Hola. Soy una adicta pasiva.
No porque haya consumido drogas, sino porque durante mucho tiempo fui adicta sentimentalmente a aquello que me hacía daño: al amor que esperaba, a las migajas que recibía, a la necesidad de sentirme elegida y a la esperanza de que algún día todo cambiaría.
Hablar de mí es también regresar a mi infancia. Y no, no todo fue dolor.
Recuerdo una niña rodeada de amor: mis padres, mis abuelos, mis hermanos y mis tíos. Tanto de mi familia materna como de mi familia paterna. Ser la primera fue un lugar muy especial.
Por eso durante mucho tiempo me pregunté:
¿Por qué estaba mendigando amor si yo siempre supe que era el 100% en todo?
Yo sabía lo que valía. Sabía amar, cuidar, acompañar y entregarme. Pero sentimentalmente terminé atrapada en una dinámica donde confundí amor con sacrificio, paciencia con tolerancia y permanencia con compromiso.
Viví violencia económica, física y psicológica. Y poco a poco me convertí en una adicta pasiva al maltrato y a la dependencia emocional.
No necesitaba una sustancia para sentir abstinencia.
A veces bastaba con el silencio, el rechazo, una palabra, una mirada o la ausencia de quien yo esperaba que me amara.
Me acostumbré a esperar.
A justificar.
A perdonar.
A volver.
A conformarme.
A pensar que quizá la próxima vez sería diferente.
Y mientras esperaba que alguien me diera el amor que yo necesitaba, fui dejando de dármelo a mí.
Hasta que un día entendí algo:
No era que yo no fuera suficiente.
Era que estaba intentando encontrar mi valor en alguien más.
Y ahí comenzó mi verdadera recuperación.
Porque hoy sé que puedo amar profundamente sin abandonarme.
Puedo entregarme sin perderme.
Puedo querer a alguien sin convertirlo en el centro de mi existencia.
Y, sobre todo, puedo recordar que aquella mujer que siempre supo que era el 100% nunca dejó de serlo.
Solo necesitaba volver a elegirse.