Y una noche me di cuenta de algo que me dolió más de lo que esperaba:
estaba persiguiendo a alguien que huía de mí, pero que de vez en cuando se giraba para asegurarse de que yo siguiera detrás.
Entonces entendí por qué me costaba tanto detenerme.
Cada vez que parecía alejarse, hacía algo que me daba una razón para seguir. Una palabra, un gesto, una pequeña señal que me hacía pensar que quizá todavía había algo.
Y yo volvía a correr.
No porque no tuviera orgullo, sino porque confundí esas pequeñas señales con ganas de quedarse.
Hasta que entendí que alguien que realmente quiere caminar contigo no debería necesitar comprobar constantemente que todavía lo estás siguiendo.
Y quizá lo más triste fue darme cuenta de que mientras yo estaba intentando alcanzarlo, él ya había aprendido a vivir con la distancia.
Esa noche dejé de correr.
No porque dejara de quererlo de inmediato, sino porque entendí que no quería pasar el resto de mi vida persiguiendo a alguien que solo se quedaba cuando tenía miedo de verme desaparecer. 💜