Soy la sequedad de una extensión estéril como el Sahara no es un defecto climático; es una condición de supervivencia. Así es este perímetro que defiendo con la precisión de un cálculo y la frialdad de un terreno donde la humedad emocional está prohibida. Me tachan de exagerada los mismos espectadores mediocres que confunden la cortesía con la servidumbre pública, aquellos que necesitan la validación constante de un abrazo fingido o una palmada innecesaria para validar su propia existencia gregaria. No finjo desinterés; mi naturaleza opera sin simulaciones porque la falsedad consume demasiada energía y la energía es un recurso limitado que no pienso malgastar en intrusos.
Sin embargo, ahí radica la anomalía y el motor de mi hartazgo cotidiano: la persistencia casi patológica de los agentes externos por saltarse las barreras de mi espacio personal. ¿Por qué esa necesidad irrefrenable de tocar? ¿Qué mecanismo defectuoso en su educación los obliga a verme como un adorno de pastel, una figura de porcelana frágil dispuesta para el deleite visual y táctil de cualquiera que cruza la acera? No soy la última bebida de este planeta ni aspiro a ser el centro de atención de una manada que confunde la interacción social con el acoso kinestésico. Allá afuera abundan las mujeres que disfrutan del protocolo de la molicie, que buscan el aplauso, el mimo constante y la validación multitudinaria de sus círculos cercanos. Yo no pertenezco a esa especie.
No es un capricho, ni una pose calculada para generar intriga; es una estructura formativa muy clara. En mi mapa de coordenadas personales, la proximidad física es un privilegio de acceso restringido, un código fuente al que solo unos pocos elegidos tienen derecho de lectura. Mis hermanos son los únicos varones autorizados a franquear esa línea, los únicos con la venia para habitar ese metro cuadrado de cercanía sin activar las alarmas de mi repulsión. Para el resto del mundo, la regla es simple: la distancia salva de la fricción.