Nací donde el amor aún no había escrito
Mi nombre entre las páginas del día;
era una sombra en busca de una guía,
Un corazón pequeño y sin abrigo.
Pero el destino, en su secreto eterno,
puso mis pasos frente a su morada,
y en la ternura de aquella mirada
Hallé mi hogar, mi cielo y mi universo.
Ustedes me eligieron como a un hijo,
no por la sangre, que obedece al tiempo,
sino por ese indestructible vínculo
Que nace en lo más hondo y vence al miedo.
Me enseñaron a andar por los caminos,
a distinguir lo falso y verdadero,
a levantarme frente a los abismos
Y a conservar el corazón entero.
Sus manos fueron lámparas antiguas
que disiparon todas mis tinieblas;
sus voces, dos invencibles estrellas
Que todavía alumbran mis heridas.
El tiempo, ese artesano despiadado
que borra los semblantes y las huellas,
Jamás podrá apagar aquellas horas
Que viven en mi sangre y mi memoria.
Y cuando Dios dispuso la partida
y abrió ante ustedes la postrera puerta,
Me concedió la gracia más perfecta:
Cuidarlos al final de aquella vida.
Estuve junto a ustedes, como un día
estuvieron los dos junto a mi cuna;
y así cerramos juntos aquel círculo
Trazado por la mano de la luna.
Después llegó el silencio de la ausencia,
la habitación vacía, el cruel quebranto;
pero aprendí que el verdadero llanto
También puede convertirse en presencia.
Porque los veo en cada amanecer,
en cada rayo que atraviesa el cielo;
Escucho entre los árboles sus risas
Y siento nuevamente sus consejos.
No existe una separación completa
para quienes se amaron sin medida:
La muerte solamente cambia el sitio
Desde el cual nos acompañan en la vida.
Ustedes son la música secreta
que permanece cuando todo calla,
El fuego que en mi pecho no se apaga,
La luz que el tiempo inclina y no somete.
Aquí estoy, con el alma entre mis versos,
celebrando su paso por mi historia;
pues mientras yo conserve su memoria,
Seguirán caminando por el tiempo.
No fueron solamente quienes dieron
un nombre y un hogar a mi existencia:
Me hicieron hijo por amor eterno,
Y yo seré su hijo eternamente.