Creo en preservar los momentos bonitos, y contigo tuve los más intensos y llamativos de mi vida. Para acceder a ellos no necesitas permiso; están ahí, fueron reales, lo siguen siendo.
Un atardecer —fueron varios—, la sensación intensa, rara y linda a la vez de poder verte, escuchar tu voz, sentir tu aroma y, si era posible, tocarte. Ser el piloto de la nave que nos llevara a donde nadie jamás había llegado. Compartir una canción, porque lo nuestro fue profundamente musical y nuestros gustos resultaron complementarios. Compartir un café era como llegar al cielo; llevarte uno, acercarme y entregarlo representaba lo máximo en mis aprensivos intentos por inventar formas de verte.
De esto hay muchos momentos, incluso los más íntimos; de esos, aunque de Alzheimer me muera, no los olvidaré.
Y saber que no se repetirá, o que pienses que he sido de lo peor, duele. Tal vez estemos en lo mismo, pero ahora no vale la pena detenernos en eso. Solo sirve saber que no es bueno encapricharse en querer algo que al final hace mucho daño, si no se quiere dar el paso al vacío total.
No lo dimos, pues la muerte en vida no es vida; juntos pero muertos, no se disfruta. Ojalá la vida nos dé revancha, siempre y cuando tus heridas no se abran cuando estemos frente a frente.