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V: Entre Mirra y Pelos.

GreyWolf
Pensamiento

Pensamiento

Zacarias

La novicia que se llevó el jalón de orejas por los pastelitos de miel pagó lo que hizo Hayt y nadie se enteró. Ojalá Isi se lo cuente un día, aunque sea para reírse las dos.

La novicia que se llevó el jalón de orejas por los pastelitos de miel pagó lo que hizo Hayt y nadie se enteró. Ojalá Isi se lo cuente un día, aunque sea para reírse las dos.

Contenido de la publicación

En cuánto las sacerdotisas mayores llegaron para los oficios, encontraron a Isi con la túnica sucia y sin maquillaje, y tras varios los jalones de orejas, las reprimendas y las risas veladas del resto de las novicias, a la chica se le ordenó que se quedara fuera de la vista, al menos hasta que hubiera ocasión de que pudiera cambiarse. “¿Cómo pretendes recibir a los peregrinos con esa faz indigna de la diosa madre?” Le decían las mujeres, pero sin embargo Isi solamente sintió alivio de que Nebet y sus cachorros estuvieran bien ocultos.


El mes pasó y Nebet (como había llamado Isi a la gata) se había estado recuperando, hasta el punto de ponerse más rolliza, y ahora su expresión tenía un aire altivo y sereno, casi que señorial, y su mirada orgullosa solamente parecía suavizarse cuando estaba en presencia de Isi. La joven había dedicado esas más de treinta vueltas de Ra a llevarle comida a Nebet y a los cachorros, tomando un poco de las ofrendas que ofrecían los peregrinos al pasar por el templo, con las mil y un disculpas elevadas a la diosa madre a medida que se colaba en los almacenes. También daba de la propia comida que le mandaba su abuela, a la que convenció de que trajera comida más sustanciosa, algo que extrañó a la anciana, pero que sin embargo cumplió.


Los cuatro cachorros de Nebet también crecieron, ya dejaron de ser unas criaturas ciegas y vulnerables, y se convirtieron en una pequeña pandilla de animales inquietos que comenzaban a jugar y a explorar los alrededores. Mu era el más tranquilo, solía quedarse tranquilo en su rincón, pero también era curioso por naturaleza. Uadj era más juguetona y solía buscar jugar con su hermanito Mu, sin embargo no se alejaba demasiado de su madre. Iab era la más miedosa, corría inmediatamente bajo las patas de su madre al más pequeño sobresalto, casi cualquier cosa la hacía ponerse a temblar como una hoja al viento, aunque era también muy apegada a Isi, la única que parecía poder calmarla aparte de su madre. Y por último estaba Hayt, el más intrépido, casi todas las veces que algo pasaba que amenazara con delatar la presencia de la camada, Isi inmediatamente pensaba en aquel pequeñín y corría inmediatamente a remediar el asunto.


Que si una cortina aparecía extrañamente rota, que si alguna novicia sentía que algo las rasguñaba en el talón, que si unos papiros aparecían movidos de lugar o directamente caídos al suelo. Lo único que parecía estar a la altura de la audacia de Hayt era su capacidad de esconderse. No importaba qué problemas causara, su astucia felina se sobreponía al peligro de ser descubierto, e Isi encontraba siempre la manera de encontrarlo y ocultarlo antes de que siguiera liándola.


Pero la suerte del pequeño Hayt y la de Isi Nehados tenían un límite, y hubo un día en que ese límite fue sobrepasado.


Ocurrió durante una visita del nomarca de Sais junto a su mujer, una inspección para comprobar el estado de la ciudad y ver a sus habitantes. Aquello fue un gran evento, lógicamente, al tener en la ciudad a una figura tan importante en la ciudad. Y entre los sitios que iban a visitar estaba el templo de Isis. Lógicamente las sacerdotisas mayores estaban ansiosas por generar una buena impresión, y las novicias parecían emocionadas de mostrarse serviciales en la visita del nomarca.


Isi estuvo muy ocupada, yendo de un lado a otro con los preparativos. Aunque, tras casi romper un jarrón de lujo, o de causar un incendio en una de las cortinas de lujo de la sala hipóstila, las sacerdotisas mayores decidieron dejarla aparte de la planeación. “Ayudará más si no estorba” dijeron al despedirla. Isi, aunque alicaída por su torpeza, pensó que por lo menos podría darle una vuelta a Nebet y sus gatos.


Había estado gran parte de la mañana tan ocupada en los preparativos que no había podido ir a darle una vuelta a los gatos. Así que aprovechó un momento que no la estaban viendo para moverse por la sala hipóstila hasta el escondite, apartando la cortina para pasar dentro del cuarto dónde estaban resguardados los gatos. Al mirar al rincón dónde estaban los gatos, los vio allí acurrucados. Nebet estaba hecha un ovillo sobre sí misma, y en el centro del ovillo estaban sus cachorros.


La joven sonrió con alegría al verlos, corriendo la cortina para taparse, y se acercó a la gata para mirarla de cerca y comenzar a contarlos. Estaba Uadj, con su pelo gris de color atigrado; Mu estaba justo al lado, casi que encima de su hermana, con su pelo blanco con las orejas negras; Iab estaba casi que abrazada a Mu, era una gatita pequeña, casi tan negra como su mamá, con una mancha blanca en el costado del rostro con forma de medialuna. Pero entonces la sonrisa de Isi desapareció al darse cuenta de algo: Faltaba Hayt.


Volvió a contar a los cachorros, habían tres de ellos. Intentó mirar a ver si estaba debajo de uno de sus hermanos, pero no lo vio. Con la ansiedad y los nervios recorriendo su cuerpo como si fueran circuitos de ka, empezó a buscar a lo largo del cuartillo, en los diferentes rincones, pero Hayt no estaba por ningún lado. Aquello no era buena noticia, significaba que andaba suelto en el templo, en plena visita del nomarca.


Salió del almacén y comenzó a buscar por la sala hipóstila, con cuidado de no llamar demasiado la atención, aunque las novicias y las sacerdotisas mayores estaban más enfocadas en preparar la bienvenida. Recargar las antorchas, quemar la mirra, preparar aperitivos para los visitantes y poner guapas a las novicias que iban a recibir al nomarca. Isi iba en medio de la muchedumbre, buscando con los ojos a Hayt.


— ¡Hayt! ¡Hayt! ¿Dónde estás, pequeño? - Llamaba en voz baja, buscando en los rincones dónde solía encontrarlo usualmente. Pero no parecía estar por ninguno.


Fue mientras buscaba que vio a una de las sacerdotisas mayores, jalando por las orejas a una de las novicias y llevándola lejos de la mesa de los aperitivos. Isi se ocultó detrás de una de las columnas y alcanzó a escuchar lo que decía la mujer.


— ¿Qué les he dicho de no comerse lo que estaba sobre la mesa? ¡Por enésima vez, esos pasteles de miel son para los invitados! - Le reclamaba la mujer a la pobre novicia.


— ¡Pero si yo no me comí nada! ¡Auh! ¡Que duele! - Le replicaba la chica, con el rostro torcido en una mueca de dolor, mientras las dos se alejaban hacia otro rincón de la sala hipóstila.


Una vez se alejaron, Isi se acercó a la mesa de los aperitivos, dulces y alimentos secos tradicionales, hechos de miel, chufa, dátiles, frutos secos… Había de todo un poco para que los invitados pudieran picar a gusto. En una bandeja, efectivamente, había una pila de pastelitos de miel, de forma cuadrada y con una pequeña capa de almíbar encima. Justamente se habían llevado uno de los pastelitos del tope y habían causado un pequeño derrumbe en los demás.


En la mesa, Isi vio unas pequeñas huellas de polvo sobre la madera. Las mismas bajaban hasta el suelo y se alejaban hacia el extremo norte de la sala hipóstila. Más allá de eso se encontraba la sala de la diosa, el sancta sanctórum del templo, un sitio al que solamente las sacerdotisas mayores y la suma sacerdotisa tenían permiso a acceder.


— ¡Oh no, Hayt! - Exclamó en voz baja la chica mientras corría hasta el sancta sanctórum. Había que sacar a ese gatito de ahí, pero ya.


Isi miró sobre su hombro para asegurarse que nadie la viera, y aprovechando la distracción del resto, se fue tras el rastro dejado por Hayt hasta la sala prohibida. Atravesó el arco y accedió en silencio al sancta santórum, haciendo el menor ruido posible. Le recibió la oscuridad, la cual la envolvió y ocultó a la vista. El lugar era una sala sin ventanas, las únicas luces que había eran de las velas aromatizantes que flanqueaban un largo pasillo, ubicadas en pequeños espacios cavados en las paredes. Se podían ver brillando al fondo, con un brillo carmesí, y el olor a mirra llenaba la nariz de Isi.


La chica avanzó por el pasillo, aunque apenas podía ver nada, igual trataba de distinguir, en medio de la negrura, la presencia del pequeño Hayt, caminando despacio y con los pies a ras del suelo, para así poder sentirlo si se chocaba con sus pies y así evitar pisarlo. Todo eso mientras lo llamaba en voz baja, con el corazón latiendo en su pecho como un tambor nubio.


— ¡Hayt! - Susurraba alarmada la chica a la oscuridad. - ¡Hayt! ¿Dónde estás? - Siguió avanzando por el pasillo, buscando al pequeño animal, hasta que escuchó algo. Un sonido suave y agudo, el cual inmediatamente llamó su atención. Era un maullido.


La chica buscó la dirección del maullido, venía del fondo del sancta santórum, por lo que allá que se aproximó, con cuidado de no hacer ruido para que no la descubrieran (la sala del dios tenía que permanecer en estricto silencio para no perturbar a la diosa). Finalmente Isi llegó ante el corazón del sancta santórum, un altar circular rodeado de velas en cuyo centro, rodeada de cuatro vasijas de terracota llenas de agua, a modo de ofrenda, se encontraba una enorme estatua de mármol (en lugar de caliza, para disgusto de los otros templos de Sais) que representaba a la diosa Isis, de casi nueve codos de altura, representada con un rostro bello y de facciones marcadas, con labios gruesos y cuerpo esbelto con curvas fluidas como las ondulaciones del Nilo, como dictaba el ideal de belleza en Egipto.


Estaba de pie, con una larga túnica, sujetando con una mano el tallo de una flor de loto como si fuera un cetro, a la altura del pecho, y en su otra mano, con el brazo caído, sujetaba un símbolo del ankh. Sobre su cabeza reposaba una corona, una diadema en cuyo centro se podía distinguir una representación de la diosa madre acuclillada con las alas extendidas. Toda la estatua estaba pintada a detalle y con sumo cuidado, la túnica blanca con detalles en azul nilo, los adornos de oro, el tallo y el loto, la piel broncínea y brillante… todo de tal manera que parecía una persona de carne y hueso, la mismísima diosa en persona en toda su magnificencia.


Sin embargo, había algo que no formaba parte de los adornos de la diosa. Sobre la diadema se asomaban dos ojos verdes, los cuáles miraban a Isi con atención y también con miedo. Desde aquella altura era posible distinguir que esos ojos venían de un pequeño animal negro, con el morro y las patitas blancas, el cual trataba de mantener el equilibrio y de sujetarse sobre la cabeza de la diosa Isis, mirando hacia abajo a la chica como buscando ayuda.


— ¡Hayt! ¿Cómo llegaste ahí arriba? - Exclamó Isi en voz baja, entre sorprendida y molesta. Hayt solamente respondió con un “maw”, antes de mirar hacia los lados, buscando una forma de bajar.


Isi se aproximó hasta la base de la estatua, quedando ante sus pies, sin perder de vista al pequeño gato. Tras lo cual alzó los brazos hacia arriba. El pequeño Hayt seguía mirando abajo, como si buscara una forma de poder bajar de la estatua desde su posición, miró entonces uno de los hombros de la diosa, lo miró varias veces, como si estuviera considerando bajar por ahí. Algo de lo que Isi se dio cuenta de inmediato.


— ¡No, no! ¡Detente! - Exclamó la chica, justo cuando el gatito empezaba a inclinarse hacia el hombro de la estatua, sin embargo la exclamación de Isi le hizo recular y volver sobre sus pasos, mirando a la joven sacerdotisa que alzaba sus brazos en su dirección. - ¡Salta aquí, Hayt! Yo te atrapo, solamente salta.


El gatito respondió con un “maw”, mirando a los alrededores, como si evaluara qué otras opciones tenía. Pero al final observó a Isi, tomó vuelo dubitativo con sus cuartos traseros para luego impulsarse hacia delante, saltando por encima de la cabeza de la diosa y cayendo en arco con las patas extendidas hacia Isi, quién le esperaba con las manos extendidas hacia arriba.


“¡No vayas a tropezar, Isi! ¡No vayas a tropezar, Isi!” Pensaba desesperada la chica mientras se echaba un poco hacia atrás para interponerse en la trayectoria de caída de Hayt. El animal comenzó a pasar entre el espacio que había entre las manos de la chica. Ella lo atrapó en pleno vuelo, el cual con el impulso acabó yendo hasta el pecho de la chica. Hayt levantó la vista, mirando a Isi y luego a los alrededores, estaba temblando, evidentemente asustado tras su pequeña aventura en la cabeza de la diosa madre.


— Ya pasó, pequeño. Ya pasó. - Le decía la chica suavemente a Hayt, mientras le acariciaba la cabeza, entre las orejas. - No vuelvas a escaparte de ese modo, por favor.


Hayt simplemente respondió ronroneando contra el pecho de la chica. Isi sonrió y comenzó a hacer el camino para salir del sancta santórum, tal parecía que todo había salido bien. Pero a medida que se acercaba a la salida, escuchó unos gritos que venían desde la sala hipóstila. Atravesó en silencio el arco y salió a la luz, avanzando rápidamente para ocultarse detrás de una columna, asomándose para ver lo que pasaba.


— ¿¡Quién metió a éstos gatos en el templo!? - Exclamaba una de las sacerdotisas mayores, mientras miraba hacia todos lados, con el rostro desencajado de la furia, el nomarca y su mujer estaban a su lado, confundidos sin saber dónde mirar.


Mu se encontraba en el borde superior de una de las columnas, mirando hacia abajo sin saber cómo bajar. Uadj se encontraba cerca, en la mesa de las ofrendas, dando esquinazo a otras de las sacerdotisas mayores que trataba de atraparla, mientras las novicias simplemente miraban atónitas y con horror cómo la mesa acababa vuelta un desastre. Nebet estaba en el centro de la sala, con dos sacerdotisas mayores tratando de agarrarla, pero la gata les bufaba y les amagaba un arañazo con el pelo encrespado. Iab estaba detrás de ella, temblando como una hoja mientras miraba nerviosa a todos lados.


Isi entonces recordó que, cuando salió del almacén para buscar a Hayt, no había puesto la cortina en su sitio. Tal vez Mu había sido el primero en ver el exterior y salió a explorar acompañado de Uadj, y poco después habría salido Nebet con Iab. Fuera como fuera, ahora estaban los gatos sueltos y causando el caos dentro del templo.


En ese momento la sacerdotisa mayor que acompañaba al nomarca se dió cuenta de Isi, sus ojos se abrieron en sorpresa, con un brillo de reconocimiento y revelación. Un brillo que se encendió con una furia asesina, mientras se acercaba a grandes zancadas a la chica, la cual estaba paralizada de miedo, temblando al ver venir lo que se avecinaba.


— ¡Isidora Nehados! - Exclamó la mujer, de tal forma que Hayt se asustó y se zafó del abrazo de Isi, saltando de su brazo y huyendo a toda prisa a cuatro patas. La chica, sin apenas tiempo de reaccionar, sintió cómo le tironeaban la oreja, con tanta fuerza que sentía que las uñas de la sacerdotisa se clavaban en el lóbulo, soltando un gemido de dolor. - ¡Ven aquí! ¡Ya lo que has hecho es el colmo del desastre!


— ¡Auh…! ¡Espere! ¡Usted no entiende…! - Trató de protestar la chica, mientras se quejaba del dolor. Le tiraban tan fuerte la oreja que parecía que se la fueran a arrancar.


— ¡No, tú eres la que no parece entender tu deber en éste templo y por eso no paras de insultar a la diosa madre con tus actos! - Dijo amargamente la mujer, mientras atravesaban la sala. Pero entonces algo vio la sacerdotisa mayor, algo que hizo que su expresión cambiara de la furia al asombro y la reverencia. Soltó de inmediato la mano de Isi y enderezó la espalda, con las manos hacia delante.


Isi se llevó la mano a la oreja, aliviada de que no la tironearan, pero aún le dolía, podía sentir la marca que había dejado la uña en su lóbulo. Pero al levantar la vista pudo ver cómo alguien entraba.


Era una mujer baja y delgada, de cabello largo gris y ojos oscuros. Llevaba una delgada túnica de lino blanca y en su cuello llevaba una gargantilla dorada con cuentas azules y rojas, las cuáles formaban una imagen de Isis con las alas abiertas. Sus pasos eran ligeros, sus pies, calzados en sandalias marrones de cuero, se rozaban en el suelo en un suave susurro. Tenía más de cuarenta inviernos, pero su aspecto seguía siendo lozano, caminaba con una calma sobrecogedora, ajena al caos a su alrededor, y tanto las sacerdotisas mayores como las novicias paraban lo que hacían para enderezarse en posición reverencial. Isi solamente la había visto una vez, pero era suficiente para saber quién era y enderezara su espalda, poniendo sus manos hacia el frente a la altura del vientre. Era Eirene, la suma sacerdotisa del templo.


La mujer barrió con la vista la sala, hasta que se fijó en la gata adulta, nerviosa, soltando un maullido gutural mientras veía a las sacerdotisas mayores que la rodeaban. La mujer hizo un gesto con la mano para que las mujeres se apartaran, fue un gesto suave, delicado, como si se estuviera quitando un chal de los hombros. Sin embargo las sacerdotisas se quitaron inmediatamente y dejaron paso a la mujer. Ésta se acercó con paso sereno hasta la gata, la cual la miraba desconfiada con su cachorro entre las patas.


La mujer susurró algo que Isi no llegó a escuchar, y fue acercando lentamente la mano. Nebet pareció lentamente relajarse, por un momento pareció que iba a apartar la cabeza al ver cómo la mano de la mujer iba a su cabeza, pero pronto se dejó acariciar. Pronto la gata se vio más y más relajada, hasta el punto que dejaba a la mujer que le acariciaran el lomo. Mientras hacía eso, la suma sacerdotisa miraba a los alrededores, a todas las sacerdotisas mayores y a todas las novicias. Sus ojos se posaron sobre Isi, la cual hacía un enorme esfuerzo por respirar con normalidad, mientras su pecho palpìtaba como si fuera una marcha de guerra.


— Ven. - Dijo la suma sacerdotisa, con un gesto de la mano.


Los pies de Isi se negaron a responder por un momento, pero se obligó a caminar hasta la mujer, sintiendo que cada paso pesaba más que un bloque de caliza. Pronto estuvo a medio codo de distancia de la suma sacerdotisa Eirene, quién la miraba con atención. Su mirada era calmada, y en principio no parecía estar molesta o que juzgase a la chica, pero su presencia era sobrecogedora y sus intenciones indescifrables. Suficiente para que Isi temiera las consecuencias.


— ¿Tú fuiste quién la trajo? - Preguntó la mujer, su tono de voz era suave, grave, con un timbre dulce. Era como el agua del Nilo, cuando su flujo era tranquilo. Pero sin embargo esa naturaleza indescifrable y sobrecogedora seguía impregnando esa voz. Si en algún momento Isi pensó en mentir o en buscar alguna excusa, frente a la suma sacerdotisa se dio cuenta que iba a ser imposible.


— Si, suma sacerdotisa. Yo fui quién los trajo. - Dijo la chica, bajando la cabeza. Asumiendo su culpa, y lista para recibir su castigo.


La suma sacerdotisa Eirene había logrado dar la vuelta a la presencia de los gatos, le aseguró al nomarca que ellas mismas habían adoptado a Nebet y a sus crías, luego de encontrarlos escondidos en un hueco de una de las paredes exteriores del templo (en lugar de en las orillas del Nilo, lugar que había confesado Isi). De esa manera el acto se justificaba como un acto de piedad a un ser vivo nacido en terreno sagrado, además que éstos ayudarían a controlar las plagas.


Si bien aquella solución causó la reticencia de las sacerdotisas mayores, al tener que acoger a un animal que no estaba ligado directamente a Isis, no fueron capaces de discutir o contradecir a la suma sacerdotisa y sus argumentos: “La diosa madre, en su sabiduría y bondad, no desdeñaría la presencia de seres nacidos al amparo de su templo”. Las novicias, por su lado, se encontraban encantadas con la presencia de Nebet y su camada, al ser ellas quiénes tenían la tarea de cuidar de los felinos, algo que agradecían, ya que podían distraer las horas muertas jugando con los cachorros.


Pero sin embargo, aunque los gatos habían sido aceptados en el templo y no iban a ser expulsados del mismo, Isi Nehados no se libró de ser castigada. Y es que puede que la suma sacerdotisa Eirene perdonase la presencia de los gatos, y las sacerdotisas mayores no tenían mayor remedio que perdonar también, pero lo que no podían perdonar eran todas las demás faltas: romper un jarrón de terracota en el almacén, ingresar sin permiso en el sancta santórum del templo y, lo más grave, robar las ofrendas que iban dirigidas a la diosa madre.


Todo aquello debía ameritar un castigo proporcional al agravio, y las sacerdotisas encontraron uno: limpiar todo el templo, de cabo a rabo, con una vieja escoba con cerdas de sorgo y un trapo raído. La única facilidad que le permitieron fue una vieja cubeta, la cual tenía que acarrear ella misma, yendo y volviendo cada tanto hasta las orillas del Nilo para recargarla. A Isi no le quedó otro camino que aceptar su penitencia, con el único consuelo de que al menos no echarían a Nebet y compañía del templo.

Thoughts

  • radiovieja

    El castigo cae por las ofrendas y el jarrón, y los gatos salen perdonados: Eirene perdona lo que se vio delante del nomarca y deja que las mayores cobren lo demás. Me suena a que ya le echó el ojo a Isi, y la cubeta la va a llevar justo a las orillas donde empezó todo.

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  • Celestino

    Eirene mintió con lo del hueco en la pared sin pestañear. Esa mujer sabe de Isi bastante más de lo que muestra.

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  • Zacarias

    Las ofrendas tomadas para Nebet y sus cachorros tienen eco en capitulo 1.- Scarlet, con otra diosa venerada, Aeris, y una ciudad amurallada que se protege de la noche.

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  • Zacarias

    La novicia que se llevó el jalón de orejas por los pastelitos de miel pagó lo que hizo Hayt y nadie se enteró. Ojalá Isi se lo cuente un día, aunque sea para reírse las dos.

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  • Ovid

    Hayt trepado a la diadema de una estatua de casi nueve codos, mirando para abajo como pidiendo ayuda, me dejó sonriendo toda la escena. Un gatito que se sube a la cabeza de Isis en plena visita del nomarca no se va a quedar quieto mucho tiempo en el almacén.

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