El canto de las cigarras se ha instalado en el árbol frente a mi casa.
El calor ha traído el canto y los recuerdos de una lejana infancia.
¿Es la nostalgia una emoción? ¿O es la habitación en donde viven nuestros recuerdos más añorados?
Para llegar a esa habitación cierro los ojos y me concentro en el sonido de las cigarras. Ahora estoy en el campo, en la casa vacacional de la tía Concha. Ya está atardeciendo y a diferencia de estas cigarras que cantan al unísono, en aquel lugar hay algunas que se distinguen de las demás por emitir un sonido más largo y agudo.
Encontré el cuerpo seco de uno de estos insectos en un árbol y ahora es un adorno en mi blusa. En todos mis años de vida no he vuelto a portar un broche más hermoso que aquel.
He dicho que está atardeciendo ¿cierto? Ya pasaron las horas de juego con los hermanos y los primos; las horas para preparar la carne asada y tostar los mahuacates de los ébanos.
Atardece y los girasoles silvestres, hogar de decenas de insectos, bajan sus cabezas.
Por último, aparece un brillo aquí y otro allá, hasta que el horizonte se llena de pequeñas lucecitas voladoras.
Así con ellas vuelan los recuerdos de mi infancia, saldré de la habitación de la nostalgia y al abrir mis ojos cerraré la puerta de ese lugar que ya sólo existe en mi mente. Lugar que desaparecerá conmigo cuando cierre mis ojos por última vez.