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Mi manera

Heliogabalo
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Mi manera

Escribo con mayor frecuencia acerca de tristeza y de muerte que de alegría y de vida.  
¿Pero, cómo pensar o describir una sin inferir de soslayo la presencia de la otra?  
Van de la mano desde nuestro comienzo: nacemos, somos niños, jóvenes, maduros, ancianos y morimos, aunque no siempre vivamos todas las etapas previas a la inevitable.  
El arrollador empuje juvenil impulsa al ser humano a creerse invulnerable, esa explosión de hormonas que lo hacen contemplar con desdén a los que transitan la vereda opuesta, ya que no alcanzan a ver la vuelta en forma de herradura que se encuentra más adelante en el tiempo.  
Todas las etapas tienen sus particularidades y peculiaridades; nacer y morir son meros pasajes, momentos de transición, umbrales.  
La infancia es la época de la pureza, de la inocencia, de la ingenua creencia en lo mágico; en lo personal la interpreto con ternura como la época más cercana al edén en la vida humana.  
En la juventud, nos tornamos rebeldes, osados y atrevidos; menospreciamos a nuestros mayores con impaciente altanería.
Algunos pocos utilizamos ese fugaz y precioso tiempo en profundizar estudios, el envejecer parece lejano.
La madurez es la etapa menos predecible de todas ya que es la suma y la consecuencia de las vivencias de las anteriores, esas variables nos transforman y, paradójicamente, es aquella en la cual formamos a los que nos continuarán.  
Es la más cercana cronológicamente a la vejez, y no nos preparamos en absoluto para ella.  
Debería ser época de valorar más lo espiritual que lo material, de crecer en aquel sentido y no procurar adquirir materialmente más de lo que necesitamos, nos pesará inútilmente una mochila que no podremos llevarnos.  
En nuestra senectud somos más lúcidos en la contemplación y en la ponderación de lo vivido, pero también más vulnerables, más frágiles física y anímicamente; se nos acentúan nuestros defectos; cada vez más tercos y refractarios a los cambios.
Extrañamente es la que nos impele y urge en la búsqueda de significado y trascendencia.
Quizás la autocrítica en una lúcida minoría se da por temor, tal vez porque de los análisis de sus vidas les resaltan números en imborrable rojo...
En otros se da la necesidad de ordenar todo en su vida, de arrepentimientos, aunque sean tardíos, de ser humildes, de perdonar y a su vez pedir perdón por los errores cometidos, tengan o no solución.
Es cuando se observa la mirada desdeñosa desde la vereda juvenil y algunos recordamos que más adelante les tocará recorrer la senda de vuelta y también que es inútil advertirles de ello.  
En vano tratamos de subsanar, de unir a las familias, dejamos trivialidades de lado; tememos hacer balances, nos preguntamos, “y ahora, ¿qué...?”
Hasta conocer la respuesta, mi manera es anteponer lo trascendente a lo superfluo, lo espiritual a lo material, la integridad a la hipocresía; pero casi siempre ese camino conlleva dolor, tristeza y con frecuencia, la más absoluta soledad. ¿Estoico o epicúreo? Lo llamaré libre albedrío... Y, por consiguiente, se deben asumir las consecuencias de nuestros actos y nunca jamás endilgarlas a otros.