Nunca supe exactamente cuándo empezó todo. Quizá comenzó mucho antes de aquella primera prueba, cuando conocí al hombre que amaba y empecé a imaginar una vida entera a su lado. En aquellos días, formar una familia no parecía un sueño lejano, sino una especie de promesa silenciosa que yo guardaba con una ternura casi infantil. Me imaginaba una casa llena de voces, pequeñas manos buscando las mías, risas atravesando las habitaciones y, sobre todo, la dicha de verlo a él convertirse en padre mientras yo aprendía a ser madre. Quería hijos suyos. Los quería profundamente. Y en aquella ilusión había algo tan hermoso que jamás imaginé que, algún día, también sería una de las cosas que más me dolería recordar.
Tardé en descubrir cuándo aquel sueño dejó de ser una fantasía y comenzó a crecer dentro de mí. La primera vez que lo supe, las lágrimas brotaron antes de que pudiera entenderlas. Había miedo, sí, pero debajo del miedo había una emoción mucho más delicada, casi imposible de nombrar. Miré aquellas dos líneas rosadas una y otra vez, como si al contemplarlas pudiera descifrar qué estaba sucediendo dentro de mí. Allí estaba la noticia que tantas veces había imaginado de lejos, pero que ahora llegaba acompañada de preguntas para las que todavía no tenía respuestas.
Miré al hombre que amaba esperando encontrar en sus ojos alguna certeza que pudiera sostenerme. En cambio, encontré miedo. Estrés. Silencio. Y entonces comprendí que también era posible sentirse completamente sola mientras alguien estaba sentado al lado. El silencio comenzó a crecer entre nosotros y, en medio de él, yo ya intentaba asimilar cómo podía caber una vida dentro de la mía.
Todavía no tenía rostro, ni voz, ni nombre. Y, sin embargo, ya pensaba en esa pequeña vida. Imaginaba su sonrisa. Me preguntaba qué rasgos tendría, qué parte de nosotros llevaría consigo, cómo sería verlo crecer. Eran preguntas pequeñas para una decisión demasiado grande.
Pensé en mis estudios, en mi familia, en mi futuro. Pensé en todo aquello que todavía no sabía cómo afrontar. Pensé en la posibilidad de criar una vida mientras apenas lograba mantenerme en pie. Y pensé, sobre todo, en el miedo de hacerlo sola. No sabía cuál era la decisión correcta. Solo sabía que tenía miedo de equivocarme, de no poder proteger esa vida, de traerla a un mundo en el que quizá tendría que luchar por los dos. Me aterraba quedármela y me aterraba, todavía más, dejarla ir.
Así que llegó el momento en que tuve que decidir. Y decidí soltarla. No porque no la amara. Quizá esa sea una de las contradicciones que más me ha costado aceptar. Podía amar aquella pequeña vida y, al mismo tiempo, sentir que no tenía las fuerzas. Podía imaginar sus ojos y sentir ternura mientras el miedo me hacía temblar. Podía desear ser madre y no sentirme preparada para serlo en aquellas condiciones. Y uno de los precios más grandes de aquella decisión fue comprender que, escogiera el camino que escogiera, nunca volvería a ser la mujer que había sido antes.
Después tuve que aprender a vivir con el silencio. El mundo siguió avanzando mientras yo intentaba hacerlo también. Sonreía durante el día, hablaba con mi familia, estudiaba, respondía que estaba bien cuando alguien preguntaba. Pero al llegar la noche, cuando ya no tenía que fingir frente a nadie, el dolor encontraba la manera de volver. Lloraba por todo lo que había imaginado y que de pronto se había convertido en ausencia. Lloraba por las cosas que nunca sabría, por las palabras que nunca escucharía, por las manos que jamás sentiría entre las mías. Lloraba porque había amado una posibilidad con todo mi corazón y ahora tenía que aprender a vivir con el vacío que dejó.
Mi pareja nunca trató de mencionar el tema. Quizá para él era más sencillo dejarlo atrás. Para mí no existía un atrás al que pudiera regresar. Así que tuve que guardar mi duelo dentro de mí. Necesitaba ponerle un nombre a mi herida, no para cambiar lo que sucedió, ni para inventar una historia distinta. Solo necesitaba que aquella ausencia tuviera un nombre al que pudiera dirigirle todo el amor que todavía no sabía dónde poner.
Por las noches soñaba con mi bebé. A veces lo veía sonreír, como si viniera a visitarme desde un lugar imposible, como si supiera que yo lo extrañaba. Otras veces despertaba con una sensación tan profunda de haberlo tenido conmigo, que durante unos segundos olvidaba que nunca había podido sostenerlo entre mis brazos. Y siempre, de alguna manera, terminaba pidiéndole perdón.
El tiempo no borró aquella ausencia. Solo aprendí a llevarla más silenciosamente. Hasta que, cuando ya casi no tenía deseos de nada y apenas intentaba reconstruir los pedazos de mí que habían quedado dispersos, la vida volvió a entregarme la misma noticia.
Dos líneas rosadas.
Otra vez.
Esta vez no hubo sorpresa inocente. Hubo un cansancio profundo. Había pasado tanto tiempo intentando reconstruirme que volver a encontrarme frente a la misma decisión se sintió como regresar a una herida que todavía no había cerrado.
Y esta vez estaba sola de otra manera. La relación que yo había imaginado como refugio se estaba desmoronando. Mientras intentaba pedir un poco de comprensión, terminé sintiendo que mi tristeza era demasiado para él. La ruptura llegó casi al mismo tiempo que aquella segunda noticia, y me quedé frente a dos pérdidas que se parecían demasiado.
Otra vez la incertidumbre. Otra vez el miedo. Otra vez aquella pregunta insoportable sobre qué debía hacer. Mire nuevamente hacia la persona que se suponía que debía estar ahí y encontré un vacío. El hombre con quien había imaginado una familia ya no podía acompañarme mientras yo intentaba decidir qué hacer con otra vida que crecía dentro de mí.
Y esta vez, en medio de aquel vacío, le dije un hasta pronto. No porque supiera que algún día volvería a verlo, ni porque existiera una promesa de encuentro, sino porque una parte de mí necesitaba imaginar que, en algún futuro lejano, podría volver a encontrarlo entre tantas sonrisas y contarle que todavía lo amaba.
Esta vez el dolor no llegó como una sorpresa. Llegó como algo conocido, como una herida que sabía exactamente dónde tocar. No quiero decir que después encontré paz, porque no fue así. Lo que encontré fue una lucha, una lucha constante por seguir viviendo mientras una parte de mí continúa mirando hacia atrás.
Porque puedo amar a alguien que nunca llegué a conocer. Puedo sentir que fue real aunque haya permanecido tan distante. Puedo imaginar una vida que nunca ocurrió y extrañarla como si hubiera formado parte de la mía. Cuando veo un bebé, a veces me detengo y, por un instante, imagino otra vida. Imagino cómo habría sido verlo crecer, sus manos, su sonrisa, su voz. Imagino mi vientre creciendo y la emoción de sentir que dentro de mí había algo que un día podría correr hacia mis brazos.
Y entonces aparece esa ausencia, una ausencia que comenzó mucho antes de que pudiera perderla. Porque quizá eso es lo que significa vivir este dolor como madre. No necesito que alguien me diga cómo debería nombrarlo. Solo quienes han pasado por algo parecido saben lo extraño que es llorar una vida que no alcanzó a ser conocida por nadie más y, aun así, haberla amado.
Porque enterarse de que una está embarazada puede ser una de las sensaciones más llenadoras del mundo. Incluso con miedo. Incluso cuando las circunstancias no son perfectas. Saber que algo crece dentro de ti, imaginarlo, pensar en verlo crecer, imaginar el día en que finalmente podrías tenerlo entre tus brazos, es una ilusión capaz de llenar una vida entera.
Por eso la pérdida deja un vacío tan difícil de explicar. Porque no pierdes únicamente lo que existía. También pierdes todo lo que imaginaste que podría llegar a existir. Y entonces aparece la culpa, la pregunta de si debí ser más fuerte, si debí encontrar otra manera, si debí luchar más, si habría podido proteger aquella vida si yo hubiera sido diferente.
Hay noches en las que todavía tiemblo al pensar en ello. Y mientras intento recoger los pedazos de mi corazón, también siento que una parte del amor que creí eterno se fue desmoronando conmigo.
No sé si algún día dejaré de preguntarme quiénes habrían sido. No sé si algún día dejaré de imaginar sus vidas. No sé si la culpa aprenderá a hablar más bajo. Pero sé que estuvieron dentro de mí. Sé que los amé. Sé que los perdí. Y sé que hay ausencias que no necesitan ocupar una habitación para existir. Las llevo conmigo.
Quizá por eso sigo amando la ausencia. Porque a veces amar no significa tener. A veces significa recordar. A veces significa llorar. A veces significa pedir perdón. Y, a veces, significa aprender a vivir con dos pequeños nombres que nadie más conoce, pero que para mí siempre tendrán un lugar donde permanecer.