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Plauto

Federicodevilla

Contenido de la publicación

Sarsina, Umbría, hacia el año 220 a. C.

La mañana había amanecido fría en las colinas de Umbría.

Una ligera niebla cubría los campos que rodeaban Sarsina, deslizándose entre los árboles y ocultando por momentos los senderos que descendían hacia el valle. El invierno todavía no había llegado con toda su fuerza, pero el aire tenía esa humedad que se metía en los huesos y hacía que los habitantes de la pequeña ciudad buscaran temprano el calor de sus hogares.

Tito Maccio contemplaba el camino.

Lo había hecho muchas veces durante los últimos días.

Era un camino como tantos otros. Piedras, barro, huellas de animales y de carros. Sin embargo, aquella mañana le parecía diferente.

Porque esta vez iba a recorrerlo.

Y no sabía cuándo volvería.

—¿Has cambiado de opinión?

La voz de su padre lo hizo girar.

El hombre estaba detrás de él, envuelto en una gruesa capa de lana. Había envejecido considerablemente durante los últimos años. Tito había comenzado a advertirlo hacía poco. Las manos de su padre, que antes parecían capaces de levantar cualquier carga, ahora mostraban las marcas del trabajo.

—No —respondió Tito.

—Entonces, ¿por qué sigues mirando el camino?

Tito sonrió.

—Porque todavía puedo hacerlo desde aquí.

Su padre no entendió la respuesta.

—Roma no es como Sarsina.

—Lo sé.

—Allí nadie te conoce.

—Eso también lo sé.

—Y no todos los que viven en Roma son hombres honrados.

Tito soltó una breve carcajada.

—Tampoco todos los que viven en Sarsina.

El padre lo miró con severidad.

Después, pese a sí mismo, sonrió.

—Eso es verdad.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

Sarsina quedaba detrás de ellos. Sus casas, construidas sobre las pendientes, comenzaban a despertar. Algún campesino llevaba sus animales hacia los campos. Una mujer salía de su vivienda con un cántaro. Un muchacho corría detrás de una mula.

Era la vida de siempre.

Pero para Tito ya no era la misma.

Había decidido marcharse.

Roma lo llamaba.

No sabía exactamente qué encontraría allí. Había escuchado historias de comerciantes, soldados y viajeros. Roma era una ciudad enorme, mucho mayor que cualquier lugar que hubiera conocido.

Una ciudad de templos, mercados, tabernas, senadores, esclavos, soldados y extranjeros.

Una ciudad que había vencido a pueblos enteros.

Una ciudad que ahora se encontraba empeñada en una guerra contra Cartago.

Pero Tito no pensaba en las guerras.

Pensaba en otra cosa.

El teatro.

Desde hacía años sentía una fascinación que su familia no terminaba de comprender.

Le gustaban las historias.

Le gustaban las voces.

Le gustaba observar a los hombres y descubrir cómo cambiaban cuando estaban enamorados, furiosos, borrachos, asustados o desesperados.

Había descubierto que una persona podía decir una cosa y pensar otra completamente diferente.

Eso lo divertía.

Y, sobre todo, le gustaba hacer reír.

En Sarsina había representado pequeñas escenas durante fiestas locales. Algunas eran improvisadas. Otras las había aprendido de memoria. Los personajes que inventaba eran exagerados: viejos avaros, jóvenes enamorados, esclavos astutos, soldados fanfarrones.

La gente reía.

Y cuando la gente reía, Tito sentía que había encontrado su lugar.

Pero Sarsina era demasiado pequeña.

Roma era otra cosa.

—¿Qué harás allí? —preguntó su padre.

Tito tardó en responder.

—No lo sé.

—Eso no es un plan.

—No.

—Entonces es una aventura.

Tito lo miró.

—Quizá.

Su padre suspiró.

—Tu madre habría querido que fueras más prudente.

La sonrisa de Tito desapareció.

—Lo sé.

Su madre había muerto algunos años antes.

Era una herida de la que hablaban poco.

—Pero también habría sido la primera en decirte que fueras —añadió su padre.

Tito bajó la mirada.

—Sí.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Finalmente, el padre extendió una pequeña bolsa.

—Toma.

Tito la recibió.

Dentro había unas pocas monedas.

—No es mucho.

—Es suficiente para comenzar.

—Te harán falta.

—A mí me quedan mis brazos.

Tito quiso protestar, pero su padre levantó una mano.

—Ve.

Aquella palabra fue más difícil de escuchar que cualquier otra.

Tito abrazó a su padre.

No era costumbre entre ellos demostrar demasiado los sentimientos.

Por eso el abrazo fue breve.

Pero sincero.

Después Tito tomó su pequeño equipaje y comenzó a caminar.

No miró atrás inmediatamente.

Temía que si lo hacía demasiado pronto, regresaría.

El viaje hacia Roma fue más largo de lo que Tito había imaginado.

Caminó durante jornadas enteras y, cuando tuvo oportunidad, se unió a caravanas de comerciantes.

En los caminos había de todo.

Campesinos que transportaban mercancías.

Mercaderes que discutían continuamente sobre los precios.

Soldados que marchaban hacia algún destino.

Esclavos encadenados.

Sacerdotes.

Arrieros.

Viajeros procedentes de lugares que Tito apenas conocía.

Aquella diversidad le fascinaba.

Una tarde, mientras descansaban junto a una posada, un comerciante llamado Lucio se sentó a su lado.

—¿A Roma?

—Sí.

—¿Negocios?

—No.

—¿Entonces?

Tito sonrió.

—Quiero ser actor.

Lucio lo observó durante unos segundos.

Después comenzó a reír.

—¿Actor?

—Sí.

—¿Y eso alimenta a un hombre?

—Espero que sí.

—Roma está llena de actores.

—Entonces habrá trabajo.

—O habrá demasiados.

Tito se encogió de hombros.

—Ya veremos.

Lucio lo miró con curiosidad.

—¿Sabes siquiera cómo es Roma?

—No.

—Entonces eres más valiente de lo que parece.

—O más ignorante.

El comerciante volvió a reír.

—Eso también puede ser.

Aquella noche Tito escuchó las conversaciones de los viajeros.

Todos hablaban de Roma.

Algunos la admiraban.

Otros la odiaban.

Para unos era la ciudad más poderosa de Italia.

Para otros, un lugar peligroso donde un hombre podía perderlo todo.

Tito escuchaba.

Guardaba las palabras.

Cada historia le servía.

No lo sabía todavía, pero estaba aprendiendo algo que sería fundamental para su futuro.

La gente era un teatro.

Y los caminos estaban llenos de personajes.

Finalmente, después de varios días, Roma apareció ante sus ojos.

Tito se detuvo.

Por un instante no dijo nada.

Había visto ciudades.

Había visto murallas.

Había visto mercados.

Pero aquello era diferente.

Roma parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista.

Colinas.

Templos.

Casas.

Calles.

Columnas.

Humaredas.

Carros.

Gente.

Mucha gente.

Miles de voces se mezclaban formando un ruido constante.

Tito sintió algo parecido al miedo.

No el miedo que había sentido alguna vez ante un animal salvaje.

Era otra cosa.

Era la sensación de encontrarse ante algo demasiado grande.

Lucio, que había viajado con él durante los últimos días, lo observó.

—Ahí la tienes.

Tito no respondió.

—¿Te arrepientes?

—No.

—Eso es bueno.

—¿Por qué?

—Porque Roma no suele tener paciencia con los que dudan.

Entraron por una de las puertas.

Tito comenzó a caminar lentamente.

Todo le llamaba la atención.

Un grupo de soldados regresaba de alguna campaña.

Un esclavo africano discutía con un vendedor.

Dos griegos conversaban junto a una tienda.

Un viejo romano gritaba contra un muchacho que había empujado su carro.

Un mendigo pedía unas monedas.

Una mujer llevaba flores hacia un pequeño altar.

Un comerciante anunciaba sus productos.

Tito observaba.

No podía evitarlo.

Aquella ciudad era una colección interminable de historias.

Y cada persona parecía tener una.

—¡Eh, tú!

Tito se volvió.

Un hombre de mediana edad lo señalaba.

—¿Qué haces mirando?

—Nada.

—Llevas un rato mirándome.

—Es cierto.

—¿Por qué?

Tito dudó.

—Porque tienes una cara interesante.

El hombre abrió los ojos.

—¿Interesante?

—Sí.

—¿Qué tiene de interesante?

Tito lo estudió.

—Parece que debes dinero.

El hombre quedó inmóvil.

Después comenzó a reír.

—¡Muchacho! ¡Eres un insolente!

—Puede ser.

—¿Cómo te llamas?

—Tito Maccio.

—¿De dónde?

—Sarsina.

—Umbría.

—Sí.

—¿Y qué haces en Roma?

Tito pensó que aquella pregunta se repetiría muchas veces durante su vida.

—Busco trabajo.

—¿Qué sabes hacer?

Tito sonrió.

—Hacer reír.

El hombre volvió a reír.

—Entonces quizá encuentres trabajo.

Los primeros días fueron difíciles.

Roma no estaba esperando a Tito.

Nadie sabía quién era.

Nadie necesitaba conocerlo.

Descubrió rápidamente que una ciudad podía ser fascinante y cruel al mismo tiempo.

Había riqueza extraordinaria y pobreza extrema.

Había grandes casas donde los banquetes duraban horas y calles donde hombres y mujeres no sabían qué comerían al día siguiente.

Había esclavos que realizaban trabajos agotadores y ciudadanos que pasaban las tardes discutiendo de política.

Y había soldados.

Muchos soldados.

La guerra contra Cartago estaba presente en todas partes.

Se hablaba de Aníbal.

De Italia.

De las batallas.

De las derrotas romanas.

De los generales.

De Escipión.

Tito escuchaba todo.

Pero buscaba otra cosa.

Un escenario.

Una compañía.

Una oportunidad.

Finalmente encontró trabajo en un lugar modesto donde se realizaban representaciones durante determinadas festividades.

No comenzó como actor principal.

Ni siquiera cerca.

Ayudaba con los decorados.

Transportaba objetos.

Ordenaba vestuarios.

Hacía pequeños trabajos.

Pero observaba.

Y aprendía.

Una tarde, uno de los actores principales enfermó.

El responsable de la compañía estaba desesperado.

—Necesito a alguien que pueda sustituirlo.

Nadie respondió.

Tito levantó la mano.

—Yo puedo.

El hombre lo miró.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Has actuado alguna vez?

—Muchas.

—¿En Roma?

—No.

—Entonces no sabes cómo funciona esto.

—Pero sé hacer reír.

El responsable suspiró.

—¿Qué personaje?

—El esclavo.

—Es un papel importante.

—Lo sé.

—Si arruinas la representación, no vuelves.

Tito sonrió.

—Entonces será mejor que no la arruine.

Aquella noche salió al escenario.

Frente a él había decenas de personas.

No eran los habitantes de Sarsina.

Eran romanos.

Hombres y mujeres acostumbrados a espectáculos.

Tito sintió que las piernas le temblaban.

Durante un instante olvidó sus palabras.

Después vio a un hombre en primera fila.

Un anciano que parecía estar dormido.

Tito lo miró.

Y pensó:

"Ese hombre tiene que despertarse."

Improvisó.

El público reaccionó.

Volvió a improvisar.

La gente rió.

Tito continuó.

De pronto ya no tenía miedo.

Era como si hubiera regresado a Sarsina.

Como si el escenario fuera su casa.

Cuando terminó la escena, escuchó los aplausos.

No eran muchos.

Pero eran suficientes.

Al bajar del escenario, el responsable de la compañía se acercó.

—¿Quién te enseñó?

—Nadie.

—Eso es imposible.

Tito sonrió.

—Entonces quizá haya aprendido solo.

El hombre lo observó largamente.

—Tienes algo.

—¿Qué?

—No sé todavía.

Tito se encogió de hombros.

—Yo tampoco.

Pero sí sabía una cosa.

Había encontrado su lugar.

Pasaron los meses.

Tito permaneció en Roma.

Aprendió los gestos de los romanos.

Sus palabras.

Sus bromas.

Sus defectos.

Sus virtudes.

Aprendió cómo hablaban los soldados, cómo discutían los comerciantes y cómo mentían los esclavos astutos.

Descubrió que el público romano quería reír.

Y comprendió que las historias que había conocido en Sarsina podían adquirir una nueva vida en aquella ciudad.

Con el tiempo empezó también a escribir.

Tomaba historias conocidas, muchas procedentes de la tradición griega, y las transformaba.

Les daba nuevos personajes.

Nuevas situaciones.

Nuevos chistes.

Nuevos conflictos.

El viejo avaro.

El joven enamorado.

El padre severo.

El soldado fanfarrón.

El esclavo inteligente.

El comerciante engañado.

Roma comenzaba a reconocerlos.

Y, sin que Tito pudiera saberlo todavía, aquellos personajes acabarían formando parte de una obra que sobreviviría a la ciudad, a las guerras y a los hombres que la habitaban.

Pero aquella primera mañana, cuando había abandonado Sarsina, nada de eso estaba escrito.

Solo existía un joven de Umbría caminando hacia una ciudad inmensa.

Un joven que llevaba pocas monedas.

Un pequeño equipaje.

Y una imaginación que parecía no tener límites.

Años después, cuando otros hombres pronunciaran su nombre y el público romano riera con sus comedias, pocos recordarían aquella partida.

Pocos imaginarían al muchacho que había mirado el camino antes de abandonar su tierra.

Pero Tito Maccio Plauto sí lo recordaría.

Recordaría las colinas de Sarsina.

La voz de su padre.

El frío de aquella mañana.

Y aquella última mirada hacia su ciudad natal.

Porque antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la comedia latina, Plauto había sido simplemente un joven que decidió marcharse.

Y, como ocurre con tantos hombres que abandonan su hogar para buscar fortuna, no sabía que aquel camino no solo lo conduciría hasta Roma.

También lo conduciría hacia la inmortalidad.

Roma, muchos años después.

En una calle cercana al Foro, un grupo de hombres se había detenido frente a un pequeño teatro.

Desde dentro llegaban carcajadas.

Un esclavo acababa de engañar a su amo.

El público celebraba la escena.

Entre ellos estaba un hombre ya entrado en años.

Observaba en silencio.

Alguien se acercó.

—¿Conoces al autor?

El hombre negó con la cabeza.

—No.

—Dicen que es de Umbría.

El anciano sonrió.

—Entonces quizá tenga algo interesante que contar.

—¿Por qué?

El hombre miró hacia el camino que conducía fuera de Roma.

—Porque los que vienen de lejos suelen observar mejor a los hombres.

Y continuó caminando.

Era Tito Maccio Plauto.

El hombre que había llegado a Roma sin saber exactamente qué buscaba.

Ahora lo sabía.

Había encontrado historias.

Había encontrado personajes.

Había encontrado al público.

Y, sobre todo, había encontrado una manera de convertir la vida de los hombres en risas.

Su ciudad natal quedaba lejos.

Pero una parte de Sarsina todavía caminaba con él.

En cada palabra.

En cada personaje.

En cada broma.

En cada historia.

Porque un hombre puede abandonar su tierra.

Lo que nunca abandona es aquello que aprendió de ella.

Thoughts

  • NoeliaBastida

    El final con Plauto ya mayor viendo la función sin que nadie sepa quién es me gustó mucho. A ese hombre le basta con oír reír desde la puerta.

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  • IreneCalvo

    Vaya despedida. El padre que no sabe qué decir y le suelta lo de los hombres honrados de Roma, y luego saca a la madre para frenarlo y en la frase siguiente la usa para empujarlo. Así hablaban los padres de antes, dando la vuelta a todo para no decir que les duele que te vayas. Y el abrazo corto porque en esa casa no se abrazaban, hija, eso es de muchas familias. Apuesto a que Tito se acordó de esa bolsa de monedas cada vez que en sus comedias salía un padre severo.

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  • GasparLeon

    Caramba, cuenta Aulo Gelio, citando a Varrón, que Plauto perdió en negocios lo que ganó con el teatro y terminó moviendo la rueda de un molino, y que ahí escribió algunas comedias. Apuesto a que ese Lucio de la caravana tiene algo que ver cuando llegue esa parte.

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  • pasaporteVencido

    Yo estoy con Lucio: irse a Roma sin un contacto y con cuatro monedas en la bolsa es más ignorancia que valentía. A Tito le salió bien porque un actor se enfermó justo esa tarde, y eso no lo planea nadie.

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  • rellenoPuro

    Catorce minutos. Sale.

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  • Ovid

    Tito diciéndole a un desconocido en plena calle que tiene cara de deber dinero me hizo reír, y apuesto a que ese hombre acaba siendo uno de los personajes de sus comedias, el viejo avaro o el comerciante engañado. Se nota que conoces bien a Plauto y a su Roma, bienvenido y ojalá sigas subiendo más relatos así!

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  • mvillar74

    El anciano dormido en primera fila, hombre. Siempre hay uno, y el día que ese se ríe ya sabes que te puedes quedar en Roma.

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  • Flordeloto

    Me intriga es lo que me gusta.

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