La memoria se me perdía entre aquella luz y los recuerdos. Viajé seis años hacia el inicio de mi dolor para descubrir que la luz siempre fue la misma; hacía falta verla bien: siempre estuvo allí, mi Salvador.
Regresé al presente como despertando de una pesadilla, y me levanté de mi cama. Mis ojos, atraídos por tan impresionante brillo, imposible de mirar, insoportable de mantener.
Este aumentaba, y tras el cristal de aquella ventana, uno de mis ojos se observaba negro, negro en su totalidad, completamente dominado por el iris; la oscuridad se comía lo puro, aquel líquido negro se tragaba mi córnea blanca, igual que aquella luz, la misma que me revelaba la verdad.
Y no sé en qué momento se apagó todo. Todo se derrumbó; la tristeza caminó entre los salmos del Señor y los manchó.
Inundó con lo conocido y despreciable —que ni su nombre merece mencionarse— y llegó hasta los salmos: en lugar de alegría, manchó la poesía.
Y ya no solo atraviesa los escritos libres, sino que ha llegado a los poemas, ha llegado a lo más preciado: la escritura de los salmos.
¡Muerte! ¡Muerte! —grita el enemigo.
¡Cristo! ¡Cristo! ¡Quédate conmigo!
— Jorge Guzmán