Y la gente dice: «¡No hay Dios, no hay Dios!», y yo digo: «¡Sí hay Dios, sí hay Dios!». Si no, no estaría sufriendo. ¡Bobo!
¿Qué no se da cuenta esa gente de que Dios existe, creamos en Él o no? ¡Como si Él dependiera de los múltiples ignorantes que se creen superiores incluso a la ciencia!
Dios existe aunque aquel se encuentre triste, aunque yo me encuentre feliz, aunque el día se encuentre gris o brillante como el oro.
El Señor no me necesita, pero yo lo necesito a Él, y me siento indigno; por eso sufro.
Y mi pregunta es: ¿por qué sufriría por algo que no existe? ¡Bobo! ¡Despierta y dime! ¿Por qué sufriría por algo que no existe?
¿Es que acaso estoy perdiendo el tiempo resistiendo al pecado? ¿Acaso aquella voz que escuché varias noches, varias mañanas fue mi propio subconsciente el que me dijo: “Acércate a mi iglesia e involúcrate mañana”?
Y si de tal manera fuera… ¿entonces por qué estoy sufriendo?
Entonces todo fue una alucinación justificada por mi necesidad de alguien superior a mí. Y me consta, me consta que probé múltiples cosas; dividí mi alma en dos partes para no soportarlo solo.
Y me consta, me consta; admito que estoy algo loco. Y después pienso: para creer en Dios se necesita estarlo.
Y resisto y resisto, y sufro, ¡y lloro! ¡Y me caigo! Y no me puedo levantar…
Y la gente dice: «¡No hay Dios! ¡No hay Dios!».
Y se levantan con pancartas y banderas, marchan y promocionan su gobierno político, su orientación sexual y exigen respeto a la humanidad.
Y yo digo: «¡Sí hay Dios! ¡Sí hay Dios! ¡Mírenme! Yo no he cambiado por mí mismo».
Y me dicen: «¡Bobo! ¡Bobo! Es un control político».
Y les digo: «¡Tontos! ¡Tontos…! Para ustedes todo se reduce a la política. ¿Y cómo te explicaré que no es así, si eres un filósofo clásico?».
Te diré a ti, ¡incrédulo! Y me ofenderás, y yo te responderé.
Pero ¿con qué propósito pelearé contigo? Si al final quien lucha contra alguien soy yo, con mi peor enemigo, que soy yo mismo.
Y la gente dice: «¡Este cree que se ha vuelto loco, cree que puede dividir su ser!».
Y yo responderé: «Y si no estoy loco, ¿cómo justificas mi locura? Y si no sufro, ¿cómo justificas que he perdido la cordura? ¿Cómo siquiera justificas la razón por la cual he escrito cientos de estas páginas, cientos de ellas, y ni aun así me sacia el alma?».
¡Bruto! ¡Despierta! ¡Que yo no hablo mentiras!… Y estoy cansado de resistir; y si no existiera Dios, dime quién me hace sufrir.
¡Y despierta! Que yo no ataco con la lógica, puesto que ni siquiera entiendo esta lucidez paradójica, esta voz en mis entrañas que hace que me sienta mal; esa voz, es esa voz la que no puedo callar.
¡Y quiero llorar! Y el Señor no lo permite, y pienso en lo que dices; de verdad lo hago. ¡Que sí, que sí: un Dios que hace sufrir, que sí!
Un Dios que te manda a arrepentirte, un Dios que se siente cuando clamas a Él, un Dios que en las tinieblas te guía por el bien… Sí, sí, conozco lo que dices.
¿Y cómo te compruebo que es verídico? Si ni siquiera yo lo entiendo, y eso que soy quien lo vive.
No puedo comprobar la existencia del Señor, pero de verdad quisiera creerte que no existe.
— Jorge Guzmán