Dicen que soy rara, y no me escondo,
lo raro en mí es un mapa, no un fondo.
Pregunto el porqué de lo que otros no cuestionan,
busco entender la mente, aunque la mía a veces se traicione.
Fui niña de risa fácil, de asombro sin condición,
la media me exigió frialdad y le entregué un pedazo del corazón.
No fue elección, fue sobrevivencia,
aprender a guardar silencio como si fuera inteligencia.
Me dicen bonita, buena, capaz —
y algo en mí se resiste, no cabe, no hace paz.
Porque hubo voces antes que dijeron "casi",
"casi bonita si...", y ese "si" se quedó como un fantasma en mi casa.
Trabajo a veces, no porque me obliguen,
sino porque el cuerpo necesita moverse aunque las manos se fatiguen.
Pero hay noches donde el pecho se aprieta sin razón,
donde el miedo no toca la puerta, se instala en la habitación.
La ansiedad no es un dato, es un peso que cargo despacio,
un ruido que a veces gana más espacio que el espacio.
No lo escribo para dar lástima ni para que me salven,
lo escribo porque negarlo ya no cabe.
Porque ser honesta no es solo mostrar la victoria,
es dejar que también respire la otra historia:
la que no siempre gana, la que a veces se cae,
la que sigue estudiando aunque por dentro se resquebraje.
Con disciplina que no siempre siento,
con guantes en el ring cuando por dentro no hay aliento,
con fe en lo que no veo, aunque dude si me sostiene,
camino entre lo firme y lo frágil — y ahí es donde realmente vive quien soy.
No soy solo el frío que la madurez dejó,
ni solo la niña alegre que un día se apagó,
ni solo la ansiedad que a veces me visita sin aviso —
soy todo eso a la vez, buscando, despacio, el permiso
de ser vista entera, sin editar, sin filtro,
de dejar que lo roto también cuente como mío.
ATT: Insomnia no duerme, solo escribe.