Siempre lo observo desde la distancia, fija en el vaivén mecánico de su mano sobre la libreta, dibujando sobre el papel trazos secos de tiza. El panorama visual solo requería fascinación: Danka.
Tiene esa mirada nostálgica y de depredador, un brillo estéril que te ancla los pulmones, contrasta con el desorden inútil de su cabello, una fachada de falsa inocencia diseñada para hacer corto circuito a los sentidos y fracturar cualquier noción de realidad. Contemplarlo con esa sumisión ciega que embelezan hasta los huesos, completamente desquiciada, varada en un bucle sin salida.
Esa expresión suya quedó grabada a fuego en la corteza de mi cerebro, imposible de olvidar. ¿Qué dibuja en ese bendito papel? No hacía falta espiar sus manos; su mirada fría ya dictaba todo: un secreto hermético, inalcanzable, una condena perpetua que me inyecta celos venenosos, una rabia sorda que carcome sin derecho a reclamar nada. Y esa mirada que no quiero olvidar por qué en ella reconocí su alma a un que no entendí su lenguaje.