The King of Comedy no habla de la locura como espectáculo, sino de algo bastante más cotidiano: la desesperación por ser visto. No hay maquillaje, no hay épica ni un gran “origen trágico” que explique cada comportamiento de su protagonista.
Hay un tipo común, insistente, bastante mediocre y absolutamente convencido de que el mundo le debe un lugar. Y quizás ahí esté también gran parte de la comedia de la película, porque Rupert Pupkin es genuinamente ridículo. Tiene una seguridad completamente desproporcionada respecto de su talento, habla como si ya fuera una estrella y se comporta como si todos estuvieran esperando descubrirlo. Para Rupert, el problema nunca es que quizás no sea tan bueno como cree.
El problema es que el resto del mundo todavía no se dio cuenta.
Y eso me hizo reír muchísimo. Rupert tiene una capacidad extraordinaria para entrar en una situación en la que cualquier persona normal reconocería inmediatamente que está molestando y comportarse como si fueran los demás quienes no entienden lo que sucede.
Jerry Langford puede rechazarlo, ignorarlo o prácticamente rogarle que desaparezca, pero Rupert siempre encuentra la manera de traducir ese rechazo dentro de su fantasía. Un “no” nunca significa “no”. Significa “todavía no”. Scorsese estira esas situaciones hasta un punto en el que uno ya no sabe si reírse, esconder la cara por la vergüenza ajena o empezar a preocuparse seriamente por este tipo.
Robert De Niro está espectacular precisamente porque jamás interpreta a Rupert como alguien consciente de lo gracioso que resulta. Para él todo es completamente serio, cuando ensaya entrevistas imaginarias, conversa con figuras de cartón o fantasea con Jerry tratándolo como un colega, Rupert no está jugando: esa es su realidad. Nosotros vemos a un hombre inventándose una carrera; él ve a una futura estrella atravesando la pequeña molestia de que todavía nadie haya reconocido su enorme talento. De Niro consigue algo dificilísimo: Que Rupert genere gracia, vergüenza ajena y miedo prácticamente al mismo tiempo.
Y ahí está también la genialidad de Scorsese, podría haberse limitado a convertir a Rupert en un idiota y probablemente la película habría seguido siendo divertida, pero decide acercarse un poco más. Rupert quiere ser famoso, sí, aunque detrás de esa obsesión también existe una necesidad desesperada de reconocimiento. Necesita que alguien confirme que importa, que tiene talento, que merece ocupar ese lugar que imaginó para sí mismo. Como esa confirmación nunca llega de manera natural, empieza a construir una realidad en la que ya la tiene.
Por eso son tan graciosas sus fantasías, Rupert prácticamente vive dentro de un programa de televisión que solamente existe en su cabeza. Ensaya entrevistas, escucha aplausos inexistentes y se imagina siendo presentado como una celebridad antes de haber conseguido prácticamente nada. Es como si hubiera observado durante años cómo funciona el espectáculo y hubiera decidido saltearse una parte bastante importante del proceso: Demostrar que realmente tiene talento. Tiene la confianza de alguien que ya ganó cinco premios y la carrera de alguien al que todavía no dejaron entrar al edificio.
Y ahí aparece algo inquietante: Rupert no termina de saber dónde acaba el espectáculo y dónde empieza la realidad.
Por eso me resulta inevitable pensar en Joker, sobre la que también escribí una reseña. Las similitudes están ahí: Un hombre socialmente aislado, una obsesión con un presentador televisivo, fantasías de reconocimiento, una carrera como comediante que no funciona y una necesidad desesperada de ser visto.
Pero para mí The King of Comedy trabaja todo eso de una manera más incómoda, más filosa, más graciosa y, directamente, mejor.
Joker necesita a Joker, necesita el peso cultural del personaje, su estética, su mitología y todo lo que nosotros ya sabemos apenas escuchamos ese nombre. Rupert Pupkin no tiene ninguno de esos privilegios. No es un supervillano ni está destinado a convertirse en una figura legendaria. Es simplemente Rupert. Y justamente por eso me parece más incómodo. Joker convierte progresivamente a Arthur en una figura trágica y después en un símbolo. Scorsese hace algo bastante más perverso: deja que Rupert siga siendo ridículo.
Y para mí ahí The King of Comedy gana. Porque nos reímos de Rupert, de sus fantasías, de su confianza absurda y de esa capacidad inagotable que tiene para interpretar cualquier rechazo como una confirmación de su futuro éxito. Pero mientras nos reímos empieza a pasar algo raro: queremos seguir viéndolo. Queremos saber hasta dónde va a llegar y cuál será la próxima situación incómoda que provoque. Sin darnos cuenta, Rupert consigue de nosotros exactamente aquello que buscaba desde el comienzo: atención.
El chiste también somos nosotros mirando.
Ahí The King of Comedy deja de ser solamente una película sobre Rupert y empieza a ser una película sobre el público. Sobre una sociedad que puede escandalizarse frente a determinadas conductas mientras simultáneamente las consume como entretenimiento. Rupert no se fabrica completamente solo. Su obsesión termina triunfando porque existe un mundo dispuesto a mirar.
Y vista hoy esa idea resulta casi demasiado actual. Rupert probablemente tendría Instagram, TikTok y YouTube. Subiría cuarenta videos por día hasta que alguno se hiciera viral y seguramente tendría un podcast explicando durante tres horas por qué Jerry Langford en realidad siempre lo admiró. Y lo peor es que probablemente tendría audiencia.
No creo que Rupert sea un visionario que comprende perfectamente cómo funciona el espectáculo. Eso sería darle demasiado crédito. Más bien descubre accidentalmente una regla que nosotros después perfeccionamos bastante: Si conseguís que suficientes personas te miren, empieza a importar cada vez menos por qué te están mirando. No hace falta que seas particularmente bueno. Incluso podés hacer algo terrible. Si conseguís convertirlo en espectáculo, alguien va a consumirlo.
Y ahí el final me parece brillante porque, después de todo, el hijo de puta se sale con la suya. La cárcel debería representar el fracaso definitivo de su fantasía. Debería ser el momento en que Rupert finalmente comprende que secuestrar a un presentador de televisión quizás no sea el camino profesional más recomendable para entrar al mundo de la comedia.
Pero no, le sale perfecto.
Cuando vuelve hay gente esperando verlo, escribe un libro y finalmente consigue aquello que estuvo persiguiendo durante toda la película: un público. El castigo se transforma en promoción, la humillación en fama y la cárcel termina siendo prácticamente otro capítulo de la historia que Rupert siempre quiso contar sobre sí mismo.
Lo más perverso es que ni siquiera necesita aprender una lección. No tiene que arrepentirse ni reconocer que estaba equivocado. El mundo simplemente termina acercándose a la fantasía que él había construido desde el principio. Durante toda la película nos reíamos porque existía una distancia enorme entre quién creía Rupert que era y quién parecía ser realmente. Sabíamos que ese público que lo ovacionaba existía solamente dentro de su cabeza.
Hasta que deja de existir solamente ahí. Ahora hay un público, hay un libro, hay gente esperando, hay una estrella. Y el tipo que parecía completamente delirante consiguió obligar a la realidad a parecerse un poco más a su fantasía.
Por eso el título The King of Comedy termina funcionando también como un gran chiste. Scorsese nunca necesita demostrar que Rupert sea realmente un gran comediante. A esa altura casi da lo mismo. Consiguió algo aparentemente más importante: convertirse en alguien de quien todos hablan. La fama no necesariamente distingue entre admiración y escándalo, entre talento y morbo, entre alguien que merece ser escuchado y alguien que simplemente consiguió llamar nuestra atención.
Y quizás por eso sigo prefiriendo ampliamente lo que hace Scorsese acá frente a Joker. No necesita decirnos constantemente que estamos viendo algo profundo. Confía en De Niro, en el humor, en la incomodidad y en el espectador. No convierte a Rupert en héroe, víctima o monstruo. Lo deja existir delante nuestro hasta que somos nosotros quienes empezamos a preguntarnos por qué demonios no podemos dejar de mirarlo.
The King of Comedy no es una película sobre un hombre que cae. Es una película sobre un mundo que, cuando alguien grita durante suficiente tiempo, eventualmente termina aplaudiéndolo.
Y después de pasar toda la película preguntándonos qué carajo está mal con Rupert Pupkin, Scorsese consigue dar vuelta la pregunta justo al final.
Quizás ya no importe tanto qué está mal con Rupert.
¿Qué dice de nosotros que, al final, hayamos decidido convertirlo en una estrella?