Mariel se consume de amor por un lord,
pero él no tiene ni caballo ni facón.
Tiene la ropa rasgada y sed de licor.
Ella lo mira con devoción
y él no la mira ni para robarle el reloj.
Ella tiene alma de poeta sufrida
y él alma de borracho olvidado por Dios.
Ella hace todo para que él la mire,
pero él solo mira su botella
con un líquido color bordó.
Un día la mañana gris amaneció,
nublando totalmente al sol.
Algo se avecinaba,
pero a Mariel no le importó.
Caminó hacia el bar
en el cual siempre estaba su lord
y ese día no lo encontró.
Caminó cuadras sin rumbo,
guiada por Dios,
y ahí lo vio:
tirado sin pulso
a su borracho lord.
Mariel, consumida por el dolor,
agarró un vidrio
y cortó sus muñecas
como último acto de amor
hacia su lord.
Cuando los encontraron,
una imagen de amor y desolación,
porque todos sabían cómo él no la miraba,
pero ella por él moría de amor.