Me quedo con tu recuerdo,
con tu aroma suspendido en el aire,
con esa esencia tuya que el tiempo no borra
y que mi alma reconoce
aunque la distancia intente alejarte.
Me quedo con tu callado temple,
con esa fortaleza que no necesitaba palabras,
con tus glaciares de acción,
que escondían un océano de ternura
detrás de una mirada serena y callada.
Me quedo con tus sentimientos,
con esa manera tan tuya de querer,
porque fueron lo más cercano al amor
que mis manos temblorosas conocieron,
el refugio donde mi corazón
aprendió, por un instante, a no temer.
Y cuando me pierdo en los laberintos de mi alma,
me encuentro en la mitad de tu mirada;
allí donde tus ojos me protegían de mí mismo,
donde hasta mis guerras más profundas
parecían quedarse desarmadas.
Entonces regreso al principio,
a aquel instante sagrado de mi nacimiento,
y te imagino recibiendo mi primer aliento,
convirtiendo el dolor en lágrimas de alegría,
mientras tu corazón descubría, estremecido,
que una nueva vida florecía entre tus brazos.
¡Qué milagro tan inmenso el tuyo!
Hacer de la angustia una sonrisa,
del sufrimiento una esperanza,
y de aquel pequeño ser que llegaba al mundo
la razón de tantas noches sin descanso,
de tantos desvelos,
de tanto amor que jamás pidió recompensa.
Por eso, hoy me adhiero a tus brazos
y quisiera quedarme allí para siempre,
como quien encuentra al fin su puerto
después de navegar entre tormentas,
como quien descubre que el hogar
no es un lugar, sino unos brazos
que nunca debieron dejar de sostenerlo.
Me quedo contigo,
aunque solo pueda abrazarte en mis recuerdos;
me quedo con tu voz, con tu aroma,
con tus silencios y tus desvelos.
Porque si alguna vez me preguntan
qué fue lo más valioso que tuve en la vida,
no buscaré tesoros ni pronunciaré nombres extraños:
hablaré de ti, de tu amor y de tus manos,
de aquel primer abrazo que me dio la bienvenida
y de todo lo que hiciste por mí
sin esperar nada a cambio.
Y si el tiempo llegara a borrar mis palabras,
si mis pasos se cansaran de andar
y mi memoria olvidara los caminos,
que mis brazos todavía recuerden los tuyos,
que mi corazón te siga buscando
y que mi último pensamiento
conserve intacto tu nombre.
Porque me quedo con tu recuerdo,
pero, sobre todo, me quedo con tu amor;
ese que me sostuvo antes de que yo supiera sostenerme,
que me protegió antes de aprender a defenderme
y que me hizo sentir, desde el primer instante,
que en este mundo no estaba solo.
Y hoy, cuando miro hacia atrás y comprendo
que muchas cosas pueden perderse en el camino,
hay una verdad que mi alma se niega a olvidar:
De todo cuanto la vida me ha dado,
tú eres ese amor que llevo conmigo,
mi refugio más antiguo,
mi raíz más profunda
y ese abrazo al que siempre
quisiera volver.
Por Levi Díaz Echeverri