Ama de casa. ¿Dueña de que?
Dueña de tareas repetitivas e interminables. Dueña de la fuente inagotable de actividades invisibles y silenciosas.
Pero cuidado, nada más erróneo que pensar que todos los días son iguales. Esto es una trampa para la mirada triste, para el oído distraído, para la mano apurada, para la nariz constipada y la boca amarga.
Puedo recorrer a diario los mismos caminos, pero ningún día es igual. Eso me ha conducido a querer ser alguien que escribe sobre instantáneas cotidianas que hacen cada uno de mis días único y especial.
En mi ciudad, existe una calle llamada Luis Mora, la cual atraviesa en diagonal la parte norte de la ciudad. No solo es una calle. De forma paralela, también es el cruce de vías de tren que persisten en la ciudad, ciudad que en su diario trajín, por momentos, tiene que hacer una pausa ante las máquinas y vagones a los cuales no parece importarles nuestra prisa.
Más que una calle es una herida abierta que divide la ciudad y de la que emanan historias palpitantes de humanidad; pero para ello hay que levantar la mirada y tener todos los sentidos alertas. Y cuando alcanzo ese momento en que mis sentidos se funden con el entorno, es justo en ese instante que me apropio de todo y nos volvemos visibles todos los seres y objetos olvidados en lo recóndito de la sociedad.
Así es como ha surgido en mí la necesidad de relatar algunas historias que he observado en mis actividades cotidianas, muy en especial al momento de conducir.