Mis lágrimas caían como la lluvia sobre las tejas, humedeciendo cada una de ellas.
El sol en aquella tarde no apareció; estaba escondido entre la tristeza del cielo.
La lluvia aumentaba cada vez más fuerte al impactar sobre la superficie; una ligera brisa salpicaba mi piel, haciéndome sentir frío.
Las aves se escabullían entre los árboles y se movían velozmente entre ellos; los cielos no paraban de llorar.
Aquel día un gato pardo disfrutaba de la lluvia. El viento cambiaba las aguas de dirección; los cuatro puntos cardinales conocieron la brisa de la soledad
Que hermosa vista tenía. Podría apreciar la vida, si no fuera por la agonía que sentía aquel día.
Fui al otro extremo de mi sentir.
La lluvia cesó, y yo salí a contemplar el cielo; estruendos ligeros me hacían apreciar la sabiduría de la naturaleza.
Gigantescos árboles, teñidos de color verde; montañas grises y opacadas por las nubes.
Sabiduría concreta. ¿Qué hacía yo aquella tarde contemplando la realeza? Tal vez solo disfrazaba mi sentir en lo que veía; tal vez solo quería escribir, aunque fueran cosas buenas.
La lluvia no cesó: todo fue una mentira. Mi cuerpo se mojó, aquel día regresó; mi llanto, confundido, no sabía dónde caer. El Señor puede parar la tormenta, pero no lo hará ahora.
Aquella tarde, la tormenta llegó.
El sol se ocultó para no aparecer más; la lluvia hizo su trabajo y mojó a la ciudad. Los árboles mostraban gratitud hacia el Creador; yo también lo hacía, pue
s nació mi inspiración.
— Jorge Guzmán