Se perpetúa la inapreciable soledad; estoy sentado frente a mi escritorio, a punto de escribir... una queja más.
En un piso blanco yacen manchas de suciedad; eso significa que la depresión acecha.
Cama destendida y apariencia desatendida, ropa por los suelos; se acerca con desmedida.
Libros amontonados, polvorientos y añejados, sinónimos de trastorno de un lector abandonado.
¡Soledad maldita, maldita soledad! ¿Por qué has de atormentarme cuando más necesito ayuda?
Clamores de escritores que yacen sobre la cama, sobre el desorden mental, sobre la fe hecha ruinas.
¡El padre ya no me escucha, todo fue una fantasía! Ayer cometí el error que a mi fe desolaria.
¡Señor Padre, perdona mi vana necesidad! ¡Pues la soledad me llama, la necedad me reclama!
¡Oh, el gran castigo! ¡Es el gran castigo!
¡Es lo que merezco por no haber obedecido! ¡Sí, es el silencio! ¡Es el Señor dando la espalda! Pues manchado estoy, no puedo verlo a los ojos...
— Jorge Guzmán