Un viernes por la tarde, seis meses después de aquel día bajo la lluvia, el destino decidió mover de nuevo sus piezas. Mateo acudió a una reunión de negocios en un concurrido café del centro de Roma. Mientras esperaba a su cliente cerca de la barra, escuchó una risa infantil que le heló la sangre.
A pocas mesas de distancia, sentada junto a una gran ventana que daba a la plaza, estaba Ana. Llevaba el cabello recogido y vestía con la misma elegancia sobria de siempre. A su lado, la pequeña Lucía intentaba comer un helado dejando manchas en la mesa, sacándole a su madre una sonrisa genuina, libre de la rigidez que solía acompañarla. Ana estaba sola con la niña; no había rastro de Stefano.
Mateo sintió que el mundo a su alrededor perdía el sonido. Avanzó dos pasos antes de poder detenerse a sí mismo.
En ese preciso instante, Ana giró la cabeza para pedir una servilleta y sus ojos se cruzaron de lleno con los de él. La sonrisa de Ana se congeló en un gesto de absoluta sorpresa. Ninguno de los dos se movió durante varios segundos que parecieron eternos; la electricidad entre ambos no se había extinguido, solo había permanecido adormecida.
Ana miró a su hija, luego a Mateo, y finalmente, con un leve y casi imperceptible movimiento de cabeza, le indicó la silla vacía que estaba al otro lado de su mesa.
Mateo miró la hora en su reloj. Su cliente llegaría en diez minutos. En su bolsillo, su teléfono vibró con una notificación del grupo familiar donde Camila enviaba una foto de sus hijos.
Con el corazón latiéndole desbocado en el pecho, Mateo dio el primer paso hacia la mesa de Ana, dejando que el hilo del destino dictara, una vez más, si esa tarde sería el capítulo final o el verdadero comienzo.