Who Framed Roger Rabbit es una de esas películas que uno puede haber visto de chico como una aventura protagonizada por dibujos animados y recién de grande empezar a preguntarse: ¿cómo mierda hicieron esto en 1988?
Porque lo extraordinario de la película de Robert Zemeckis no es simplemente que combine actores reales con personajes animados. Eso ya se había hecho antes. Lo impresionante es que consigue que ambos parezcan ocupar realmente el mismo espacio físico. Roger no parece un dibujo agregado posteriormente sobre una película: abre puertas, tira objetos, mueve cosas, proyecta sombras, recibe golpes, agarra personas y obliga constantemente a Bob Hoskins a reaccionar frente a alguien que durante el rodaje directamente no estaba ahí.
Y esa diferencia es enorme.
Zemeckis entiende que para convencernos de que Roger existe no alcanza con dibujarlo perfectamente. El mundo tiene que reaccionar a su presencia.
Por eso hay tantos pequeños detalles que siguen siendo impresionantes. Si un personaje animado sostiene un objeto real, ese objeto tiene que moverse físicamente en el set. Si Roger golpea algo, aquello tiene que responder. Si pasa delante o detrás de Eddie Valiant, la perspectiva tiene que mantenerse. Si cambia la iluminación de la habitación, la luz sobre el personaje animado también tiene que cambiar.
La película constantemente se complica la vida a sí misma.
Y quizás el ejemplo más famoso sea una escena que parece completamente insignificante: Roger Rabbit agarrando una copa mientras Eddie está hablando con él. La copa real se mueve por el aire como si Roger realmente la estuviera sosteniendo. Podrían haber dejado el vaso quieto sobre la mesa y nadie habría cuestionado la escena. Pero justamente ahí está la ambición de la película: quiere eliminar todas las pequeñas cosas que podrían recordarnos que Roger no existe.
Eso requiere una coordinación extraordinaria entre Zemeckis, el director de animación Richard Williams, los animadores, los efectos mecánicos, la fotografía y los actores.
Pero para mí hay alguien cuyo trabajo es todavía más fácil de pasar por alto:
Bob Hoskins.
Porque Hoskins está haciendo buena parte de la película frente al vacío.
Tiene que mirar exactamente hacia donde estarán los ojos de Roger meses después. Tiene que calcular cuándo lo toca, cuándo lo empuja, cuánto pesa, cómo se mueve. Tiene que discutir con él y reaccionar a sus gestos sin tener realmente a Roger delante.
Y nunca parece estar haciendo una demostración técnica. Eddie Valiant funciona como personaje.
Eso es fundamental porque si Hoskins actuara permanentemente como diciendo “miren, estoy hablando con un dibujo”, todo el truco se vendría abajo. En cambio, Eddie está harto de los Toons. Para él Roger no es un milagro tecnológico.
Es un tipo insoportable que no lo deja en paz.
Y esa naturalidad vende toda la película.
Además, Zemeckis toma una decisión muy inteligente: no construye la historia alrededor de la novedad de ver dibujos animados junto a humanos. Dentro de este universo, eso ya es normal. Los Toons trabajan en Hollywood, tienen contratos, viven en Toontown y comparten Los Ángeles con personas reales.
La película no necesita explicar constantemente su propio truco, simplemente empieza a contar una historia.
Y la historia que elige contar es prácticamente Un film noir.
Eddie Valiant es el detective cansado, alcohólico y marcado por su pasado. Roger aparece acusado de un asesinato que asegura no haber cometido. Hay una mujer fatal —aunque Jessica Rabbit juega deliberadamente con ese arquetipo—, corrupción, empresarios, policías, callejones, clubes nocturnos y una conspiración que lentamente empieza a revelarse.
Eso me parece una de las mejores decisiones de Zemeckis.
Porque podría haber hecho simplemente una película infantil alrededor de Roger Rabbit. En cambio, toma toda la iconografía del Hollywood policial de los años 40 y mete a Bugs Bunny, Mickey Mouse y el Pato Donald adentro.
Y sorprendentemente funciona.
La película transcurre en 1947 y Hollywood está metido dentro de su ADN. No solamente porque los Toons sean estrellas de cine, sino porque todo el argumento gira alrededor de una industria donde fantasía y negocio conviven constantemente.
Incluso uno de los grandes atractivos sigue siendo algo que hoy probablemente sería todavía más difícil de conseguir: personajes de estudios rivales compartiendo pantalla.
Mickey Mouse y Bugs Bunny aparecen juntos.
Donald Duck y Daffy Duck tienen ese duelo de pianos espectacular.
Betty Boop trabaja en el Ink and Paint Club.
Aparecen personajes de Disney, Warner, MGM, Fleischer y otros estudios dentro del mismo universo.
Y Zemeckis no los mete únicamente como cameos para que el público los reconozca. Los utiliza para construir la sensación de que estamos viendo un Hollywood donde todos esos personajes realmente trabajan como actores.
El duelo entre Donald y Daffy es probablemente el mejor ejemplo. No detiene la película para presentarlos. Están trabajando. Son dos artistas compitiendo por apropiarse del espectáculo y la secuencia termina convirtiéndose en un caos perfectamente acorde a las reglas de los dibujos animados.
Después está Jessica Rabbit.
Y la película hace algo bastante inteligente con ella porque visualmente utiliza todos los códigos de la femme fatale, pero después los empieza a desarmar.
“I'm not bad. I'm just drawn that way.”
La frase prácticamente resume el chiste.
Todo en su diseño nos lleva a asumir determinado tipo de personaje porque literalmente fue dibujada para producir esa impresión.
Y después está Christopher Lloyd.
Judge Doom es genuinamente aterrador.
Eso también demuestra algo que me gusta mucho de Who Framed Roger Rabbit: Zemeckis nunca parece tener miedo de asustar a los chicos.
La escena de la zapatilla y el Dip sigue siendo bastante cruel. Doom toma algo adorable e inocente, lo introduce lentamente en el líquido y nos muestra que los Toons pueden morir.
De repente las reglas cambian.
Hasta ese momento vivimos dentro de la lógica del cartoon: alguien puede recibir un piano en la cabeza y sobrevivir. Puede ser aplastado, explotado o golpeado.
Pero Doom tiene algo capaz de matarlos definitivamente.
Y Christopher Lloyd entiende perfectamente el tono. Durante buena parte de la película está contenido, rígido, casi inexpresivo. No intenta competir con los dibujos haciendo una actuación caricaturesca.
Hasta el final.
Cuando descubrimos qué es realmente Doom, la propia actuación empieza a convertirse en un dibujo animado.
La voz cambia.
Los ojos saltan.
El cuerpo deja de comportarse como un cuerpo humano.
Y Zemeckis mezcla terror, comedia y animación sin preocuparse demasiado por mantener un único tono.
Ese es otro aspecto que hace que la película se sienta tan particular hoy.
Puede ser divertida y bastante oscura.
Puede tener humor infantil y segundos después mostrar algo genuinamente inquietante.
Puede funcionar como película para chicos y al mismo tiempo como homenaje al noir, al slapstick y al Hollywood clásico.
Y después está Toontown.
Hasta ahí, durante gran parte de la película vimos personajes animados invadiendo el mundo real. Cuando Eddie entra en Toontown ocurre lo contrario: es el humano quien entra dentro del dibujo.
Entonces Zemeckis puede finalmente abandonar buena parte de las reglas físicas que venía respetando.
Todo puede atacarlo.
Las balas hablan.
Los autos tienen personalidad.
Los edificios parecen vivos.
El fondo puede participar del gag.
Y Eddie, que pasó toda la película rechazando ese mundo, tiene que aprender a funcionar dentro de sus reglas.
Ahí también Bob Hoskins vuelve a ser fundamental. Porque vender una conversación con Roger ya era difícil; ahora tiene que conseguir que parezca que él es el elemento extraño dentro de un universo animado.
Y todo esto lleva a algo que me parece importante cuando se habla de la película.
Who Framed Roger Rabbit ganó premios por sus efectos y fue reconocida inmediatamente como una proeza técnica, pero reducirla a “qué buenos efectos para 1988” me parece quedarse corto.
No son buenos para 1988. Son buenos.
Y siguen funcionando porque el objetivo no era simplemente mostrar tecnología.
El objetivo era crear interacción.
Hay peso.
Hay contacto.
Hay sombras.
Hay perspectiva.
Hay objetos reales desplazándose.
Y sobre todo hay actores comportándose como si esos personajes estuvieran realmente delante suyo.
Por eso envejeció tan bien.
La tecnología está al servicio de una idea cinematográfica muy sencilla: hacer que dejemos de pensar dónde termina la película real y dónde empieza la animación.
Y Zemeckis dirige todo esto con una seguridad tremenda.
También me parece importante ubicarla dentro de su carrera. Venía de Romancing the Stone y Back to the Future, y después haría Back to the Future Part II y Part III, Death Becomes Her, Forrest Gump y Cast Away. Hay algo que atraviesa buena parte de ese cine: Una fascinación por utilizar la técnica para hacer cosas que parecen imposibles sin permitir que la técnica se convierta en la película entera.
Eso está completamente presente acá.
Puede tener una de las integraciones entre animación y acción real más complejas de la historia, pero Zemeckis nunca deja de hacer una película.
Hay persecuciones.
Hay comedia.
Hay misterio.
Hay romance.
Hay terror.
Hay cine negro.
Y hay dibujos animados.
Todo funcionando simultáneamente.
Por eso creo que Who Framed Roger Rabbit sigue siendo una película bastante irrepetible. No solamente porque hoy sería dificilísimo volver a reunir semejante cantidad de personajes de estudios diferentes, sino porque representa una forma de hacer efectos donde cada dificultad técnica parecía ser una invitación a complicar todavía más el plano siguiente.
Si Roger podía aparecer junto a Hoskins, entonces tenía que tocarlo.
Si podía tocarlo, tenía que agarrar objetos.
Si podía agarrar objetos, esos objetos tenían que moverse.
Si podía moverse por una habitación, tenía que recibir correctamente la luz y proyectar sombras.
Y si todo eso funcionaba, entonces Zemeckis movía la cámara para hacerlo todavía más difícil.
Esa ambición se siente en pantalla. Y quizá por eso, décadas después, uno deja de preguntarse cómo consiguieron poner dibujos animados dentro de una película real.
Durante dos horas, Roger Rabbit simplemente está ahí.
Ese es el verdadero truco.
Y sigue funcionando.