Sé que está por venir.
Que pronto llegará un nuevo año y, con él, esa ausencia que nunca se ha ido del todo volverá a hacerse más presente.
Casi 11 años desde tu partida.
Y todavía me cuesta creer que haya pasado tanto tiempo sin verte, sin sentirte, sin escucharte. Once años sin tu voz, sin poder contarte mi vida, sin saber qué me dirías de la persona en la que me he convertido.
Durante mucho tiempo luché contra tu ausencia. Quise entenderla, aceptarla, hacer que doliera menos. Hasta que un día simplemente dejé de hacerlo.
Dejé que el viento se llevara lo que pudiera llevarse de ella.
Y lo que no pudo, se quedó conmigo.
Dejé que doliera donde tuviera que doler y durante el tiempo que necesitara hacerlo. Ya no le puse fechas a mi tristeza ni me exigí dejarte atrás.
Porque entendí que el duelo no era un lugar del que algún día iba a salir.
El duelo forma parte de mi vida desde el momento en que te fuiste.
Y quizás siempre sea así.
Habrá años en que tu ausencia pese menos y otros en que vuelva a sentirse como si acabara de perderte. Habrá días en que pueda recordarte y sonreír, y otros en que daría cualquier cosa por escucharte una vez más.
Casi once años, mamá.
El mundo siguió girando.
Yo seguí creciendo.
La vida siguió ocurriendo.
Y tú no estabas.
Tal vez esa sea la parte más difícil de aceptar: descubrir cuánto puede continuar una vida después de perder a alguien que creíamos imprescindible.
Pero aquí estoy.
Aprendiendo que seguir viviendo no significa haberte dejado atrás.
Porque el viento pudo llevarse parte del dolor, el tiempo pudo enseñarme a convivir con tu ausencia, pero ninguno de los dos ha podido llevarse el lugar donde todavía vives en mí.