Shhh... es el silencio, Señor.
Es lo que demuestra cuánto valgo, es donde puedo verme sin la máscara del mundo, donde puedo aparentar que no he sido escogido, donde veo que fui rechazado. ¡Oh! el silencio malinterpretado.
Dejémoslo fluir, no lo apagues con el ruido.
Escucha los pájaros cantar, oye bien las olas que rozan y desgastan las arenas... shhh, es el silencio del Señor.
La gran tranquilidad; la del exterior. El mayor ruido llega cuando el dueño del mutismo se aleja de la realidad.
El ruido del corazón comienza cuando el propietario del misterio hace su labor.
El sufrimiento se vuelve pesadilla cuando la realidad divina se queda entre el sonido de un desierto.
Las dunas se asemejan a sus señales, poco comunes, pero siempre están.
¡Y en tu ausencia las paredes se tiñaran de tristeza, y llorare grandes mares postrado en tú presencia!
¡Oh, el gran silencio del Señor! ¡Que me tortura! ¡Que me vacía!
¡Su sola ausencia me lástima!
Quédense quietos... shhh, es el gran después.
¡Escuchen bien!... no se oye nada.
¡Padre! ¡Padre! Estás callado hace meses.
¡Oh Padre! La gran mudez de tu sigilo.
¡Salva ahora! ¡Sana ahora! ¡Sálvame, Señor! Porque ya he de desistir.
— Jorge Guzmán