Durante un tiempo, Nicolás mejoró.
Eso es lo que todos recordarían después: las pequeñas victorias, el regreso de algunas cosas.
Volvió a escuchar música mientras conducía y a responder mensajes. Compró una planta para su departamento y recuperó la vieja costumbre de salir a caminar sin mirar constantemente el reloj.
Incluso volvió a tomar fotografías.
Cuando recuperó la cámara, Elena sonrió como si acabara de recuperar una parte de él.
Y quizá era exactamente eso.
Un sábado caminaron durante horas por el centro de la ciudad.
Nicolás fotografió ventanas, sombras, personas hablando en las cafeterías y la lluvia acumulada en los adoquines. Cosas pequeñas que antes habrían pasado desapercibidas.
Elena lo observaba desde unos metros atrás.
—Te ves diferente.
—¿Más guapo?
—Menos perdido.
Nicolás sonrió.
—Eso sonó mejor que guapo.
—Y también es más cierto.
Él levantó la cámara.
—Voy a tomar eso como un cumplido.
Aquella tarde Lucía recibió varias fotografías.
Su madre también.
Sergio respondió con un mensaje:
Ya volvió el fotógrafo.
Por primera vez en muchos meses, las personas que lo querían respiraron un poco más tranquilas.
Y nadie puede culparlas por eso.
Cuando alguien vuelve a sonreír, resulta natural pensar que está mejor.
Aquella fotografía de Nicolás frente a una ventana iluminada por el sol sería la última que Elena conservaría de él sonriendo de aquella manera.
Nadie lo sabía.
Ni él.
Ni ella.
Ni nadie.
Durante algún tiempo, las cosas parecieron funcionar.
No perfectamente.
Pero mejor.
Y a veces la esperanza se parece exactamente a eso: no a una felicidad completa, sino a una disminución del dolor.
Sin embargo, había algo que Nicolás nunca dijo.
La tristeza ya no era lo peor.
Lo peor era el cansancio.
El agotamiento de vigilar sus pensamientos, de levantarse cada mañana y volver a empezar, de hacer todo lo necesario para mantenerse a flote.
Había días buenos. Días realmente buenos, en los que lograba creer que estaba regresando.
Pero incluso esos días terminaban dejándolo exhausto.
Por las noches permanecía despierto mirando el techo.
Pensando:
Ya hablé.
Ya pedí ayuda.
Ya prometí intentarlo.
¿Por qué sigo sintiéndome así?
Aquella pregunta comenzó a perseguirlo.
Y detrás apareció otra, más silenciosa y peligrosa:
¿Y si esto nunca cambia?
No se atrevía a pronunciarla, ni siquiera ante sí mismo.
Porque hacerlo significaba aceptar que tenía miedo.
Miedo de que la vida siguiera doliendo siempre.
Y ese pensamiento empezó a aislarlo nuevamente.
No de los demás.
De sí mismo.
Una noche, Elena llegó al departamento.
La mesa estaba puesta. Había flores, música suave y una cena que Nicolás había preparado desde temprano.
—¿Qué celebramos? —preguntó ella.
—Nada.
—Entonces algo pasa.
—No tiene que pasar algo.
Ella sonrió.
—Esto es sospechoso.
Cenaron y hablaron de cosas simples: una película, un viaje pendiente, el trabajo, la planta que Nicolás estaba intentando mantener viva sin demasiado éxito.
Parecía una noche normal.
Incluso feliz.
Antes de dormir, Elena apoyó la cabeza sobre su pecho.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
Ella lo abrazó.
—Te quiero.
Nicolás cerró los ojos.
—Yo también.
Minutos después Elena se quedó dormida.
Su respiración se volvió lenta, tranquila, constante.
Nicolás permaneció despierto, mirando la oscuridad.
No estaba llorando.
No estaba desesperado.
No tenía una crisis.
Y precisamente por eso resultaba tan peligroso.
Había llegado a un lugar distinto, donde la muerte ya no parecía una amenaza.
Parecía descanso.
No porque quisiera morir, sino porque empezaba a preguntarse cuánto tiempo más podría seguir luchando.
La pregunta apareció una noche.
Después volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Hasta convertirse en una compañía silenciosa.
Durante las semanas posteriores comenzó a poner algunas cosas en orden.
Pagó deudas pendientes, organizó documentos, respondió mensajes antiguos y terminó tareas que llevaba meses postergando.
Visitó a su madre.
Salió a comer con Sergio.
Llamó a Lucía más seguido.
Incluso arregló algunos desperfectos en el departamento.
Visto desde afuera, parecía madurez, responsabilidad, estabilidad. Como si finalmente estuviera recuperando el control de su vida.
Y quizá por eso nadie se alarmó.
Porque el peligro no siempre tiene el rostro que imaginamos.
A veces llega disfrazado de calma.
Lucía fue la primera en sentirlo.
No podía explicar por qué.
Solo lo sentía.
Una tarde tomó café con Elena.
—¿No te parece raro?
—¿Qué cosa?
—Nicolás.
—¿Por qué?
—No sé.
—Está mejor.
—Sí.
—Entonces ¿qué te preocupa?
Lucía tardó varios segundos en responder.
—Que parece demasiado mejor.
Elena frunció el ceño.
—No entiendo.
—Yo tampoco.
Y esa era precisamente la dificultad.
Las señales no suelen venir acompañadas de instrucciones. No existe una lista perfecta ni una alarma que se active.
Solo hay cambios.
Y personas intentando interpretarlos.
—Está más tranquilo —dijo Elena.
—Exactamente.
—¿Y eso es malo?
Lucía bajó la mirada hacia su taza.
—No lo sé.
Pero algo dentro de ella seguía inquieto.
Días después decidió visitarlo sin avisar.
Nicolás abrió la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Quería verte.
—Estoy bien.
—No pregunté.
Nicolás sonrió.
Lucía entró.
Miró alrededor.
La planta seguía en la ventana. Los libros estaban acomodados. La mesa estaba limpia.
Entonces notó una ausencia.
—¿Dónde está la cámara?
Nicolás se quedó inmóvil una fracción de segundo.
—La vendí.
Lucía parpadeó.
—¿La vendiste?
—Sí.
—Pero acababas de recuperarla.
—Ya no la usaba.
—La usabas cada semana.
Silencio.
—Necesitaba dinero.
—¿Para qué?
—Para nada.
Lucía lo miró.
Y de repente recordó demasiadas cosas al mismo tiempo: las llamadas, las frases, la manera en que había hablado de desaparecer, la conversación del automóvil, la fotografía y aquella tranquilidad reciente.
Sintió miedo.
No por algo que estuviera viendo.
Por todo lo que había visto antes.
—Nico.
Él bajó la mirada.
—¿Qué?
—Mírame.
Nicolás obedeció.
Entonces ella preguntó:
—¿Estás pensando en morir?
El silencio llenó la habitación.
Nicolás cerró los ojos.
Durante unos segundos pareció más cansado que triste, más cansado que asustado, más cansado que cualquier otra cosa.
—A veces.
Lucía sintió que algo se quebraba dentro de ella.
Pero permaneció sentada.
No intentó corregirlo ni convencerlo.
Simplemente se quedó.
—¿Ahora?
Nicolás no respondió.
—Nico.
—No quiero preocuparlos.
—Ya estoy preocupada.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
Él bajó la cabeza.
—Estoy cansado.
La frase llevaba meses acompañándolo, pero esta vez sonó diferente.
Más pesada.
Más verdadera.
Lucía se acercó.
—Entonces quédate conmigo.
Y algo dentro de Nicolás cedió.
Lloró.
No como quien pierde una batalla, sino como quien ha estado sosteniendo demasiado peso durante demasiado tiempo.
Lucía también lloró.
Aquella noche no lo dejó solo.
Y al día siguiente volvieron a buscar ayuda.
Durante algunas semanas pareció funcionar.
Hubo citas, llamadas y conversaciones difíciles.
Después, poco a poco, la vida empezó a complicarse para todos.
El hijo de Lucía tenía nueve años.
Desde hacía semanas arrastraba una enfermedad que parecía no terminar nunca. Había noches de fiebre, consultas médicas, tareas escolares hechas a medias y mañanas en las que Lucía llegaba tarde a todo.
Una madrugada, mientras esperaba resultados en una sala de urgencias, encontró un mensaje de Nicolás.
¿Estás despierta?
Lo leyó.
Quiso responder.
No pudo.
El médico salió en ese momento y pronunció el nombre de su hijo.
Lucía guardó el teléfono.
Más tarde, cuando finalmente pudo sentarse en el automóvil, abrió la conversación.
¿Todo bien?
Nicolás había escrito dos horas antes.
Ella respondió:
Perdón. Estoy en el hospital con Mateo. Te llamo mañana.
Mañana.
Otra vez esa palabra.
Lucía la escribió sin pensar.
Y después pasó el resto de la noche preguntándose si había sido una hermana suficiente, una madre suficiente, una persona suficiente.
No podía estar en dos lugares al mismo tiempo.
Ese era el problema.
No había elegido a Mateo sobre Nicolás.
Había intentado sostener a ambos con las manos que tenía.
El hijo de Lucía enfermó.
Elena tuvo que viajar por trabajo.
Su madre comenzó a tener problemas de salud.
Sergio atravesó dificultades propias que apenas podía sostener.
No hubo abandono, indiferencia ni falta de amor.
Hubo algo mucho más común.
La vida.
La gente se enferma, trabaja, se equivoca, se distrae. Intenta llegar a todas partes al mismo tiempo y descubre que no puede.
Y mientras todos intentaban sostener sus propios problemas, Nicolás volvió a quedarse solo.
Esta vez, sin embargo, había una diferencia.
Ahora sabía que necesitaba ayuda.
Y eso convirtió la soledad en algo todavía más doloroso.
Comenzó a sentirse una carga, una preocupación, un problema más en la lista de los demás.
Pensó que volver a pedir ayuda sería injusto.
Pensó que ya había pedido demasiado.
Pensó que todos estaban agotados.
Igual que él.
Así que dejó de llamar.
Dejó de escribir.
Dejó de insistir.
Y poco a poco, casi sin que nadie lo notara, volvió a cerrar la puerta que apenas comenzaba a abrirse.