Capitulo 3: Continuacion casa de mi tio
Cuando vivíamos en la casa de mi abuela, mi papá comenzó a construir una habitación en la parte de atrás de la casa de mi tío. Esa habitación sería nuestro nuevo hogar. Íbamos con mi papá y mi hermano para ayudar con la construcción. Los domingos nos levantábamos temprano y pasábamos la mañana trabajando. Al mediodía nos juntábamos a comer un asado y, después, volvíamos a la casa de mi abuela.
Con el tiempo, la habitación quedó terminada y finalmente nos mudamos a la casa de mi tío.
Al principio, todo parecía estar bien. La relación con mis tíos era buena y nosotros creíamos que estábamos entrando en una etapa mejor. Parecían personas buenas y nos recibían con cariño. Pero con el tiempo, esa tranquilidad empezó a desaparecer.
Nuestra habitación no tenía baño. Para poder ir al baño teníamos que entrar por una ventana de la casa de mi tío. Al principio nos dejaban abierta esa ventana para que pudiéramos entrar durante la noche, pero después comenzaron a cerrarla. Entonces nuestras necesidades más básicas se convirtieron en un problema.
Yo seguía yendo a la escuela y nosotros continuábamos siendo muy pobres. Mi papá no siempre dejaba dinero para comprar comida. Muchas veces teníamos que arreglarnos con lo poco que había.
Sin darme cuenta, empecé a convertirme en el padre de mi hermano menor.
Cuando llegaba la tarde y comenzaba a bajar el sol, yo salía a buscarlo y lo llamaba para que volviera a casa. Yo le preparaba la comida, le decía que tenía que bañarse, lo ayudaba con sus tareas y, algunas veces, no lo dejaba salir hasta que terminara de estudiar.
También estaba pendiente de la hora. Le decía cuándo tenía que volver a casa y, si no regresaba, yo salía a buscarlo. Él a veces se enojaba porque sentía que yo lo controlaba, pero yo sabía que tenía que hacerlo. Era mi hermano y sentía que tenía que protegerlo.
Por la noche mirábamos televisión y trataba de que estuviera bien. Después teníamos que dormir porque al día siguiente había que ir a la escuela.
Mi papá se levantaba muy temprano, alrededor de las seis o siete de la mañana, para llamarnos y asegurarse de que fuéramos a estudiar. Yo, muchas veces, aprovechaba la madrugada para hacer mis tareas. Era el único momento que tenía para mí.
Durante el día me ocupaba de mi hermano, preparaba las cosas de la casa y hasta le alcanzaba el mate a mi papá antes de que se fuera a trabajar. Vivía pendiente de todo.
Era un adolescente, pero muchas veces sentía que tenía que comportarme como un adulto.
En esa época también conocí a una amiga llamada Claudia y, a través de ella, conocí a su familia. Con el tiempo nos hicimos amigos y ella terminó siendo una persona importante para mí. Su casa se convirtió en uno de los lugares donde podía sentir un poco de tranquilidad.
Claudia tenía una relación complicada y su pareja la maltrataba. Ver algunas de esas situaciones me hacía recordar cosas de mi propia infancia. Había dolores que reconocía aunque no siempre pudiera explicarlos.
Mientras tanto, la convivencia con mis tíos comenzó a empeorar.
A veces cerraban la ventana y nosotros no podíamos entrar al baño. Tampoco nos dejaban bañarnos dentro de la casa. Terminamos bañándonos en el patio con un balde y agua caliente. Incluso tuvimos que empezar a usar un balde para hacer nuestras necesidades cuando no podíamos entrar al baño.
En algunas ocasiones tenía que pedirle a mi amiga que me dejara usar el baño de su casa. También llegué a bañarme allí.
Era difícil vivir de esa manera.
Pero, aunque en mi casa muchas veces me faltaban cosas, en la escuela encontré personas que hicieron que mi adolescencia fuera un poco más llevadera.
Mis amigos conocían mi situación. Sabían que muchas veces no tenía dinero para comprar algo para comer. Cuando podían, me invitaban, compartían conmigo lo que tenían y hasta me pagaban algo para que pudiera comer.
Yo siempre sentí que Dios puso personas en mi camino en los momentos en los que más las necesitaba.
No solucionaban todos mis problemas, pero hacían que el camino fuera un poco menos pesado.
Con el tiempo, la relación con mi papá también empezó a empeorar. Él tomaba mucho alcohol y, cuando se quedó sin trabajo, las cosas se hicieron todavía más difíciles.
Hubo días en los que no tuvimos qué comer.
Mi tía, dentro de sus posibilidades, intentaba ayudarnos. A veces nos daba dinero o nos preguntaba si necesitábamos algo. Yo también recurría a ella cuando la situación se volvía insostenible.
Pero muchas veces terminaba discutiendo con mi papá porque él se enojaba cuando gastábamos la mercadería en comida. Decía que necesitaba guardar dinero para comprar alcohol.
Yo no podía entenderlo.
¿Cómo podía ser más importante el alcohol que tener comida para sus hijos?
Esas situaciones provocaban muchas peleas entre nosotros.
También había cosas que para otros podían parecer pequeñas, pero para mí significaban muchísimo.
Por ejemplo, no tenía zapatillas en buenas condiciones. Tenía unas cuya suela estaba rota y, para poder seguir usándolas, las ataba con alambre.
Todos los días caminaba desde mi casa hasta la escuela. Salía alrededor de las cinco y media de la mañana para poder llegar a las siete. La escuela quedaba muy lejos, prácticamente de una punta a la otra.
Iba caminando con frío, con lluvia o como fuera.
Nunca me quejaba.
Yo solamente quería terminar la escuela.
Quería salir adelante.
Mientras tanto, los problemas con mi tío aumentaban. Yo no entendía por qué teníamos que compartir los gastos y, al mismo tiempo, no nos permitían utilizar cosas tan básicas como el baño.
Eso me hacía enojar. Muchas veces discutía con mi papá porque sentía que él permitía que nos trataran injustamente.
Hasta que un día tuve una fuerte discusión con mi tío.
Y me fui de la casa.
Después de un tiempo volví, pero las cosas ya nunca fueron iguales.
También vivía allí mi hermano mayor, Juan, junto con mi papá. La convivencia se volvió cada vez más difícil.
Un día, mi papá nos había comprado algunas cosas para llevar a un picnic. Era para mí y para mi hermano menor. Al día siguiente yo decidí no ir y le dije a mi hermano menor que llevara mis cosas para que pudiera compartirlas con los demás.
Mi hermano mayor se enojó conmigo. Me llamó para discutir y la situación terminó en otra pelea.
Finalmente, me fui de la casa con mi papá.
Ya no sabía dónde encajar.
Hasta que apareció una posibilidad que, en ese momento, significó muchísimo para mí: irme a vivir a la casa de mi mejor amiga.
Junté mis cosas y me fui.
Llegué con el corazón destrozado. Llevaba conmigo muchas cosas que nadie veía: años de tristeza, responsabilidades que no correspondían a un adolescente, discusiones, hambre, miedo y una necesidad enorme de sentirme querido.
Cuando llegué a esa casa, me recibieron bien.
Yo lloraba.
Estaba mal.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, alguien me estaba abriendo una puerta sin preguntarme cuánto podía dar a cambio.
Y quizás eso fue lo que más necesitaba en ese momento:
un lugar donde simplemente pudiera ser yo.