por Itzayana Martínez
Déjame seducirte a través de mis palabras,
mis anhelos y mis deseos.
Deja que mi tristeza acaricie tu mejilla,
que mis versos te envuelvan esta noche
y que mis movimientos te hagan entrar
en una experiencia inmersiva
de deleite y profundidad.
Contempla la escenificación
de lo que estuvo destinado a no ser,
pero cuando fue,
fue la máxima expresión de pasión y fe
en aquello que no se ve.
En la metodología de pasos:
Observarte era mi mayor pasatiempo.
Mi planteamiento del problema
era cómo pasar de la catástrofe
de saber que nunca serías mía
a la idealización de poder llamarte
un domingo por la mañana
y saber que la rutina no terminaría
por mucho que acabara la semana.
La hipótesis
era mi ilusión más descabellada:
¿qué pasaría si pudiera mover el tiempo
y tal vez apresurarme a pactar ese encuentro?
Así, tal vez, tus ojos no mirarían
a nadie más que a mí
y todos aquellos se volverían espectadores
de la genuina conexión
entre dos seres que se buscan
con gran premura.
Experimentaría en tus labios
y tu abrazo
el pacto profundo
de aquello que no se dice,
pero con movimientos se expresa.
Hago mi análisis
y mis cuentas no cuadran,
porque yo he dado un todo
y tú, solo promesas
que se sienten reales
solo cuando el sonido de la ciudad se pausa
y las luces rojas
me entrecortan las palabras.
La conclusión
es una triste abstinencia de ti,
una fuerte recaída en mi cuarto,
observando tu ausencia
y ansiando que un día,
en tus laureles de soledad,
vuelvas y me prometas
una noche de explosión
con sabor a desinterés
y ausencia ya firmada.