Cuando un avión despega.
No es verdad.
Uno se va del mapa,
pero nunca del lugar
donde aprendió a amar.
Venezuela,
te escribo desde la distancia,
con las manos temblando,
no de frío, sino de amor.
Sé que la tierra se movió,
que se llevó paredes y certezas,
que hay madres contando hijos
y encontrando el número incompleto.
Sé que hay noches donde el miedo
no deja dormir a nadie,
y que el silencio después del ruido
es el más difícil de todos.
Pero también sé esto:
Que mi pueblo se levanta
con las manos llenas de escombros
y el corazón lleno de otros.
Que un vecino sostiene a otro vecino
aunque no tenga nombre,
que hay una olla compartida
donde ayer sólo había miedo.
Quiero que cada mañana
el aroma a café recién colado
se mezcle otra vez con el de las arepas,
y que ese olor, tan nuestro,
le diga al mundo que seguimos aquí.
Porque la vida es de ratico.
Lo aprendimos de golpe.
Lo aprendimos temblando.
Por eso hoy te digo:
A ti que estás lejos, como yo.
A ti que estás cerca y no lo sabes.
Dile a los tuyos que los amas.
Dilo ahora.
No esperes a que la tierra
te lo recuerde otra vez.
Venezuela, aunque yo esté lejos,
sigo oliendo a ti.
Llevo tu tierra en la piel
aunque mis pies pisen otro suelo.
Y quiero que sepas, mi gente,
que no están solos.
Hay millones de nosotros
que, aunque no podamos llegar con las manos,
llegamos con el alma,
llegamos rezando,
llegamos amando desde lejos,
como se ama lo que no se puede dejar de amar.
Algo bueno va a pasar.
Tiene que pasar.
Porque un pueblo que canta en medio del derrumbe
no está condenado.
Está resistiendo.
Y donde hay resistencia,
también hay esperanza.
"Te quiero...
cuídate mucho."
Son palabras que decimos
muy a menudo los venezolanos.
Y mientras exista alguien
que siga diciendo esas palabras,
Venezuela seguirá de pie.
Porque hay países que se sostienen con cemento.
Pero el nuestro...
se sostiene con amor.
María Emilia Duarte González