Tomé lo poco que tenía y me fui de casa a los tres días de haber cumplido veinte.
Tenía muchos sueños y el más importante para mi era poder estudiar. Pero esos sueños, todos y cada uno, se hicieron añicos al comprender la realidad de lo que me esperaba.
Trabajo todos los días ocho o tal vez más de doce horas, para luego llegar a una casa donde no tengo nadie que me reciba al abrir la puerta. Donde todo es silencio y no escucho que alguien me pregunte que tal estuvo mi día.
Me siento perdida.
Creo que debo estar agradecida de todo lo que logré. Pero aún, no logro lo que más anhelo.
Y no quiero vivir con la desesperanza de no lograr ser alguien nunca jamás.