Nunca fuimos nada.
Y quizá por eso me costó tanto olvidarte.
No hubo un “te amo”, ni una relación que terminar, ni siquiera un último beso que pudiera guardar como despedida.
Solo fuimos miradas que decían más de lo que nos atrevíamos a decir, conversaciones que duraban hasta tarde y momentos que yo guardé como si algún día fueran a significar algo.
Tú seguiste con tu vida.
Y yo me quedé intentando entender por qué me dolía tanto perder algo que, técnicamente, nunca había tenido.
Pero quizá ahí estaba mi respuesta.
No estaba llorando una relación.
Estaba llorando todo lo que imaginé que podía llegar a ser.
El futuro que construí en mi cabeza. Las conversaciones que nunca tuvimos. Las cosas que nunca nos dijimos. Ese “quizá algún día” que mantuvo viva una posibilidad que nunca llegó a convertirse en realidad.
Y entonces entendí que también se puede hacer duelo por una historia que nunca comenzó.
Porque a veces no extrañamos lo que vivimos juntos.
Extrañamos lo que creímos que algún día podríamos vivir. 💜