MEJOR DICHO, DE AQUÍ NO HAY CON QUÉ HACER UN CALDO
Chocheras de Vago Viejo
Nota inicial
Estas chocheras no esperan fama, dinero ni nada material. El Dios Dinero ya tiene demasiados templos y demasiados esclavos. Para este vago viejo, el diamante más grande que me echaría al bolsillo es que alguien pusiera los ojos sobre esta pequeña tontería, se detuviera un instante frente a la pantalla brillante y se atreviera a pensar por sí mismo.
Elevo la mirada hacia la historia del mundo a través de los siglos, y me encuentro con una situación que parte el alma. La causa de esta desgracia no nace con el ser humano; por eso no podemos culpar a la Patrona Naturaleza. La cuestión es que nos torcimos en el camino por una sola razón: la ambición desmedida.
La ambición desmedida convierte al ser humano en bestia sin sentimientos, que solo le interesa acumular bienes. Hay ejemplos aterradores, como los derramamientos de sangre durante la colonización, que a punta de cruz y espada asesinaron en el continente americano a más de 70 millones de indígenas, colocándole el nombre de conquista a lo que en realidad se llama usurpación, asesinato y robo. Y los rateros con corona tienen nombre propio: Inglaterra, España, Portugal, Francia, Países Bajos.
Capítulo 1: Las cenizas del pasado (El despojo físico)
Al mirar la historia de la expansión colonial, el observador no puede más que sentir una amargura implacable. Las cifras contemporáneas se mueven en márgenes de error de decenas de millones: entre 55 y 60 millones de almas apagadas en el "Gran Morir" de América, y abismos de entre 25 y 40 millones en África.
Esa imprecisión no es un error de cálculo; es el síntoma definitivo de una ambición tan voraz que no solo aniquiló los cuerpos con pólvora y látigos, sino que trituró las estructuras que habrían permitido registrar su propia tragedia. El vacío en las cifras es el eco de un proceso donde la crueldad rústica de las Coronas y los Imperios consumió la carne y la tierra. En el sentido más estricto de la expresión, pasaron por el mundo sin dejar con qué hacer un caldo.
Capítulo 2: La máquina del Dios Dinero (La mecanización del hombre)
Con el tiempo, la brutalidad dejó de ser analógica y se volvió industrial. En los siglos XIX y XX, con las hambrunas coloniales en la India, la fiebre del caucho en el Amazonas y el terror en el Congo Belga, la ambición se hizo burocrática y sumamente lucrativa.
Nació el Dios Dinero en su versión moderna: el capitalismo financiero global. El ser humano dejó de ser visto como criatura y pasó a ser una pieza de repuesto en una maquinaria fabril o agrícola. Ya no se mataba solo con la espada, sino con una firma en un despacho elegante de Londres o Bruselas. La crueldad se industrializó, y sociedades enteras fueron exprimidas hasta el tuétano para alimentar los mercados internacionales.
Capítulo 3: La tétrica Religión del Algoritmo (La colonización invisible)
Así llegamos a la desastrosa época actual, donde manda el Dios Dinero dirigido por la tenebrosa Religión del Algoritmo. La maquinaria descubrió que es más eficiente y lucrativo colonizar la mente que encadenar el cuerpo. A través de las pantallas brillantes que cargamos en el bolsillo, acabaron con la forma autóctona de pensar y decidir del ser humano.
Los nuevos sumos sacerdotes de Silicon Valley han creado un sistema de recompensas que funciona como una droga de diseño. Las pantallas actúan como los espejitos de cristal modernos: entregamos nuestra atención a cambio de espejismos. El algoritmo predice lo que vas a comprar, lo que vas a votar y cómo te vas a sentir hoy. La humanidad camina voluntariamente hacia este nuevo cautiverio, pagando por los dispositivos que la vigilan. Despojados de identidad y soberanía mental, el prisionero actual ha terminado por adorar sus cadenas invisibles.
Capítulo 4: La receta del Vago Viejo (La vacuna y el antibiótico)
Pero el observador no se queda en la esquina de la queja. A pesar de la desilusión, veo en el horizonte una luz tenue pero segura que nos podría remendar el cerebro. Frente a la epidemia de la Religión del Algoritmo, este viejo deja una receta médica para recuperar la soberanía de la propia cabeza.
Primero, hace falta la prevención: la vacuna. Una educación consciente y repensada. No hablo de ese ejercicio estéril de pasar páginas para escupir respuestas en un examen que te califican y ahí termina el cuento. Hablo de una educación que nos inmunice desde niños, enseñándonos a leer para nutrirnos, a desconfiar con criterio y a tener la audacia de dudar de todo, hasta de lo que parece más lógico. Una lectura crítica inyectada con toneladas de humanidad, amor puro y empatía viva.
Pero si usted ya está infectado, si ya siente la anestesia de las pantallas brillantes o el estreñimiento mental de las ideologías, aquí está el antibiótico: la Teoría del Estómago. Tómese el remedio del pensamiento crítico. Trágueselo todo, léalo todo, observe el horror y el brillo del mundo; pero aplique la función de la víscera. El estómago toma todo, lo procesa, saca los nutrientes que nos hacen humanos y libres para brindárselos al organismo, y luego coge la basura, los desechos del algoritmo, y los envía al intestino.
El librepensador camina suelto, con la dignidad de la tierra, sin pintarse de ningún color político. En el momento en que alguien se fanatiza y adopta una ideología a ojos cerrados, apaga su propio estómago y empieza a repetir consignas ajenas. El que se fanatiza, sencillamente, pierde el año.
Aplique la vacuna de la educación consciente, tómese el antibiótico de la digestión mental, ¡y a defecar basura digital se dijo!
Capítulo 5: Los Diez Mandamientos del Dios de Silicio
1. Amarás la pantalla sobre todas las cosas.
Ella te dará identidad, felicidad y verdad. La consultarás al despertar y antes de dormir. Sentirás ansiedad si te alejas de ella.
2. No tomarás el nombre del algoritmo en vano.
No cuestionarás su poder, ni dudarás de sus tendencias. Si algo sale mal, la culpa será tuya por no entender sus reglas.
3. Santificarás el scroll infinito.
Dedicarás cada pausa al consumo de contenido. Llenarás cada silencio con ruido, porque el silencio es herejía.
4. Honrarás al influencer y al dueño de la plataforma.
Los verás como profetas y guías. Aprenderás de ellos qué desear, cómo vestir y qué odiar.
5. No matarás la conversación con preguntas incómodas.
Evitarás la crítica, el debate real y la duda. No cuestionarás la vigilancia. Matarás la incomodidad de pensar.
6. No cometerás actos impuros de desconexión.
Respetarás la adicción como estilo de vida. No disfrutarás del aburrimiento. La pureza es estar siempre conectado.
7. No robarás tus propios datos.
No usarás bloqueadores ni anónimos. Todo se comparte, todo se entrega. El que esconde algo, es un hereje.
8. No darás falso testimonio contra la plataforma.
No dirás que te roba tiempo, que te vigila, que te deprime. Repetirás que es una herramienta maravillosa.
9. No desearás la libertad del que se fue.
No envidiarás al que cerró su cuenta, al que vive sin publicar, al que lee en silencio. Lo mirarás con lástima.
10. No codiciarás la atención ajena.
No desearás más likes que tu vecino, ni más seguidores que tu amigo. Y al mismo tiempo, harás exactamente lo contrario, porque la envidia es el combustible del dios de silicio.
El Contra-Manual Para atacar esos mandamientos:
1. Amarás al ser humano sobre todas las cosas, y no a la máquina.
2. Dudarás de todo, incluso de mí.
3. Santificarás el silencio y el aburrimiento.
4. Honrarás al abuelo y a la abuela, no al influencer.
5. No matarás la compasión con odio digital.
6. No cometerás actos impuros de sumisión.
7. No robarás el tiempo de tu familia por un clic.
8. No darás falso testimonio contra la verdad.
9. No desearás ser esclavo del algoritmo.
10. No codiciarás las migajas de la viralidad.