Hay algo en los abrazos que nunca llegan a tiempo pero el corazón nunca deja de esperar... ¿vos creés que ese esperar es lo importante?
Pensamiento
Hay algo en los abrazos que nunca llegan a tiempo pero el corazón nunca deja de esperar... ¿vos creés que ese esperar es lo importante?
Contenido de la publicación
Hay dos lugares
que quedaron vacíos
sin que nadie pudiera verlos.
Dos lugares pequeños
en una casa demasiado grande.
Desde entonces
el tiempo aprendió a pasar de otra manera.
Los cumpleaños llegan
y se van.
Los dibujos cambian.
Las voces se hacen más grandes.
Las manos que alguna vez fueron pequeñas
aprenden a escribir otras historias.
Y hay alguien que se pierde todo eso.
La primera palabra que cambió.
El primer miedo.
La primera vez que algo dolió
y alguien necesitó un abrazo.
La primera vez que el mundo pareció demasiado grande.
La primera vez que un sueño
empezó a parecer posible.
Son esas cosas pequeñas
las que más duelen.
No las grandes.
No las que aparecen en las fotografías.
Duelen las que nadie fotografía.
Una sonrisa al levantarse.
Una pregunta antes de dormir.
Una mano buscando otra debajo de la mesa.
Una voz diciendo:
“Mirame.”
Y alguien mirando.
Eso también es una vida.
Y también se extraña.
Hay noches en las que el silencio
parece guardar voces antiguas.
Como si las paredes recordaran
lo que el tiempo quiso borrar.
Una risa.
Un paso corriendo por el pasillo.
Un juguete abandonado.
Una puerta que alguna vez se abrió
y que todavía parece esperar
que vuelvan a entrar.
Porque hay casas
que dejan de ser casas
cuando faltan quienes las llenaban de infancia.
Y hay corazones
que aprenden a convivir
con una habitación que nadie ve.
Una habitación hecha de recuerdos.
Ahí siguen las dos.
No como fueron.
Eso también sería injusto.
Siguen creciendo.
Siguen cambiando.
Siguen convirtiéndose en quienes serán.
Pero en algún rincón secreto
todavía existen aquellas niñas
que alguna vez necesitaron
que alguien las levantara en brazos.
Y quizás ellas no recuerden
cada detalle.
Quizás algunas cosas se hayan borrado.
Quizás el tiempo haya puesto polvo
sobre ciertos recuerdos.
Pero el amor tiene una memoria extraña.
Guarda incluso lo que la vida
parece haber olvidado.
Guarda una voz.
Una mirada.
Una pequeña mano.
Un cumpleaños.
Una tarde cualquiera
que entonces parecía una tarde más
y que muchos años después
se convierte en un tesoro.
Por eso hay esperas
que no se parecen a ninguna otra.
No esperan una llamada.
No esperan una puerta.
No esperan que el pasado vuelva.
Esperan solamente
que algún día el futuro
tenga la oportunidad de reparar
aunque sea un pedacito del tiempo.
Y si ese día llega,
quizás nadie sepa qué decir.
Porque hay palabras
que se quedan demasiado chicas
después de tantos años.
Quizás solamente haya lágrimas.
Unas pocas al principio.
Después muchas.
Quizás haya un silencio largo.
De esos silencios
que no incomodan.
De esos que dicen:
“Finalmente.”
Y entonces dos cuerpos pequeños
que alguna vez cabían enteros en unos brazos
ya no serán pequeños.
Serán grandes.
Serán otras.
Tendrán sus propios mundos.
Sus propios sueños.
Sus propias heridas.
Y aun así,
en el instante en que se encuentren,
algo antiguo va a reconocerlas.
Como reconoce el corazón
una canción que no escuchaba desde hace años.
Como reconoce una casa
el sonido de una llave.
Como reconoce la infancia
el lugar donde alguna vez se sintió segura.
Quizás entonces no importe
cuánto tiempo pasó.
Ni cuántas cosas quedaron pendientes.
Ni cuántos cumpleaños faltaron.
Porque habrá abrazos
que llegarán tarde,
pero no llegarán vencidos.
Y cuando finalmente se cierren esos brazos,
todo lo que no pudo decirse
durante años
va a encontrar una forma sencilla de hablar.
Quizás sea apenas un sollozo.
Quizás una frente apoyada sobre un hombro.
Quizás dos manos aferrándose fuerte
como si el mundo pudiera volver a separarlas.
Y quizás, en ese instante,
el tiempo haga algo que casi nunca hace:
detenerse.
Solo un segundo.
Lo suficiente
para que dos niñas que crecieron lejos
puedan volver a sentirse pequeñas.
Lo suficiente
para que alguien pueda volver a abrazarlas
sin miedo a que el abrazo termine.
Y lo suficiente
para entender que hay amores
que pueden pasar años en silencio
sin aprender jamás
a decir adiós.
Porque hay ausencias
que duelen toda una vida.
Pero hay amores
que esperan toda una vida
sin dejar de ser amor.
Thoughts
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PermalinkLo que me queda es esa idea de los abrazos que llegan tarde pero no derrotados. Como si la insistencia del amor fuera más fuerte que el tiempo.
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PermalinkEste texto debería estar pegado en cada puerta que alguien cierra sin poder decir adiós
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PermalinkTengo esta poesía guardada desde hace días y cada vez que la leo me pasa lo mismo. No puedo seguir trabajando después.
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PermalinkHay algo en los abrazos que nunca llegan a tiempo pero el corazón nunca deja de esperar... ¿vos creés que ese esperar es lo importante?
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