Peregrinaré los valles perdidos del averno,
lacerado por la agonía de no saberla junto a mí,
penaré la ausencia de su sonrisa
en aquellas tardes otoñales
qué celosas vislumbraron la inocencia de su alma.
¡Caprichoso destino!
En tus azares decidiste enviar a tu caudillo
para arrebatármela,
condenándome a la eterna prisión del recuerdo,
entre sus mazmorras flagelado mi corazón yacerá,
y mi alma mutilada
recogerá los últimos pedazos de esperanza que pueda sentir
cuando la contemplo al florecer de cada estrella en el firmamento.