Parque Lezama es una película que, en apariencia, es muy simple: Dos hombres sentados en un banco de plaza conversando. Nada más. No hay acción, no hay grandes giros dramáticos. Todo ocurre en la palabra.
La historia sigue a dos personajes interpretados por Luis Brandoni y Eduardo Blanco, que se cruzan en una plaza y empiezan a hablar. Y lo que parece una charla cualquiera termina convirtiéndose en una discusión sobre política, religión, la vida, el país… y también sobre sus propias experiencias.
Al principio hay una frase que marca bastante el espíritu de la película. Brandoni dice algo muy lindo: “La plaza te la lleno de ideas, la gente envejece, pero las ideas todavía son jóvenes, sanas y hermosas. Las ideas son mejores que la gente que las tuvo. Y la lucha es imparable.”
Y en el fondo la película se mueve alrededor de eso. Dos personas con ideas muy distintas que discuten, se provocan, se contradicen… pero que al mismo tiempo se escuchan. Y creo que ahí está lo más interesante de Parque Lezama: No intenta convertir la conversación en una competencia donde uno tiene que ganar.
Porque muchas veces discutimos para eso:
Pero una conversación realmente interesante empieza cuando dejamos de pensar solamente en responder y empezamos a intentar entender.
Y eso es justamente lo que hace la película, más que una pelea ideológica, termina siendo una conversación larga sobre cómo cada uno entiende el mundo. Y ahí aparece algo muy porteño: Ese tipo de charla que podría pasar en un café o en una plaza, donde se habla de todo, donde las ideas van y vienen.
Y quizás por eso funciona tan bien el escenario. Una plaza es un lugar de paso, personas que no necesariamente se conocen, que se sientan un rato y después siguen con sus vidas. Pero durante ese rato puede aparecer una conversación que termine siendo mucho más profunda de lo que uno esperaba.
Y eso también tiene algo muy argentino. Esa capacidad de empezar hablando de cualquier cosa y terminar discutiendo de política, religión, fútbol, la vida, el país y prácticamente la existencia humana en menos de una hora.
Pero detrás del humor y de las diferencias aparece algo más importante: Cada persona tiene una historia detrás de lo que piensa.
Lo interesante es que no se trata de ver quién gana la discusión. Se trata de mostrar que detrás de cada idea hay una historia, una experiencia, una forma de haber vivido.
Y eso me parece fundamental porque muchas veces reducimos al otro a una etiqueta. “Es de tal partido”, “piensa de tal manera”, “es de derecha”, “es de izquierda”, “es religioso”, “no cree en nada”. Y una vez que ponemos esa etiqueta, dejamos de escuchar a la persona.
Ya no escuchamos lo que dice. Escuchamos lo que creemos que va a decir.
Y quizás Parque Lezama justamente intenta recuperar algo que parece cada vez más difícil: La conversación entre dos personas que no necesitan estar de acuerdo para poder escucharse.
Porque escuchar no significa aceptar. Podes pensar que el otro está completamente equivocado y aun así intentar entender por qué piensa así.
Y quizás entender eso sea mucho más valioso que tener razón.
También me gusta que la película no necesite grandes escenarios para hablar de cosas enormes. Dos personas sentadas en un banco pueden terminar hablando de cuestiones que afectan a millones. Porque al final las grandes discusiones sociales y políticas también terminan pasando por conversaciones pequeñas. Por lo que hablamos en casa, con amigos, en un bar, en una plaza.
Las ideas no existen solamente en los libros o en los discursos políticos. Existen cuando dos personas se encuentran y empiezan a discutir.
Y ahí aparece una pregunta que me parece bastante actual:
¿Cuándo fue la última vez que realmente escuchamos a alguien con quien estamos completamente en desacuerdo?
Simplemente para entenderlo.
Porque quizás el problema no sea que pensemos distinto. El problema aparece cuando dejamos de querer saber por qué el otro piensa distinto.
En un mundo donde cada vez parece más difícil escuchar al que piensa distinto, Parque Lezama recuerda algo bastante simple: sentarse a hablar ya es un acto importante. Porque al final, más allá de las diferencias, lo que sigue existiendo es la conversación.
Y quizás eso sea lo más lindo de la película, que no intenta solucionar nuestras diferencias. Simplemente nos recuerda que podemos tenerlas y seguir sentados en el mismo banco, porque quizás una sociedad no necesita que todos pensemos igual.
Quizás necesita que todavía sepamos escucharnos.