Y quiero resistir, y la picazón aumenta; mi cuerpo no resiste, al Señor pide ayuda.
¡Oh, Señor! A ti mis salmos, a ti mis cantos, a ti mis versos, a ti mi ansiedad, a ti mi depresión. ¡Levántame de nuevo, te lo pido por favor!
Y pienso a cada instante: ¿qué hay para mí aquí? Si el amar es el deseo, si desear es incorrecto.
Y mis lágrimas caen en mi pecho desnudo, y mis suspiros aumentan el impulso.
Y tú, que detienes mis lágrimas, no me dejas desahogarme, y yo que te acepté anhelando partir al instante.
Yo que deseaba estar en tu presencia, tú me haces sufrir en el mundo, bajo las tentaciones, bajo la maldad, bajo la injusticia; y cansado estoy de resistir.
Y yo que te acepté para partir, y tú que me obligas a sufrir. ¿Cuántas veces me escuchaste derramar el llanto por mi habitación y me dijiste: «Calma, hijo, pronto estarás mejor»?
Pero cuánto no anhelaba que aquel día no despertara, que cumpliera lo que aquella noche entre lágrimas clamé.
Y cuánta falta me hace el padre, y le reclamo al Padre, pero no soy digno de dirigirme a Él.
Y siento el dolor, y siento el desespero, y mi alma llora y yo lloro con ella; y deseo morir, deseo partir de esta tierra.
Mi mayor deseo es estar con el Señor, y envidio a los que han partido, y me pregunto: ¿por qué no fui yo?
Y mi arte es escribir, y así me desahogo; pero el Señor me azota cuando derramo mi tristeza, me hace ver lo malagradecido que soy por no valorar su redención.
Pero es que hoy agradezco a su Hijo, pero es inútil que siga viviendo: no quiero, no quiero hacerlo.
Y quiero estar en su presencia, pero no sin antes resistir a esta tentación, que me quiere hacer perder la vida por mi propia cuenta.
Mis lágrimas se apagan, y yo solo pienso: ¿cuál es el sentido? Y el día está gris como mi alma, y yo solo deseo partir.
El Señor calma mis lágrimas, pero yo quiero llorar; deseo desahogar lo que siento. Y el Señor me consuela, sabiendo que al día siguiente volveré a pecar.
Y la razón de mi sufrir no es el pecado, es no poder alcanzar la perfección, es no poder agradar a Dios en nada de lo que hago.
Y mis lágrimas se atascan y mi llanto se oye falso; mis labios se arrepienten, pero mi corazón al día siguiente se contradice.
Y yo lo que más deseo: aceptar y partir. La tormenta me ilumina y el Señor manda destellos, pero estos no logran hacer que me sienta bien.
Y no sé si lo sepan: me siento mal. No puedo amar, no puedo ser libre. E imagino tener una familia, y mi alma puede sentir algo de alegría; pero la muerte es inminente, nada es permanente.
La felicidad, como siempre, vuelve a ser solo pasajera. Pero ¿y Cristo y su promesa? Sé que es verdadera, ¿pero cuándo sucederá?
Aquí abajo no solo sufro yo; me alejo del pecado y la dificultad aumenta aún más, como si de verdad el Señor lo provocara.
Y el Señor quiere hacerme fuerte, pero yo soy débil; y Él me ama sabiendo que mañana voy a pecar, pero antes me dice que resista, y aumenta la dificultad.
Y yo que solo deseo partir, estar en su presencia y por fin sentir la calma; y su promesa está: enjugará toda lágrima y purificará mi alma, la cual clama a su Creador, mi Rey, el gran Príncipe de Paz.
Me pides que resista, pero yo quiero abrazarte; y tu camino me es pesado, hay veces que no me ayudas, cargo solo y caigo. Me levantas regañándome, pero nunca con un abrazo, nunca con amor; y quieres hacerme fuerte, pero no necesito serlo: te necesito a ti.
La depresión sube al máximo nivel, y mi cuerpo se pega a la cama; nada puede hacer que me levante. Me vuelvo frío como las rocas, duro como el hielo; Jesús destruye mi deseo y me hace aún más débil.
Y solo clamo: ¡Cristo! ¡Cristo! ¡Deseo partir!
Y él me contesta: ¡Resiste! ¡Resiste! ¡Pronto lo harás!
Y pregunto cuándo, y no hallo respuesta; y me canso, me derrumbo, y no hay nadie que pueda levantarme.
Y desisto, desisto y me rindo...
— Jorge Guzmán