¡Qué extraña condena es la de amar! Llevar un universo entero dentro del pecho y no encontrar palabras suficientes para hacerle comprender al otro que, entre todas las cosas que existen, es en su corazón donde uno quisiera descansar.
A veces pienso que la desdicha no consiste en estar solo, sino en haber conocido la calidez de unos brazos y descubrir, después, que el mundo es demasiado frío cuando ya no podemos refugiarnos en ellos.
Porque hay ausencias que comienzan mucho antes de la despedida, silencios que pesan más que cualquier palabra, y noches en las que uno contempla el techo preguntándose en qué momento la felicidad, esa criatura tan frágil que apenas se atreve a quedarse, comenzó a parecerse tanto a un recuerdo.
Yo no le pido demasiado a la vida. Nunca deseé sus riquezas ni sus promesas, ni siquiera la eternidad, si he de vivirla sin amor. Me habría bastado una pequeña casa en mitad de la tormenta, una mano buscando la mía bajo las sábanas, una voz pronunciando mi nombre con ternura y la certeza de que, al terminar el día, todavía habría un lugar al que regresar.
¡Qué miserable fortuna la de un corazón sensible! Encuentra belleza en las cosas que otros olvidan, atesora una mirada como si fuera un juramento, y convierte un instante compartido en un recuerdo al que volverá durante años, incluso cuando ya no quede nadie con quien volver a vivirlo.
Porque yo recuerdo.
Recuerdo la paz de tu cercanía, la manera en que el tiempo parecía detenerse cuando tu respiración descansaba junto a la mía; recuerdo que, por unas horas, no tuve que ser fuerte, ni esconder mis temores, ni fingir que la vida no me dolía.
Contigo, hasta mis tristezas parecían tener sentido. No porque desaparecieran, sino porque ya no tenía que atravesarlas a solas.
Y quizá sea ésa la forma más profunda del amor: no encontrar a alguien que nos libre de todas las penas, sino a alguien junto a quien podamos llorarlas sin sentir vergüenza de nuestras heridas.
Pero ¡ay de quien aprende a llamar hogar a otro corazón! Porque desde entonces, hasta los lugares más hermosos guardan una sombra cuando esa persona no está. La lluvia deja de ser lluvia y se convierte en nostalgia; las canciones adquieren nombres que nadie pronuncia; y el viento, al colarse por la ventana, parece traer consigo todo aquello que uno habría dado cualquier cosa por conservar.
No es que deje de agradecer la felicidad que conocí. Al contrario, la guardo con una devoción casi dolorosa, como quien sostiene entre las manos una flor marchita y todavía recuerda el jardín del que fue arrancada.
Si algo me duele, no es haber amado, sino descubrir cuántas cosas puede contener un instante y cuán impotente resulta el tiempo cuando intenta devolvernos lo que sentimos.
A veces quisiera tener un corazón menos dispuesto, uno que no se estremezca ante una despedida, que no busque significados en los silencios, que no tema perder aquello que ama ni se pregunte, en la quietud de la madrugada, si habrá sido suficiente para merecer quedarse.
Pero no sé amar de otra manera.
Cuando quiero, dejo pequeñas partes de mí en los gestos que quizá nadie recuerde: en el abrazo que se prolonga unos segundos más, en el beso que deposito sobre una frente cansada, en el mensaje que escribo porque imagino un día difícil, en la promesa silenciosa de estar presente incluso cuando no encuentre la forma correcta de decirlo.
Y si alguna vez mis temores hablan más alto que mi ternura, si mi tristeza levanta muros donde debía haber refugios, quisiera que supieras que, detrás de ellos, sigue existiendo el mismo corazón que sólo desea aprender a amar sin miedo.
Porque también los que amamos nos equivocamos. También podemos herir intentando protegernos, callar cuando deberíamos abrazar, confundir la incertidumbre con una despedida y olvidar que el amor no se demuestra exigiéndole al otro que nunca se marche, sino aprendiendo a recibirlo cuando se acerca.
Y aun así, cuánto daría por detener el mundo en una de esas noches en que todo parecía sencillo, cuando tu cuerpo encontraba descanso junto al mío y yo podía cerrar los ojos sin preguntarme por el mañana.
No necesitaba que me prometieras la eternidad. Me bastaba con sentir que, por aquella noche, la eternidad había decidido visitarnos.
Ahora comprendo que la felicidad no siempre se pierde porque alguien deje de amarnos. A veces basta con que la vida se interponga, con que los días nos reclamen en direcciones distintas, con que el cansancio nos robe las palabras y las obligaciones nos alejen de aquello que más deseamos cuidar.
Y entonces uno aprende a extrañar incluso mientras sigue amando, a besar en el recuerdo los labios que todavía desea, a guardar ternura para un encuentro que tarda, a mirar el cielo gris con la esperanza absurda de que, en algún lugar, la misma lluvia esté acariciando el rostro de quien ama.
¡Oh, corazón mío, qué cruel es tu esperanza! Conoces la fragilidad de todas las cosas y, sin embargo, sigues eligiendo la belleza. Sabes que hasta las estrellas se apagan, que las flores se inclinan ante el invierno y que ningún abrazo puede detener el tiempo; pero basta una sonrisa de esa persona para que vuelvas a creer en la primavera.
Quizá por eso no quiero renunciar a este sentimiento, aunque a veces me encuentre solo con mis pensamientos. Prefiero esta tristeza nacida de haber amado a la indiferencia de quien jamás se permitió sentir. Prefiero extrañar una voz que hizo temblar mi alma a no tener ningún nombre que me conmueva. Prefiero la incertidumbre de esperar un abrazo a la certeza de no haberlo conocido nunca.
Porque, si el precio de amar es aceptar que somos vulnerables, entonces que así sea. Que la vida me encuentre con el pecho descubierto, con las manos dispuestas, con el alma cansada, pero todavía capaz de ofrecer ternura.
Y si alguna noche vuelves a encontrarme en silencio, no creas que mi quietud significa ausencia. Tal vez sólo esté intentando ordenar todas las palabras que mi corazón no ha sabido pronunciar, o quizá esté recordando que, entre tantas desgracias, hubo una vez alguien que convirtió mi mundo en un lugar más amable.
Alguien junto a quien la soledad perdió su nombre, la tristeza encontró descanso y el futuro dejó de parecer una amenaza.
Alguien a quien no amé porque pudiera salvarme, sino porque, al conocerla, comprendí que la vida todavía guardaba cosas por las que valía la pena permanecer.
Y si el destino vuelve a cubrir nuestros días de tormenta, si las horas nos separan y el cansancio nos vence, ojalá recuerdes que incluso los cielos más oscuros terminan cediendo ante la luz.
Yo no puedo prometerte un mundo sin inviernos, ni una vida donde jamás nos duela el alma. Pero quisiera ser esa pequeña claridad que permanece encendida en la ventana, ese abrazo que no exige explicaciones, esa voz que te recuerda, cuando todo pesa, que no tienes que poder con todo a solas.
Porque amarte, para mí, no consiste únicamente en celebrar tus días luminosos, sino en aprender a sentarme a tu lado cuando llueve, sin apresurar el final de la tormenta, sin pedirte que sonrías para tranquilizarme, simplemente amándote hasta que el cielo vuelva a abrirse.
Y cuando finalmente llegue la mañana, cuando la lluvia abandone los cristales y el sol encuentre su camino entre las nubes, quisiera mirarte una vez más y descubrir que, a pesar de todas las noches, todavía estamos aquí.
Tú, con tus heridas. Yo, con las mías. Y entre ambas almas, este amor imperfecto, tan humano, tan frágil, tan nuestro, que no necesita vencer al destino para demostrar que alguna vez fue hermoso.
Porque si algún día la tristeza me pregunta qué hice con los pocos momentos de felicidad que tuve, le hablaré de ti.
Le hablaré de tus ojos, de tu risa, de tus abrazos; de aquella paz que encontré al quedarme a tu lado, y de cómo, por un instante, el mundo dejó de parecerme un lugar tan triste.
Y si la noche insiste en preguntarme por qué sigo guardando esperanza, le diré que hay amores que no se miden por la ausencia, ni por las horas, ni por las lágrimas derramadas.
Hay amores que, aun cuando la vida los somete a prueba, siguen latiendo en el rincón más silencioso del pecho, como una llama diminuta que se niega a extinguirse bajo el peso de todos los inviernos.
Y si he de sufrir por haber amado, que al menos mi sufrimiento tenga tu nombre; porque entre todas las tristezas que pude conocer, ninguna fue tan dulce como la de extrañarte, y entre todas las felicidades que la vida pudo concederme, ninguna se pareció tanto al hogar como el instante en que descansé junto a ti.