Dolió tanto el final,
pero el fuego quemaba;
en tu cama,
el resto del mundo se borraba.
Un error de quien ama
y no se guarda nada.
A ti me entregué con todo,
pero tú nunca sentiste nada,
y eso, por dentro, me mataba.
A tal punto
de coser mi alma,
pedazo a pedazo,
hasta lograr tener paz y calma.
Eras tormenta,
pero también eras el sol
que luego me alumbraba
y el cuerpo me calentaba.
En noches frías,
tú fuiste mi abrigo,
aunque a veces
fuiste el hielo que me congelaba.