Siempre me he preguntado si había un problema en mí.
Envidio de los demás su facilidad para vivir.
Algo tan sencillo para ellos, me resultaba agobiante.
Envidio el calor y la comodidad que tienen,
la esperanza y luz que desearía tener.
¿Cuál es mi problema? ¿Qué necesito arreglar?
Necesito entenderlo. Arreglarlo.
Esta soledad es tan fría, tan miserable, que no la soporto.
Quiero amar como ellos. Quiero sentirme amada.
Pero, ¿cómo lo haría? Tú nunca me enseñaste.
Me dejaste tantas cargas, que me aplastan.
Pensar en eso no es odio. Quiero amarte, entenderte,
tanto como desearía que tú lo hicieras.
Rezaría por tu bienestar, tu felicidad,
pero sé que no hay nadie que lo escuche.
Pasaría la noche en vela si supiera
que alguien oira mis súplicas.
Necesito alguien que me escuche,
que me dé algo de consuelo.
Me pesa tanto el alma que temo que se rompa.
Mi frágil corazón ya no aguanta más daño;
mis brazos no soportan más peso.
Temo quebrarme y desaparecer.
Temo que pienses que ya no soy útil,
que me descartes como un pañuelo.
Carecer de todo valor. Y demostrarme
que nunca me amaste.
Ni siquiera un poco.