Perfect Days es una película que, en apariencia, no tiene historia. Un hombre limpia baños públicos en Tokio, escucha música en cassettes viejos, saca fotos de árboles, toma café siempre en los mismos lugares y repite casi exactamente la misma rutina todos los días.
Pero lo que hace Wim Wenders no es contar un relato tradicional, lo que hace es observar una forma de vivir. Y creo que ahí está justamente la belleza de la película: No necesita que a Hirayama le pase algo extraordinario para que su vida nos resulte interesante.
Hirayama es un personaje silencioso, contenido. No sabemos demasiado de su pasado y la película tampoco parece interesada en explicarlo. En vez de llenar esos espacios con explicaciones, deja que hablen los gestos: cómo escucha música, cómo mira los árboles, cómo trabaja con una especie de calma casi ritual.
Y ahí aparece algo interesante: en otra película, una vida así podría parecer triste o vacía. Acá no. Acá se siente más bien como una forma de equilibrio. Mientras el mundo alrededor corre, discute, exige y busca constantemente algo más, Hirayama parece haber encontrado una forma mucho más tranquila de estar. No busca impresionar a nadie ni demostrar nada. Simplemente habita sus días.
Y quizás esa sea una de las preguntas más interesantes que plantea la película: ¿Cuánto de nuestra necesidad de tener más viene realmente de nosotros y cuánto viene de lo que los demás esperan que tengamos?
Porque vivimos en un mundo que constantemente nos dice que hay que avanzar. Conseguir un trabajo mejor, ganar más plata, tener más cosas, viajar más, ser más exitosos, como si estar quietos fuera automáticamente estar perdiendo el tiempo.
Hirayama parece vivir exactamente al revés.
No necesita que cada día sea diferente para encontrar algo que disfrutar. Puede escuchar una canción que ya escuchó cientos de veces y seguir encontrando algo en ella. Puede fotografiar árboles una y otra vez. Puede tomar el mismo café y caminar por las mismas calles. Y no parece sentir que está desperdiciando su vida.
Al contrario, parece estar presente en ella.
Y ahí está uno de los grandes aciertos de la película: encontrar belleza en lo mínimo. En una canción vieja de Lou Reed sonando en un cassette, en la luz de la mañana entrando por la ventana, en el movimiento de las hojas de un árbol.
Creo que muchas veces nos cuesta valorar esas cosas porque estamos demasiado preocupados esperando el próximo acontecimiento importante. Pensamos que la felicidad está en el viaje que todavía no hicimos, en el trabajo que todavía no conseguimos o en la vida que todavía no alcanzamos.
Y Perfect Days parece decir lo contrario.
¿Y si la vida también está en lo que ya tenemos?
Eso no significa que haya que conformarse. Significa entender que una vida no necesita ser extraordinaria para tener sentido. Hirayama no parece estar intentando escapar de su rutina. La convirtió en una manera de habitar el mundo.
También me gusta cómo la película muestra sus vínculos. Hirayama no es un hombre completamente aislado. Se cruza con personas, comparte momentos, escucha historias. Pero siempre mantiene cierta distancia, como si entendiera que no todo vínculo tiene que convertirse en algo permanente o profundo.
Y eso también me parece muy real.
Hay personas que forman parte de nuestra vida durante años y otras que aparecen solamente durante un rato. Algunas nos cambian profundamente y otras simplemente comparten un momento con nosotros. No todos los vínculos tienen que durar para ser importantes.
Quizás aprender a vivir también sea aprender a aceptar eso.
Que algunas cosas terminan.
Que algunas personas se van.
Que algunos días son mejores que otros.
Y que aun así podemos encontrar algo hermoso en el día que tenemos delante.
Porque Perfect Days no intenta explicar la vida de Hirayama. Más bien invita a mirarla. Y en ese gesto aparece una idea muy simple pero poderosa: Quizás una vida no tiene que ser extraordinaria para tener sentido.
Y quizás por eso el título me parece tan perfecto, no habla de una vida perfecta. Habla de encontrar pequeños momentos perfectos dentro de una vida que, como todas, también tiene silencios, pérdidas, recuerdos y cosas que no conocemos.
A veces alcanza con una canción.
Con un café.
Con una caminata.
Con mirar un árbol.
Con tener un lugar al que volver.
Y quizás la verdadera pregunta no sea si nuestra vida es lo suficientemente extraordinaria.
Quizás sea otra:
¿Estamos realmente presentes para vivirla?