Se acercaba la Navidad y yo, como quien dice, ¡me quedé sin regalos! 😂 Pero la vida tenía guardada una sorpresa para mí. Llegó el día de mi cumpleaños y mi padre, que tenía su guardadito bajo siete llaves, estaba dispuesto a comprarme aquello que tanto deseaba.
Aunque, para ser sincera, la idea no nació de mí, sino de él. Mi padre me propuso regalarme una moto. ¡Una moto! 😍🏍️
¡La idea me pareció genial! En mi mente ya revoloteaban las imágenes de mí misma paseándome por las calles de mi ciudad, la famosa ciudad de la eterna balacera, bautizada así por sus altos índices de violencia, sicariato y crimen organizado. ¡Qué belleza de panorama para estrenar una moto! JAJAJAJA. 😂
Al principio, la emoción le ganaba por goleada al sentido común. Sin embargo, cuando empecé a imaginarme recorriendo aquellas calles tormentosas, llenas de huecos, baches, rompemuelles y otros obstáculos dignos de una competencia extrema, me entró un poquito de temor. ¿Y si me pasaba algo? ¿Y si terminaba protagonizando una noticia local?
Pero miedo, lo que se dice miedo, ¡no tenía! O, mejor dicho, todavía no había descubierto a qué le estaba diciendo que sí. JAJAJAJA.
Mi padre, decidido a cumplir mi deseo, me compró una moto nueva, recién salida de tienda, de un rojo brillante que parecía gritar: «¡Aquí llegó la reina de las pistas!» ❤️🏍️
Me la llevaron directamente a casa. ¡Qué emoción! Yo contemplaba aquella belleza como si estuviera frente a una joya de colección. Pero, de pronto, apareció una pequeña pregunta que mi cerebro curioso había pasado por alto:
¿Y ahora cómo se maneja esta cosa?
¡Nada imposible para este cerebrito inquieto! 😂 Si había que aprender, aprendería. Total, nadie nace sabiendo manejar una moto. ¡Ya le agarraría el truco!
Y así comenzó mi aventura motorizada.
Como toda gran piloto necesita una pista de entrenamiento, decidí que el condominio donde vivo sería mi circuito de Fórmula 1 particular. ¡Qué necesidad de ir a una escuela de manejo si tenía un condominio entero para practicar! JAJAJAJA.
Encendí mi flamante moto roja y empecé a experimentar con las velocidades. ¡Qué sensación de poder! Aceleraba un poquito, sentía la adrenalina recorrerme el cuerpo y me imaginaba surcando las avenidas como una motociclista profesional.
Pero había un pequeño detalle que debía resolver antes de convertirme en la reina del asfalto: ¿dónde demonios estaba el famoso freno? 🤣
Porque acelerar era una maravilla, pero detener aquella máquina infernal ya era otro asunto.
Y mientras yo intentaba descifrar los misterios de mi nueva adquisición, ¡PUM! 💥 Terminé chocando contra la pared de la vecina.
¡Menos mal que la señora andaba de parranda y no estaba en casa! Porque, de haber presenciado semejante espectáculo, seguramente habría regresado con la intención de ponerme una denuncia por atentado contra su propiedad y contra la tranquilidad del vecindario. JAJAJAJA.
Así fueron mis primeros pasitos motorizados: entre acelerones, sustos, maniobras improvisadas y una pared que jamás olvidará mi debut como motociclista.
Poco a poco fui ganando confianza, aprendiendo a controlar la moto y tratando de no matar a nadie con mi torpeza. ¡Porque una cosa era tener espíritu aventurero y otra muy distinta convertir las calles en una zona de desastre! 😂
Mi madre, mientras tanto, se había convertido en mi principal asesora de seguridad vial. Desde algún rincón de la casa, su voz retumbaba como una alarma de emergencia:
—¡Ten cuidado! ¡No te vayas a chocar! ¡Mira por dónde vas! ¡Despacio!
¡Ay, mamá! Con aquellos consejitos a todo volumen, parecía que estaba acompañando a una conductora que acababa de escapar de un manicomio. JAJAJAJA.
Yo, por supuesto, interpretaba sus advertencias como una evidente falta de confianza en mi capacidad intelectual y en mi extraordinario criterio lógico para aprender las cosas por mi cuenta. ¡Si yo podía hacerlo! Bueno… al menos eso me repetía para conservar la dignidad después de aquel pequeño incidente con la pared. 🤭
Pero llegó el momento de abandonar el circuito privado del condominio y enfrentarme a las grandes avenidas. Y aquí viene la parte más divertida de esta historia.
¿Quién sería mi copiloto de confianza para semejante hazaña?
¡Mi madre, por supuesto!
La convertí en mi conejillo de Indias, mi acompañante oficial y mi víctima involuntaria de las primeras expediciones motorizadas. Porque una cosa era salir sola y otra muy distinta llevar a alguien que pudiera gritarme las indicaciones necesarias para sobrevivir.
Y allá íbamos las dos, recorriendo las calles de nuestra querida ciudad, enfrentándonos a los baches, los huecos y los rompemuelles, esos pequeños enemigos públicos que parecían diseñados para poner a prueba la resistencia de los amortiguadores y la paciencia de los pasajeros.
Yo conducía con entusiasmo, mientras mi pobre madre experimentaba en carne propia las consecuencias de mis habilidades todavía en desarrollo.
¡Cada rompemuelles era una nueva aventura! La moto saltaba, mi madre brincaba y yo seguía adelante como si estuviera participando en el Rally Dakar. JAJAJAJA. 🏍️💨
¡La dejaba con las nalgas mutiladas de tanto brinco! 😂😂😂
Lo más gracioso era su silencio. Mi madre iba allí, sentadita, soportando cada sacudida con una expresión que no necesitaba palabras. Su rostro parecía decir: «Dios mío, ¿en qué momento acepté subirme a esta moto? ¿Qué pecado habré cometido en otra vida?».
Y yo, mientras tanto, estaba en otro universo.
Porque, claro, no podía faltar la banda sonora de mis aventuras: ¡BTS! 🎶💜
Con mis audífonos puestos, los oídos completamente embelesados con las canciones de mis amados chicos, mi imaginación volaba más allá de las calles y los baches. En mi mente, yo no era un simple principiante tratando de dominar una moto roja: ¡era la protagonista de mi propio videoclip!
Seguramente, mientras mi madre luchaba por conservar la compostura después de cada salto, yo me imaginaba recorriendo las calles al ritmo de mis canciones favoritas, con RM, V, Suga, J-Hope, Jin, Jimin y Jungkook acompañándome desde mi universo musical.
¡Qué combinación tan extraordinaria! Una motociclista novata, una madre resignada, las calles llenas de obstáculos y BTS sonando en mis oídos. ¡Ni Netflix se atrevía a producir semejante comedia! JAJAJAJA.
Eso sí, ahora que lo pienso, mi madre merecía una medalla por su paciencia, una terapia de relajación y, por lo menos, un masaje después de cada recorrido. Porque, si yo estaba viviendo una aventura inolvidable, ella estaba participando en una prueba de resistencia física y emocional para la que jamás se había inscrito.
Y así, entre risas, pequeños sustos, aprendizajes acelerados y canciones de BTS, fui construyendo mi propia historia sobre dos ruedas.
Una historia que comenzó con el regalo de un padre amoroso, una moto roja brillante y una pregunta aparentemente sencilla: «¿Y ahora cómo la manejo?».
Lo que ninguno de nosotros imaginaba era que aquella moto se convertiría en el inicio de una colección de anécdotas que algún día contaría entre carcajadas.
Porque esa soy yo: curiosa, aventurera, un poquito atrevida y con una imaginación que no conoce límites.
La chica de la moto roja no le temía a los baches, ni a los rompemuelles, ni a las calles peligrosas. ¡Su único enemigo real era encontrar el freno a tiempo! 😂🏍️❤️
Y, por supuesto, mientras hubiera una canción de BTS para acompañarla, ¡la aventura jamás terminaría!
Eso sí, mamá, te debo una disculpa… y quizá un cojín ortopédico. JAJAJAJA. 💜