Me descosí toda la noche,
pensando en qué hubiera pasado si...
Arranqué capas de piel
y aún sigo sin encontrar dónde
empezó tu cordillera de besos.
Limé mis labios,
pero sigo sintiendo tu aliento
sobre esos mismos.
Quise romperme los huesos
para sacar de ellos tu nombre,
pero cada rasguño grita tu apellido.
Me hundí los dedos en los ojos
para poder olvidar lo que provoca
tu mirada.
Ahora soy carne abierta,
un mapa que señala cicatrices frescas
que siguen gritando tu ausencia.
Me volví como vos:
indiferente y fría.
Me volví vacía.
Intentaste esconderte,
pero aún así te vi.
Esos ojos azules marcaban
tu tristeza escondida en la indiferencia.
Sabía lo que necesitabas,
y todo te di.
Llené tu vacío
e hice una ofrenda.
Pagué un alto precio:
el de partirme en partes.
Arranqué mi corazón
hasta desangrarme,
pero aun así sigo sintiendo
que late por vos.
Vacío e intenso,
así fue el sacrificio
de tenerte: sangriento,
lleno de sufrimiento.