Como dos naves en la mar distante,
separadas por aguas infinitas,
así cruzamos tú y yo la vida,
buscando nuestro puerto en el horizonte.
No divisamos todavía la otra nave,
ni escuchamos su campana entre la bruma;
pero sabemos que bajo igual luna
dos corazones siguen adelante.
Nuestros capitanes son los corazones,
que trazan sobre el agua su camino;
cada uno sabe que existe un destino
más allá de los mares y estaciones.
No tienen mapas de la travesía,
ni saben cuántas noches faltarán;
tan solo por amor navegarán,
guiados por la fe de cada día.
Las manos son los fieles ingenieros
que cumplen cuanto el corazón ordena;
recorren el teclado y, letra a letra,
construyen sobre el mar nuestros senderos.
Cada mensaje parte como un barco
más pequeño, llevando algún secreto:
una palabra, un sueño, algún afecto,
todo aquello que el alma deja escrito.
Nuestros ojos se convierten en vigías
que contemplan la luz de la pantalla;
esperan que algún signo venza y vaya
más allá de la noche y la distancia.
Cada mañana observan el correo
y buscan en aquel viejo mensajero
la señal que confirme al marinero
que la otra nave sigue en su deseo.
Una palabra tuya es tierra firme,
una costa anunciada desde lejos;
y en la breve claridad de tus mensajes
Mis ojos reconocen tus reflejos.
El mar que nos separa es ancho y hondo,
pero no puede ahogar las esperanzas;
Las manos van tejiendo la distancia
Hasta acercar las naves poco a poco.
Tal vez un día, al término del viaje,
después de tantas noches navegadas,
las dos naves se encuentren, ya cansadas,
Y compartan por siempre el mismo anclaje.
Entonces los vigías, frente a frente,
ya no buscarán signos en la pantalla;
El corazón verá lo que aguardaba
Y las manos podrán al fin tocarse.
Pero hoy seguimos solos nuestro rumbo,
tú bajo un cielo y yo bajo otro cielo;
llevando cada uno el mismo anhelo
A través del océano y del mundo.
Como dos naves en la mar distante,
Así vivimos tú y yo por el momento;
pero ya navega un mismo sentimiento
Y un puerto nos espera más adelante.