El inmenso anillo de piedra que custodiaba el corazón del Laberinto giraba lentamente sobre su propio eje, como un reloj antiguo que marcara los últimos segundos de la contienda. A diferencia de todo lo que habían recorrido hasta entonces, aquel último nivel era sólido, inmutable: no se deformaba, no cambiaba de forma, no ocultaba trampas bajo el suelo. Simplemente orbitaba alrededor de la enorme esfera negra suspendida en el vacío absoluto del centro, imponente y silenciosa.
Fern redujo su paso hasta avanzar casi al paso de un paso lento, recorriendo el borde del camino circular. Sobre su lomo, Aoi mantenía la vista clavada en aquella esfera oscura, sin apartar la mirada ni un instante.
Cinco metros. Solo cinco metros separaban el borde del anillo de la superficie del núcleo. Y, sin embargo, era la distancia más larga que había tenido que cruzar en toda la batalla.
En toda la transmisión reinaba un silencio absoluto, roto solo por el murmullo ahogado de millones de espectadores que contenían la respiración.
—Ya llegó hasta el borde...
—Está justo delante de lo que busca...
—¿Y ahora qué hace? ¿Cómo cruza?
La cámara se acercó, mostrando con crudeza el abismo que separaba el anillo exterior del núcleo. No había puentes. No había plataformas flotantes. Ni siquiera una sola saliente donde apoyarse. Solo espacio vacío, infinito, sin nada entre la piedra y la esfera negra.
—No puede llegar... es imposible.
—Si salta, queda en medio de la nada.
—Argos la destruirá antes de que toque el suelo.
Los comentarios se repetían una y otra vez, todos llegando a la misma conclusión inevitable: Aoi estaba atrapada, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
Pero ella no se movió con desesperación, ni se apresuró a buscar una salida desesperada. Siguió avanzando lentamente sobre el lomo de Fern, observando cada giro del anillo, cada movimiento sutil de la esfera, calculando ángulos y tiempos sin perder la calma. Entre sus brazos, Puddle descansaba recuperando poco a poco su maná, mientras Lyn seguía dando vueltas en círculos alrededor del núcleo, buscando cualquier apertura.
El ave dio un impulso y se acercó unos metros más al vacío.
En ese instante, una pared maciza surgió de la nada, saliendo directamente del vacío.
¡BOOM!
Lyn giró sobre sí misma en un movimiento brusco, esquivándola por apenas unos centímetros. No había terminado de estabilizarse cuando decenas de rocas se desprendieron del borde del anillo, disparadas como proyectiles afilados. Silbaron al cortar el aire, todas dirigidas a interceptarla.
—¡Kiii! —el ave ascendió como un rayo, esquivando una tras otra, con las rocas rozando las puntas de sus plumas.
Desde el lado opuesto, Regulus también lo intentó. El pequeño dragón apenas había avanzado unos metros cuando varias columnas enormes comenzaron a desplazarse, no para cerrarle el paso, sino para golpearlo directamente con toda su fuerza.
—¡¡Rrr!! —batió las alas con violencia, girando bruscamente para esquivar el primer impacto, luego el segundo; una roca gigante se estrelló justo en el punto donde había estado un segundo antes. Entendió el mensaje y regresó rápidamente junto a Fern, con la cola entre las patas.
Aoi lo observó todo sin decir una palabra, sin fruncir siquiera el ceño. Había entendido perfectamente: el núcleo no permitía que nadie se acercara. No aceptaba visitas.
En la cabina de transmisión, Mireya soltó el aire muy despacio, con los hombros caídos.
—Entonces... no hay forma de llegar. No hay camino posible.
Darius permanecía completamente serio, con los ojos fijos en la pantalla, observando cada mínimo gesto de Aoi.
Mientras tanto, los foros y los comentarios explotaban.
—Se acabó. Llegó hasta el final, pero chocó contra un muro invisible.
—No hay nada que hacer.
—Ni ella ni sus compañeros pueden acercarse sin ser atacados.
—Está atrapada en el borde.
En la Academia, Reina apretó los puños con tanta fuerza que se le clavaron las uñas en las palmas.
—No... no puede ser.
Reika tampoco apartaba la vista. Por primera vez en toda la batalla, no encontraba una respuesta lógica.
—No hay dónde apoyarse... —murmuró para sí misma—. Si salta, queda en el aire sin nada que la proteja. Si se queda aquí, no consigue nada.
A los pies de la gigantesca proyección, Hina permanecía inmóvil, con las manos juntas contra el pecho.
—¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué se le ocurre?
Kaede negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé... Parece que no queda ninguna opción.
Incluso Kyouka, que había seguido cada estrategia paso a paso y entendía cada movimiento, frunció el ceño.
—Llegaste demasiado lejos... —murmuró—. Solo para encontrarte con algo que no tiene solución.
Mientras tanto, Fern seguía recorriendo el anillo: una vuelta completa, luego otra, después una tercera. Las cámaras lo seguían sin saber muy bien qué mostrar. Muchos pensaban que solo buscaba una oportunidad que no existía, otros que ganaba tiempo para que Puddle recuperara energía. Pero nadie comprendía realmente qué estaba tramando.
Nadie, excepto una persona.
Darius apoyó lentamente los codos sobre la mesa, acercándose más a la pantalla. Sus ojos no miraban el núcleo imponente, sino a la chica que seguía caminando con calma. Aquella serenidad no era la de alguien acorralado: era la de alguien que tenía todas las piezas del rompecabezas y estaba a punto de unirlas.
Sonrió apenas, con una media sonrisa llena de confianza.
—No la den por derrotada todavía.
Mireya giró la cabeza hacia él, sorprendida.
—¿Qué? ¿Cómo puedes decir eso si no hay forma de cruzar?
—Llevamos toda esta batalla diciendo que algo es imposible —respondió él sin apartar la vista—. Y ella nos ha demostrado lo contrario una y otra vez. ¿Recuerdas al Berserker? ¿La estrategia del vapor? ¿La prisión de agua? ¿Llegar hasta aquí, al corazón de un laberinto que cambia de forma constantemente?
Hizo una pausa breve, y su voz se volvió más firme.
—Si Aoi ha conseguido llegar hasta aquí, no ha sido porque sea la más fuerte. Ha sido porque piensa diferente al resto. Donde todos vemos un obstáculo infranqueable, ella ve una pregunta que aún no ha respondido.
La transmisión entera quedó en silencio. Darius volvió a mirar la figura de Aoi, que seguía observando cada giro del anillo.
—No sé qué está planeando. Pero estoy completamente seguro de una cosa: esa chica todavía no ha mostrado su última jugada.
Y, por alguna razón que no podían explicar, millones de espectadores que minutos antes ya daban todo por perdido, empezaron a creer que el veterano comentarista tenía razón.
El silencio se alargó varios segundos más, pesado y cargado de incertidumbre. Fern continuaba su recorrido lento sobre el anillo, mientras la esfera negra permanecía inmóvil en el centro, como si esperara ver qué hacían.
Cinco metros. Solo cinco metros los separaban. Y aun así, parecía la distancia más infranqueable del mundo.
Aoi no apartaba la vista ni un instante. Su mente iba de una idea a otra, descartando opciones una tras otra, buscando el fallo que nadie más veía. Hasta que, de repente, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Es verdad —murmuró para sí misma—. Todavía me quedaban ustedes.
Con un movimiento rápido abrió su inventario y sacó un pequeño bolso de cuero que llevaba colgado desde hacía días. Nadie le había prestado atención hasta entonces; ni siquiera los espectadores recordaban cuándo lo había guardado allí.
Abrió la boca del bolso.
Durante un segundo no pasó nada. Y entonces...
Bzzzzzzzzzz...
Un zumbido suave comenzó a llenar el aire, creciendo rápidamente en intensidad. Una abeja salió volando. Luego otra. Y otra. Diez. Cien. Miles. En cuestión de segundos, una nube inmensa de pequeñas abejas se elevó desde el bolso y se extendió por toda la estructura, cubriendo cada rincón.
Los comentarios estallaron al mismo tiempo:
—¿¡Qué demonios es esto!?
—¡¿Abejas?! ¡¿De dónde salieron?!
—¡Nunca las había usado en toda la batalla!
—¡¿Qué pretende hacer con ellas?!
La interfaz del sistema apareció claramente en pantalla:
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Insectos Domesticados
Propietario: Aoi
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Las diminutas criaturas no atacaban. No lanzaban ningún hechizo. Simplemente se posaban: una sobre una pared, otra sobre una escalera, otra sobre el borde de un puente. Miles de puntos negros cubrieron el anillo exterior y las estructuras cercanas al núcleo, permaneciendo completamente quietas.
Lo más extraño de todo: Argos no reaccionaba. Las paredes seguían moviéndose, las rocas seguían girando... pero no intentaban aplastar a las abejas, ni las consideraban una amenaza. Para el sistema, eran demasiado pequeñas, demasiado insignificantes.
Mireya miraba la pantalla con la boca entreabierta:
—¿Qué...? ¿Para qué sirven? No atacan, no bloquean el paso...
Ni siquiera Kyouka encontraba una explicación:
—No tienen fuerza de combate. No parecen exploradoras. Si no hacen nada, ¿de qué sirven?
Dentro de la esfera, las últimas abejas tomaron su posición. Aoi cerró el bolso con cuidado, volvió a acomodar a Puddle entre sus brazos —el pequeño slime seguía recuperando maná— y levantó la vista hacia sus compañeros. Sonrió con total confianza.
—Solo un último esfuerzo —le dijo a Fern. El lobo respondió con un gruñido profundo y decidido.
Miró luego al ave:
—Lyn, vigila todo lo que se mueva arriba.
—¡Kiii! —chilló ella, tomando altura al instante.
Y al pequeño dragón:
—Regulus, mantente listo. Pase lo que pase... llévenme hasta el núcleo.
Los tres asintieron al mismo tiempo, sin dudar ni un segundo.
Fern flexionó las patas traseras, tensando todos los músculos. Regulus abrió las alas para dar impulso. Lyn se colocó en posición.
Y entonces... saltaron.
Todo el servidor contuvo la respiración. El enorme lobo salió disparado hacia el vacío, directo a la esfera negra. Por un instante pareció que lo lograrían.
Pero entonces llegó el ataque.
Desde un costado ciego, fuera de su campo de visión, una pared gigantesca salió disparada para aplastarlos. Millones de espectadores cerraron los ojos: era imposible verla venir, imposible esquivarla.
Pero justo antes del impacto...
—¡¡Kiiii!!
Lyn descendió como una flecha, batiendo las alas con tanta fuerza que creó una corriente de viento sólida. Fern apoyó una pata sobre esa ráfaga como si fuera un escalón, cambió de dirección en el aire por milagroso, y la pared pasó rozando apenas la punta de su cola.
Sin perder impulso, el lobo aterrizó directamente sobre la misma pared que había intentado matarlos... y siguió corriendo sobre ella.
—¡¡¿Cómo es posible?!! —gritó Mireya sin aliento.
Pero no había terminado. Otra pared surgió desde abajo: Fern ya estaba girando. Una tercera bajó desde arriba: saltó antes de que apareciera. Luego rocas, columnas, vigas... cada ataque llegaba desde un punto ciego, y él ya sabía dónde iba a caer.
—¡¿Cómo sabe por dónde vienen?! —gritaban en los comentarios—. ¡Nadie puede verlas! ¡Es imposible!
Reina y Reika se miraron sin entender. Pero en la cabina de comentarios, Darius sonrió lentamente, apoyando ambas manos sobre la mesa.
—Ya lo entendí —dijo con voz firme.
Mireya se giró bruscamente hacia él:
—¿Qué entendiste? ¿Qué está pasando?
Darius señaló las imágenes de las abejas, todas inmóviles sobre las superficies:
—No las trajo para atacar. Las trajo para sentir.
—¿Sentir? —repitió ella sin comprender.
—Cualquier movimiento, por pequeño que sea, empieza por una vibración —explicó él—. Antes de que la pared salga disparada, antes de que la roca se desprenda, la piedra tiembla apenas unas fracciones de segundo. Y las abejas... son las primeras en notarlo.
La cámara mostró una de las criaturas: sus patitas temblaron levemente justo antes de que el suelo bajo ella empezara a desplazarse.
—Y como están conectadas a ella —continuó Darius—, Aoi recibe esa información al instante. No mira el laberinto. Lo siente. Siente cada movimiento antes de que nosotros lo veamos.
En ese instante, millones de personas comprendieron al mismo tiempo. Había usado la ecolocalización para llegar hasta allí. Pero ahora... había convertido cada rincón, cada pared y cada piedra de todo el laberinto en una extensión de sus propios sentidos.
Argos ya no podía sorprenderla. Por primera vez en toda la batalla, el propio laberinto había perdido su mayor ventaja.
El plan funcionaba a la perfección, pero incluso la mejor estrategia tiene un límite: el agotamiento.
Las abejas seguían enviando cada vibración, cada amenaza que se gestaba en la piedra. Lyn marcaba las corrientes y los huecos. Regulus reducía a cenizas lo que nada podía esquivar. Fern corría con todas sus fuerzas, llevándolos cada vez más cerca. Pero el laberinto no descansaba... y ellos ya no tenían el mismo aliento del principio.
—Respira... ya casi llegamos —murmuró Aoi, apretando la mano contra el pelaje húmedo y caliente del lobo.
Fern jadeaba con fuerza, cada zancada más pesada que la anterior, cada aterrizaje hacía temblar sus patas hasta los huesos. Habían mantenido el ritmo al límite durante demasiado tiempo.
Otra pared surgió de lado: giró y la esquivó. Otra bajó desde arriba: se agachó y pasó por debajo. Pero la tercera llegó demasiado rápido, demasiado cerca, y el cansancio le había retardado el reflejo.
—¡Fern, cuidado! —gritó ella.
No iba a llegar a tiempo. Entonces...
—¡¡KIIII!!
Lyn descendió como un rayo, chocando de lleno contra la pared con todo su cuerpo.
¡BOOOOOOM!
La roca se hizo añicos, lloviendo fragmentos por todo el vacío. Fern pasó entre ellos, ileso. Pero Lyn dejó de batir las alas. Su silueta comenzó a brillar con una luz suave y dorada, deshaciéndose en partículas. Giró la cabeza hacia Aoi, soltó un último chillido, casi un adiós... y desapareció.
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Lyn ha agotado toda su energía.
Regresando al Inventario de Compañeros.
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Aoi apretó los dientes, conteniendo las lágrimas.
—Lo siento... —susurró—. Solo un poco más, por favor...
Sin Lyn, la carga se volvió doble. Ahora Regulus tenía que vigilar, atacar y proteger al mismo tiempo. El pequeño dragón volaba en círculos cerrados, lanzando llamas contra cada pared, cada roca, cada columna que se acercaba. Sus alas temblaban, sus llamas perdían fuerza, pero no se detuvo ni un segundo.
—¡¡Rrr!! —rugió al atravesar una roca gigante. Otra cayó: la quemó. Una tercera: la hizo estallar.
Hasta que una columna inmensa bajó directamente sobre Aoi, sin dejar margen. Regulus no lo dudó: se lanzó de frente, envolviéndose en llamas para recibir el golpe y abrir paso.
La explosión cegó por un instante. Fern saltó por el hueco libre. Cuando la luz se disipó, el pequeño dragón caía lento, brillando con la misma luz que su compañera. Aoi extendió la mano desesperada, pero él solo le dedicó una mirada tranquila, casi una sonrisa... y se desvaneció.
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Regulus ha agotado toda su energía.
Regresando al Inventario de Compañeros.
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Ahora solo quedaban ellos dos. Fern y Aoi.
La transmisión entera estaba en silencio absoluto. Nadie escribía en los comentarios, nadie se atrevía a respirar. Millones de personas miraban con el corazón en la garganta aquella carrera desesperada.
Fern respiraba con dificultad, sus patas casi cedían en cada paso, pero seguía avanzando. El núcleo estaba allí, a solo unos metros, imponente y oscuro.
—Ya casi... —susurró ella.
Entonces cinco paredes aparecieron al mismo tiempo: una delante, dos a los lados, dos bajando desde arriba. No había camino, no había espacio, no había escapatoria.
Fern detuvo su paso un instante y levantó la vista hacia ella. Cruzaron miradas, y no hicieron falta palabras. El lobo flexionó las patas traseras, juntó toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo... y saltó.
No hacia atrás. No hacia un lado. Saltó directo hacia el centro, hacia la muerte segura, y en el último segundo empujó a Aoi con el hocico, lanzándola por encima de su cabeza.
—¡¡FERN!! —gritó ella mientras salía despedida.
Las cinco paredes chocaron contra el lobo al mismo tiempo. El estruendo sacudió toda la estructura. Fern brilló con luz propia, con orgullo, hasta que se deshizo en miles de partículas doradas.
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Fern ha agotado toda su energía.
Regresando al Inventario de Compañeros.
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Aoi cayó y rodó por el suelo de piedra, deteniéndose de rodillas justo frente a la esfera negra. Estaba cubierta de polvo, temblando, sin maná, sin pociones, sin nadie a su lado.
La esfera descendió lentamente, y la voz metálica resonó sin emoción:
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Objetivo localizado.
Eliminando intruso.
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En la cabina, Mireya se tapó la boca con las manos. Reina apretó los puños hasta dolerle. Reika permanecía inmóvil. Kyouka bajó la cabeza. Todos pensaban lo mismo: había llegado más lejos que nadie, pero ya no le quedaba nada. Se acabó.
Pero Aoi levantó lentamente la cabeza, miró la esfera que iba a destruirla... y sonrió, muy débilmente.
—No... todavía no he terminado.
En ese instante, algo azul salió disparado desde detrás de ella.
—¡¡PUIIIII!!
Puddle. El pequeño slime había recuperado la energía suficiente, y no esperó órdenes. Se lanzó contra la esfera negra y la envolvió por completo con su cuerpo gelatinoso.
—¡Imposible! —exclamó Darius, poniéndose de pie de golpe—. ¡El núcleo no va a dejarse atrapar así como así!
Y tenía razón.
Argos entró en pánico. Decenas de paredes macizas brotaron violentamente desde el interior de la esfera, intentando empujar al slime, golpearlo, aplastarlo o simplemente salir de su abrazo. Roca, hierro y pilares salían disparados en todas direcciones con fuerza brutal.
Pero nada funcionaba.
Cada pared que chocaba contra el cuerpo de Puddle simplemente se hundía en su superficie blanda, atravesándolo sin encontrar resistencia alguna, para desaparecer en su interior. No había nada que romper, nada que golpear, nada que empujar: su forma no era sólida.
El núcleo intentó lanzar rocas, generar pinchos, cambiar de forma... pero todos sus ataques estaban diseñados para dañar estructuras y cuerpos duros. Y contra algo que podía ser todo y nada al mismo tiempo, su defensa era inútil.
Las paredes se detuvieron en seco. Los anillos dejaron de girar. Todo el laberinto tembló una última vez y luego quedó inmóvil. Puddle se expandió más y más, hasta que la oscuridad desapareció tragada por su luz azul.
Un silencio inmenso cayó sobre todo el Segundo Piso. Y entonces apareció el aviso en todas las pantallas del mundo:
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JEFE DEL SEGUNDO PISO DERROTADO: ARGOS
Primera derrota del Protocolo de Defensa Máxima.
Jugador responsable: Aoi
Nuevo registro mundial.
Primera activación y superación del Protocolo de Defensa Máxima.
Este combate será añadido a los Archivos del Mundo.
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Pasaron unos segundos de confusión absoluta... hasta que todo el servidor explotó. Los foros colapsaron por la cantidad de mensajes, las ciudades se llenaron de aplausos y gritos, los comentaristas no encontraban palabras.
Aoi se dejó caer en el suelo, agotada, y abrazó a Puddle cuando este volvió a su forma pequeña.
—Lo logramos —susurró.
El slime se acomodó en sus brazos, muy orgulloso.
—Pui.
Y así, por primera vez desde que se abrió el juego, el Segundo Piso tenía un conquistador.