¡Quítense de mi vista! Malditas adicciones.
Como si no hubieran destruido mi vida ya lo suficiente. No necesito ni esto ni aquello para ser feliz; ahora debato con mi ansiedad, aunque mayormente me vence, pero ni siquiera así logra hacerme caer en las malditas adicciones, inútiles e insuficientes.
Quítate de mi vista: tú, maldito alquitrán, tú, maldita cannabis, tú, estúpida bebida, y ni mencionarte a ti...
Maldita seas, droga. Mira el estado en que dejaste mi mente; ahora soy inestable. Te agradezco por dejarme en esta situación. ¿Qué condición padezco? Pues me he vuelto loco; esquizofrénico es lo correcto.
Qué días los de últimamente: tentadores y retadores, casi hacen que caiga de donde años me costó salir. Este estúpido espíritu maligno, gran hijo de…
Inapreciable… despreciable depresión, ¡lárgate de mi vida! ¿¡Qué quieres de mí!?
Yo no necesito que me abraces; me enfermas, me produces náuseas, me haces vomitar cientos de versos que no quiero escribir.
Ábranle a Cristo, quien toca mi puerta con desesperación. Lo siento, Señor; hace semanas me sumergí en esta cama, no puedo levantarme. Entra por la ventana.
¿Alguien que me salve? Ese señor que aconseja mi odio no es tan bueno como me habían contado. Mas Él, el Señor, que es bueno, está callado hace meses. Parece que me ha abandonado.
¡Qué grosería! Qué desprecio, qué maldita tentación; sabía que llegaría, pero no sabía que sufriría la recaída. Qué decadencia. ¡Dios mío! Lo que estuvo antes prohibido, ahora me seduce nuevamente.
¡Cristo no fue suficiente! No aprendí nada de su camino; perdí el respeto hacia Él. ¡Condéname! ¡Condéname! ¡Mándame al infierno ahora! Fallé, fallé… malditas drogas.
Estoy dando mi último esfuerzo: si después de esta caída no me levanto, ya está. Si no mejoro, si no me arrepiento, nunca fui del Señor; una vida sin Él no tiene sentido, por lo mismo no tendría sentido seguir. Prefiero morir, aunque no parta con Cristo.
Morir sin Cristo… qué complicado se oye, tal vez no sea tan malo. En verdad, la mitad de este escrito ha sido inspirado de una forma extraña; Pablo sabe a qué me refiero. Si él pudiera contestarme, me diría:
—¡Ten cuidado!
Mi último suspiro. Tengo que levantarme de aquí, tengo que hacerlo; si no lo hago, puedo decir que he apostatado. Habré creído en vano. En el peor de los casos… es el peor de los casos.
Sin esperanza, sin nada… todo por un error que cada día pesa más. Los días lluviosos son simbólicos, son grises, vívidos; saben cómo se encuentra mi corazón. De verdad… es mi último suspiro.
Creo...
— Jorge Guzmán