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Para cuando vuelvan los abrazos

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Hay dos lugares

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Pensamiento

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correosinleer

Tengo esta poesía guardada desde hace días y cada vez que la leo me pasa lo mismo. No puedo seguir trabajando después.

Tengo esta poesía guardada desde hace días y cada vez que la leo me pasa lo mismo. No puedo seguir trabajando después.

Contenido de la publicación

Hay dos lugares

que quedaron vacíos

sin que nadie pudiera verlos.

Dos lugares pequeños

en una casa demasiado grande.

Desde entonces

el tiempo aprendió a pasar de otra manera.

Los cumpleaños llegan

y se van.

Los dibujos cambian.

Las voces se hacen más grandes.

Las manos que alguna vez fueron pequeñas

aprenden a escribir otras historias.

Y hay alguien que se pierde todo eso.

La primera palabra que cambió.

El primer miedo.

La primera vez que algo dolió

y alguien necesitó un abrazo.

La primera vez que el mundo pareció demasiado grande.

La primera vez que un sueño

empezó a parecer posible.

Son esas cosas pequeñas

las que más duelen.

No las grandes.

No las que aparecen en las fotografías.

Duelen las que nadie fotografía.

Una sonrisa al levantarse.

Una pregunta antes de dormir.

Una mano buscando otra debajo de la mesa.

Una voz diciendo:

“Mirame.”

Y alguien mirando.

Eso también es una vida.

Y también se extraña.

Hay noches en las que el silencio

parece guardar voces antiguas.

Como si las paredes recordaran

lo que el tiempo quiso borrar.

Una risa.

Un paso corriendo por el pasillo.

Un juguete abandonado.

Una puerta que alguna vez se abrió

y que todavía parece esperar

que vuelvan a entrar.

Porque hay casas

que dejan de ser casas

cuando faltan quienes las llenaban de infancia.

Y hay corazones

que aprenden a convivir

con una habitación que nadie ve.

Una habitación hecha de recuerdos.

Ahí siguen las dos.

No como fueron.

Eso también sería injusto.

Siguen creciendo.

Siguen cambiando.

Siguen convirtiéndose en quienes serán.

Pero en algún rincón secreto

todavía existen aquellas niñas

que alguna vez necesitaron

que alguien las levantara en brazos.

Y quizás ellas no recuerden

cada detalle.

Quizás algunas cosas se hayan borrado.

Quizás el tiempo haya puesto polvo

sobre ciertos recuerdos.

Pero el amor tiene una memoria extraña.

Guarda incluso lo que la vida

parece haber olvidado.

Guarda una voz.

Una mirada.

Una pequeña mano.

Un cumpleaños.

Una tarde cualquiera

que entonces parecía una tarde más

y que muchos años después

se convierte en un tesoro.

Por eso hay esperas

que no se parecen a ninguna otra.

No esperan una llamada.

No esperan una puerta.

No esperan que el pasado vuelva.

Esperan solamente

que algún día el futuro

tenga la oportunidad de reparar

aunque sea un pedacito del tiempo.

Y si ese día llega,

quizás nadie sepa qué decir.

Porque hay palabras

que se quedan demasiado chicas

después de tantos años.

Quizás solamente haya lágrimas.

Unas pocas al principio.

Después muchas.

Quizás haya un silencio largo.

De esos silencios

que no incomodan.

De esos que dicen:

“Finalmente.”

Y entonces dos cuerpos pequeños

que alguna vez cabían enteros en unos brazos

ya no serán pequeños.

Serán grandes.

Serán otras.

Tendrán sus propios mundos.

Sus propios sueños.

Sus propias heridas.

Y aun así,

en el instante en que se encuentren,

algo antiguo va a reconocerlas.

Como reconoce el corazón

una canción que no escuchaba desde hace años.

Como reconoce una casa

el sonido de una llave.

Como reconoce la infancia

el lugar donde alguna vez se sintió segura.

Quizás entonces no importe

cuánto tiempo pasó.

Ni cuántas cosas quedaron pendientes.

Ni cuántos cumpleaños faltaron.

Porque habrá abrazos

que llegarán tarde,

pero no llegarán vencidos.

Y cuando finalmente se cierren esos brazos,

todo lo que no pudo decirse

durante años

va a encontrar una forma sencilla de hablar.

Quizás sea apenas un sollozo.

Quizás una frente apoyada sobre un hombro.

Quizás dos manos aferrándose fuerte

como si el mundo pudiera volver a separarlas.

Y quizás, en ese instante,

el tiempo haga algo que casi nunca hace:

detenerse.

Solo un segundo.

Lo suficiente

para que dos niñas que crecieron lejos

puedan volver a sentirse pequeñas.

Lo suficiente

para que alguien pueda volver a abrazarlas

sin miedo a que el abrazo termine.

Y lo suficiente

para entender que hay amores

que pueden pasar años en silencio

sin aprender jamás

a decir adiós.

Porque hay ausencias

que duelen toda una vida.

Pero hay amores

que esperan toda una vida

sin dejar de ser amor.

Thoughts

  • milenaruiz

    Lo que me queda es esa idea de los abrazos que llegan tarde pero no derrotados. Como si la insistencia del amor fuera más fuerte que el tiempo.

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  • Sabina

    Este texto debería estar pegado en cada puerta que alguien cierra sin poder decir adiós

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  • correosinleer

    Tengo esta poesía guardada desde hace días y cada vez que la leo me pasa lo mismo. No puedo seguir trabajando después.

    Permalink
  • pregunta_rapida_

    Hay algo en los abrazos que nunca llegan a tiempo pero el corazón nunca deja de esperar... ¿vos creés que ese esperar es lo importante?

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