en soñar con la eternidad, como si el corazón no supiera que hasta las estrellas conocen sus ocasos.

Y allí, tendido sobre la arena, frente a la inmensidad de las aguas, sentí que mis preguntas pesaban más que mi cuerpo.

Entonces hablé con el Dueño de todo.

No pronuncié palabras aprendidas ni repetí oraciones ajenas. Mi plegaria brotó de la sangre, de lo más profundo de mis entrañas, como si cada palabra fuera una herida que por fin encontraba el valor de abrirse.

Le hablé sin máscaras, sin orgullo, sin la pretensión de entender sus designios.

Y pregunté…

Pregunté como nunca antes había preguntado, con esa desnudez del alma que aparece cuando las certezas se derrumban y el hombre descubre que no sabe tanto como creía.

—Dime, Señor, ¿qué hago aquí?

¿Qué sentido tiene mi paso por la Tierra? ¿Qué propósito se esconde detrás de mis alegrías y mis dolores? ¿Por qué mi mente persigue lo infinito si mi existencia está hecha de instantes? ¿Por qué deseo comprender la eternidad cuando apenas consigo descifrar mi presente?

El mar continuó besando mis pies. La arena permaneció bajo mi cuerpo. El viento, ahora sereno, parecía escuchar conmigo.

Y Dios guardó silencio.

O quizá fui yo quien apenas comenzaba a escuchar.

Porque tal vez sus respuestas no siempre descienden del cielo ni llegan envueltas en prodigios; a veces se ocultan en la quietud, en el rumor del agua, en la brisa que acaricia el rostro, en esa voz interior que despierta cuando dejamos de exigirle respuestas al mundo.

Quizá no estaba allí para comprenderlo todo, sino para reconocer mi pequeñez ante la grandeza de lo creado.

Quizá necesitaba detenerme para descubrir que aún respiraba, que el mar seguía allí, que la vida, aun en sus días más oscuros, no había dejado de ofrecerme la delicada posibilidad de comenzar.

Y comprendí que no somos dueños del tiempo, ni podemos exigirle a la eternidad que nos revele sus secretos.

Somos apenas viajeros en este misterioso trayecto, seres que buscan una razón para existir mientras el universo despliega su insondable grandeza.

Pero si algo podía pedirle al Creador en aquella orilla silenciosa, no era vivir para siempre, ni conocer el final de todos los caminos.

Era algo más sencillo, y quizá mucho más difícil:

Dame sabiduría para comprender mi existencia, humildad para aceptar lo que ignoro, fortaleza para soportar mis tempestades y sensibilidad para no dejar de maravillarme ante el milagro de estar vivo.

Porque tal vez la eternidad no comienza cuando dejamos de morir, sino cuando aprendemos a vivir con un propósito que trasciende nuestros días.

Y así permanecí, a la orilla del mar, a la orilla del tiempo, a la orilla de mí mismo…

Con las manos apartadas del rostro, los ojos abiertos ante la luz y el alma suspendida entre dos inmensidades: la del universo que no alcanzo a comprender y la de Dios, en quien todavía encuentro razones para creer.

Y por primera vez en mucho tiempo, no necesité que el mar me respondiera.

Me bastó sentir el agua en mis pies, la arena sosteniendo mi cuerpo y la vida, silenciosa y misteriosa, recordándome que todavía estaba aquí.

— Levi Díaz Echeverri

Thoughts

  • mfuentes73

    Lo del viento que se cansa y la respuesta que llega en la quietud me recordó a Elías en el monte, en Reyes: Dios no estaba en el viento ni en el terremoto ni en el fuego, y después vino un silbo apacible.

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  • MarianelaVidal

    Que el tiempo venga hacia nosotros desde allá, golpeando puertas, me dio vuelta la idea que tenía. Siempre lo pensé como una calle que uno camina, y así se parece más a la marea que llega a la orilla donde estás tirado.

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La arena se convirtió en mi lecho, y el agua, sin oleaje, acariciaba sutilmente mis pies, como si el mar conociera mi tristeza y no quisiera perturbar el silencio que habitaba en mí.

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