Érase una historia de aquel niño que nadie puede ver.
Su desgracia fue desde el nacer:
el sentir la melancolía a flor de piel,
un suspiro bendito entre las plegarias,
casi celestial o malvado.
Torcidos, parte de sus recuerdos.
A veces la historia se presenta como un papel sin rostro
y con enfermedades que el paso del tiempo
puede detener.
Una infección respiratoria y, tal vez,
el corazón inflamado por la sangre
que se derramaba sin cesar;
algo que es primordial
y te quiere despertar de aquel momento.
Eres el niño que nadie puede ver.
Eres la luz de las tinieblas y soy el oyente
de tu sufrimiento,
de la escoria de la vida y sus humanidades;
un desprecio que vuelve a nacer
en el fondo de las carencias de afecto.
Aquello se volvió una forma de escribir,
de expresar lo más siniestro y opaco de un sentimiento.
Si tuviste un jardín lleno de flores, hoy están secas por la tormenta que drenaba
la energía.
Cada pétalo era el suspiro del rocío.
Cada aliento es la forma más sutil de sufrir.
En ocasiones, la velada y la noche
sucumben, inclinando sus pies con reverencia.
Y para terminar este verso,
te dejas llevar por lo que fuiste...
Te dejas sentir dentro de lo que hay.
Cada muro de tu rostro está en pedazos.
Hay un último aliento...
La vida se vuelve agónica como un sueño letal.
Fin